El último Reflejo
Reseñas generalesEl Último Reflejo
El aire en la habitación pesaba, saturado del olor dulzón de las medicinas y el rancio aroma del tiempo estancado. Respiraba con una dificultad que me desgarraba el pecho. Mus manos, nudosas y cubiertas de manchas por la edad, apenas tenían fuerza para sujetar las sábanas. Sabía que mi final estaba cerca; la enfermedad ya no era una enemiga, sino una sombra que esperaba pacientemente a los pies de su cama.
Cerró mis ojos un instante, confesándome ante la vida y, como ocurre cuando la luz del presente se apaga, las luces del pasado cobraron un brillo insoportable.
Recordé el día en que mi vida se fracturó, aquella casa sombría, la frialdad de quienes llamaba padres y el frío aún más intenso del espejo. Cómo durante décadas, había vivido como una extraña en mi propio cuerpo, viendo cómo la impostora envejecía por mí, mientras yo gritaba desde el otro lado del espejo.
“La vieja casona en las afueras no solo olía a humedad y a madera podrida; olía a fatalidad. Cada crujido del suelo bajo mis pies descalzos era un recordatorio de la vida que me habían arrebatado en la ciudad. Mis padres hablaban de deudas y de nuevos comienzos, pero mientras la oscuridad de la periferia devoraba los ventanales, yo solo sentía que la casa la observaba con un hambre antigua.
Esa noche, el silencio era cómo un peso físico. Estaba sentada en el borde de mi cama, una isla de tela en medio de una habitación sumergida en sombras. La luz de la lámpara apenas lograba herir la penumbra, proyectando una claridad amarillenta sobre aquel viejo espejo colgado en la pared. El vidrio estaba turbio, con manchas que parecían nubes negras acechando su propia naturaleza.
Un breve toque en la puerta anunció la llegada de mis padres. Ya se estaba haciendo costumbre cada noche. Entraron como dos figuras espectrales, ambos en pijama, cerrando la puerta tras de sí con una lentitud deliberada. Se quedaron de pie, flanqueando la entrada, observándome con una fijeza que me erizó la piel.
—Hija, tienes que descansar. Ya son varios días así —dijo mi madre, cuya voz sonaba extrañamente plana y distante. —Te vas a enfermar —añadió mi padre, un paso detrás.
Mi madre se acercó con una taza humeante. El aroma del té, lejos de ser reconfortante, me resultó metálico, denso, agrio. Al sentarse a mi lado, el colchón apenas se hundió.
—No me gusta esta casa —susurré casi suplicando, siento que las paredes se caen sobre mí. —No pasa nada, mi amor —susurró mi madre—. Te acostumbrarás, ya verás.
Mi padre se sentó al otro lado, quedando atrapada entre los dos, no me agradaba esa extraña sensación de vigilancia y control. Me explicó que no podíamos volver, que aquella casa ahora era nuestro hogar. Miré el reloj sobre la cómoda: las 11:11 pm. Los números rojos parecían hablarme en la oscuridad.
—Siento que alguien me mira siempre —confesé, buscando un rastro de empatía en los ojos de mis padres. Ellos se miraron entre sí, un intercambio de silencios que no pudo descifrar.
—¿Quién te va a estar mirando? Son cosas tuyas —sentenció mi madre.
Pero la presión no cesó. En lugar de entenderme u ofrecerme algún aliciente, algo de comprensión, o por lo menos que me escucharan, comenzaron casi a empujarme con sus palabras, hacia lo más oscuro de mis miedos.
—¿Cuál es el problema, Elisa? —preguntó mi padre, levantándose. Sus ojos brillaron con una intensidad fría. —Todo papá, esta casa, esta habitación, esos ruidos, la luz que va y viene, el chillido de las ratas en la pared o en el techo, pero lo peor es ese espejo—respondí airada y señalando el espejo en la pared—Esa que se ve allí... no soy yo papá.
Mi padre no se burló, me miró. no hubo risas ni consuelo. Simplemente extendió una mano pálida y tomó la mía llevándome frente a ese horrible espejo. Yo estaba temblando, pero debía demostrarle lo que estaba diciendo. Al quedar frente a mi reflejo, mi corazón se aceleró. Mi imagen en el espejo era yo, sí, pero con una palidez de cadáver y unos ojos que parecían tener una profundidad sin final.
—Hay algo detrás de mis ojos en el espejo —dije alertándolos—. Esa no soy yo. Me aparte a un lado y mi madre me observaba.
Ella se levantó y me tomó por los hombros, sus manos estaban heladas, me plantó poco a poco frente al espejo de nuevo. Fue entonces cuando sentí el verdadero horror. Levante mi mano y señale la imagen reflejada en el espejo para tocar mi rostro; en el espejo, mi reflejo tardó un segundo de más en imitar mi gesto. El movimiento en el espejo fue fluido, independiente, casi burlón.
—¡Esa no es mi mano! —grité—. ¡La del espejo es más rápida! ¿lo ven?
Con la voz rota, me enfrenté a mi doble. —Yo... yo soy Elisa —dije con autoridad, casi con molestia.
En el espejo, los labios de la otra Elisa se abrieron, y escuché un crujido metálico, un sonido cómo de ondas de radio que formó dos palabras: —No lo eres.
Grité, tratando de refugiarme en el pecho de mi madre, pero no encontré calor, ni protección. Mi madre me apartó de ella y me llevó suavemente de vuelta hacia el espejo. Sus padres me rodeaban, instándome, presionándome para que reclamara mi identidad frente a la supuesta intrusa que yo veía en el reflejo.
—Háblale, mi amor. Si no eres tú, dile que se marche —insistió mi madre con una sonrisa irónica y fría.
Era una trampa. Yo, desesperada por terminar con la pesadilla, me planté ante el horrible espejo de nuevo. Inhalé el aire viciado de la habitación y grité con toda la autoridad que pude reunir: —¡Yo soy Elisa! ¡No tú! ¡Soy YO!
En ese instante, un frío invadió mi cuerpo y quedé inmóvil, un destello de luz cruzó el cristal desde la mirada de mi reflejo hasta mis ojos y mi boca. Por un segundo perdí la vista con esa luz. Al volver mi visión quedé horrorizada, retrocedí con cautela, mirando la habitación, pero esta vez desde el espejo. Por alguna razón que desconocía y no lograba entender, ahora yo era el reflejo. Afuera, la Elisa de carne y hueso se estremeció. De pronto, suspiro y expiro con profundidad, con calma, abrió los ojos y me miró, la realidad se volvió bidimensional.
La figura que ahora habitaba la habitación me sonrió. Era una sonrisa perfecta, afilada. Mis padres asintieron con una aprobación mecánica, como si un largo plan finalmente hubiera dado sus frutos. Podía escucharlos a lo lejos.
—Buen trabajo, cariño —dijo mi madre, acariciando el cabello de la impostora— Ahora, vuelve a la cama.
—Has sido muy valiente —añadió mi padre, echando un último vistazo al cristal antes de darse la vuelta. Mirándome sin ningún tipo de emoción.
Tras el vidrio, en ese mundo de sombras y silencios Yo golpeaba la superficie del espejo gritando, esperando que mis padres me escucharan, estaba aterrada.
—Auxilio, papá esa no soy yo, papá escúchame, ayúdame mamá por favor. Esa no soy yo, no soy yo ¡Ayudenmeeeeee ppor favor! —
Mis gritos no eran más que vibraciones mudas; mis manos, ahora pálidas y grises, apenas lograban empañar el cristal. Veía cómo la impostora tomaba la taza de té y se metía en su cama, y cómo mis padres —o lo que fuera que habitaba en sus cuerpos— la arropaban con amor fingido.
Desde la habitación el rostro de la Elisa real en el espejo se fue desvaneciendo, hundiéndose en las profundidades de la oscuridad, hasta que el espejo volvió a mostrar solo la imagen de una habitación. La mudanza nunca fue por dinero. La casa no era un refugio. Era un matadero de identidades, y el intercambio finalmente se había completado”.
Mi memoria se disipó como el humo, cuando escuché las ratas en la casa, haciéndole sentir que estaba de vuelta en mi habitación, abrí mis ojos tristes y cansados, han pasado muchos años, la enfermedad y mi avanzada edad han debilitado mi cuerpo y mi memoria. La entidad que había tomado mi cuerpo lo abandonó cundo apareció la enfermedad, y yo que solo observaba en medio de la oscuridad y sin tiempo, pude volver a ocupar mi cuerpo ya deteriorado.
Mis padres habían fallecido en un accidente de tránsito mientras viajaban a otra ciudad, cuando aún era más joven, lo supe a mi regreso. Poco los recordaba, nunca supieron que yo había regresado y desde entonces vivo aquí sola, cargando ese pasado amargo en mi alma. No creo que alguien más deba pasar por esto.
Con un gran esfuerzo me incorporé. Sentía mucho dolor en los huesos al caminar, pero mi voluntad fue más fuerte. Logré ponerme de pie, mis pies descalzos tocaban el suelo frío, recordé como eran mis pies cuando apenas era una adolescente, sonreí al recordarlo, caminé lentamente hacia la pared. Allí estaba el mismo espejo, ese maldito espejo que me quitó la vida. El marco de madera corroída me recordaba el pasado solo para atormentarme. Lo tomé entre mis manos temblorosas y regresé a la cama, no podía mantenerme mucho tiempo de pie.
Me senté de nuevo en la cama con mucho cuidado y lo sostuve frente a mi rostro. No vi a la anciana que estaba muriendo. El cristal manchado me mostró a la Elisa adolescente con su pijama y su mirada asustada, atrapada en la oscuridad.
De pronto apareció mi rostro cansado, ambos reflejos se unieron y desaparecieron, el secreto tormentoso quedó guardado para siempre. De pronto, un violento ataque de tos me sacudió. Apreté mi pecho y traté de sostener la tos y la respiración. Mis pulmones ya no respondían. Luché tomando un último aliento, miré el espejo con rabia por la vida que me obligaron llevar.
Con un último esfuerzo lancé el espejo contra el suelo. El cristal saltó en mil pedazos, las astillas saltaron en el suelo con hambre de libertad. Me desplomé sobre la cama. Una paz desconocida inundó mi alma mientras el silencio de la habitación se volvía eterno. Exhalé mi último suspiro, suave esta vez, y por fin fui libre. Mi cuerpo inerte quedó en la cama, mis ojos abiertos mostraban el horror que había vivido en esa casa y el secreto que me llevé en silencio.
Luis Cerasa


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