IMAGENES EN OCRE
Reseñas generales
Era mayo de 1980 y tantos, un otoño cálido abría sus brazos a una mujer adulta, yo. A pesar de todas las cosas tristes del pasado, me sentía en el presente, plena.
Hace poco había celebrado mi cumpleaños, rodeada de familia y amigos. Me habían organizado una hermosa fiesta. Fue un lindo momento emotivo, me gustaba ver a todos mis afectos juntos. Quedé perpleja ante tanta demostración de cariño.
Quizás experiencias tempranas de ausencias afectivas, no me permitía recibir cariño espontáneamente. Una coraza imperceptible para los otros, me protegía y a la vez me ayudaba a vincularme. Siempre estaba atenta a los demás, a sus necesidades. Parecía que ocuparme de los otros hacía desviar la mirada de mi misma. Esa forma cálida de abordar al prójimo, llenaba cada uno de mis poros, que sedientos clamaban amor.
El camino de mi vida había sido sinuoso y plagado de experiencias intensas. Me sentía satisfecha con lo logrado a través de los años. Disfrutaba de mi familia tanto como del trabajo. Ambos me enriquecían y me alejaban de las carencias tempranas, que sentía alejadas de mi presente próspero.
Mi labor profesional me vinculaba con profesionales de la salud mental y de las ciencias alternativas, atentos a la formación emocional y espiritual. Un día, en uno de esos encuentros realizamos una actividad "línea de tiempo", se anunció en la presentación. Me atrapó el título, siempre fui muy curiosa. La hoja en blanco y el lápiz en la mano, me llamaban. Mis pensamientos se paseaban por fotos ocres que estaban perfectamente archivadas, pero la película no aparecía. La línea del tiempo tenía un punto de inicio, solo eso adornaba la página vacía. Miraba atenta la pasión que guiaban los trazos garabateados por mis compañeros. Volví sobre mi punto de partida, una gran bruma parecía nublarlo todo. Allí estaba tratando de navegar entre recuerdos y absorta frente a los baches que tragaban pedacitos de mi vida. Una negrura se apoderaba de las imágenes, mientras yo peregrinaba entre ellas, pidiendo un poco de información. Las miradas, los gestos que transmitían las fotos me atrapaban, pero el hilo conductor entre ellas, no.
La profesora pasó, su mirada se posó en la hoja y luego sus pupilas me interrogaron cálidamente mientras sus labios intentaban una amable sonrisa. Escuchaba a alguno de mis compañeros susurrar, señal de que habían finalizado.
Las piezas que aparecían en mi vago recuerdo se movían caóticamente. El rompecabezas no terminaba de armarse.
Cómo dice la canción, " son aquellas pequeñas cosas de un tiempo de rosas, como a un ladrón te acechan detrás de la puerta" Como un ladrón se habían llevado mis recuerdos más preciados.
Así quedó un punto en una hoja en blanco.
Volví a casa caminando, en todo el trayecto fui reflexionando sobre la línea de tiempo de mis compañeros. El fluir de los momentos, la riqueza de experiencias, las idas y vueltas de los pensamientos, las sensaciones, los aciertos, los errores, las emociones, la madurez. Cada una de las cuestiones que se habían abordado me traía una imagen, algunas claras otras borrosas. Pero la fluidez entre ellas, no aparecía.
Pasee por la plaza, fui hasta la orilla del río, me senté al sol y dejé que las ideas chapotearan en la superficie parda. Me quedé mirando el horizonte amarronado, la mente vagaba entre las suaves ondulaciones del río y las copas de los árboles. Deje que los sentidos me llevarán, sumergida en la naturaleza del reino de Artemisa.
Una fragancia inundó mis sentidos, me despabilo. Un tilo, me fui a otro lugar, a otro momento. Surgió una imagen que resonó amable en mi alma. Aspire profundamente, reconocí su aroma. Una calle, una explanada, una fachada, armaron un recuerdo vivido, y de fondo muchas risas. Una a una fueron apareciendo imágenes, voces. Por un instante pensé que eran alucinaciones.
La situación era tan grata, tan placentera, que no quería salir de allí. Luego me ocuparía de razonar lo que pasaba, ahora quería disfrutarlo. Si, eran momentos de mucha felicidad. Mi corazón palpitaba, galopaba como un potrillo.
Una niñez albergada entre un gran cariño y mucho cuidado, danzaba entre esos recuerdos. Me llevaron los olores, las formas, los colores, de la mano; me arrullaron tiernamente. El recuerdo surgió nítido, un palier amplio y fresco, daba la bienvenida y sumergía en diferentes ambientes.
Un living a la derecha ofrecía cobijo a un piano, que se me antoja era instrumento de manos inexpertas, elemento convocante de reuniones familiares y seguro escondrijo de miradas "parentales". A la izquierda una escalera larga que llevaba a un dormitorio, un gran tobogán culi patín. Seguía una puerta entre living y escalera, llevaba al interior, a un mundo mágico. Un patio con innumerables puertas se adentraba hasta el fondo, habitaciones cocina y un enorme palomar. Resonó un fuerte barullo gutural, allí estaba. Allí vivió mi infancia.
De repente la representación del punto de la hoja vacía, cobró vida. Se movía. Había bellos recuerdos de mi vida. Mi sensibilidad estaba a flor de piel, una fuerte emoción me corría por todo el cuerpo.
La fresca brisa del atardecer sacudió mis sentidos y volví con esa imagen prendida en mis pensamientos. Emprendí mi regreso con el alma engolosinada.
Todo tomaría impulso dando un paso atrás, pensé, como los atletas.
Mientras caminaba hacia el departamento, en mi cabeza empezó a rondar un "decir" de una película que había calado hondo en mí, "El día que cambiará todo lo que conozcas en tu vida, empezará como cualquier otro".
Al llegar a casa, me recibió ronroneando mi compañera, garantía de muchos mimos.
Me apoyé en la cama, emocionalmente agotada. Ella se trepó y comenzó a amasarme con sus patitas delanteras. Siempre admiraba esa conexión enorme que tenía con mis flojeras emocionales o físicas.
Me desvestí lentamente, busqué ropa cómoda. Igual sentí que me pesaba como una armadura de acero.
Fui a la cocina, custodiada por mi fiel amiga gatuna. Le di una porción de su comida favorita, para recompensar su cálida recepción y me serví una copa de vino. Preparé una pequeña picada, puse mi música favorita y me senté en el sillón.
Miraba todos los mensajes que por una vía u otra me había llegado. Percibí que no tenía energía para contestar. Repase los nombres de los contactos para saber si entre ellos se encontraba el de mis hijos. Solo leí, ¿"Todo bien?, avisa cuando llegues". Casi mecánicamente obedecí al pedido. Al rato recibí un "me alegro, por acá también, hasta mañana". Interiormente me alegre que la vida de ellos estuviera bien sin mi atento celo.
Mi mirada se detuvo en el mueble que estaba frente a mí, me llamaba con una urgencia misteriosa. Me levanté y lo abrí. Innumerables álbumes saltaron a la vista, empecé a hojearlos. Los primeros que tomé eran de mis hijos, sus experiencias escolares, viajes, cumpleaños. Muchas postales de esas bellas impresiones levantaron un eco en mi alma. Advertí que mi vida como la conocía ahora, había empezado con mi maternidad. Busqué otras carpetas, necesitaba verme como ellos una pequeña creciendo y disfrutando. Entre ellas encontré un sobre, y de allí cayeron algunas fotos blanco y negro, yo las vi grises. Todas las fotos que guardaba ese sobre marrón, retrataban diferentes momentos de mi infancia. Algunas de bebé sonriente, otras mostraban una niña pensativa. No eran muchas. Una brecha inmensa separaba ambos momentos y seguramente esa gran grieta se había tragado mis recuerdos.
Me sobrevino una angustia enorme, sin querer se inundaron mis ojos y una gran boa constrictora abrazo mi garganta, llore, llore mucho. Me dejé llevar por los vaivenes de las diferentes sensaciones. Me sentí embriagada, borracha de sentimientos, mareada, como a bordo de una barca pequeña en un mar impetuoso.
Entre el cansancio del día y la catarata de emociones, me quedé dormida.
Seguramente la luz del día arrojaría claridad a mi memoria, atrayendo uno a uno los recuerdos de mi infancia olvidada.
Un rayo de luz que atravesaba la ventana me despertó. Dormíamos juntas sobre almohadones, mi gata estaba acurrucada en el hueco de mi cintura. Guardiana de mi energía, seguramente me había acompañado toda la noche. Me acomode tratando de disfrutar su ronroneo.
El reloj denunciaba que había dormido mucho, pero me sentí cansada. Me senté despacio mientras me estiré acomodando el esqueleto. No había lugar que no doliera. Sin duda la tristeza que había venido a visitarme, estaba ahí todavía. No quería salir corriendo, no la taparía con trabajo. Todo mi ser reclamaba un abrazo, no quería ignorarlo. No quería escapar o tal vez no podía.
Puse la pava, unos mates eran el mejor remedio, para sacarme esa modorra. Sábado, pensé. Está vez sería indulgente conmigo. Sin obligaciones, sin prisa.
Los álbumes seguían desparramados. Me acomode entre las imágenes, sombras desparramadas sin tiempo. Hice una selección de aquellas que me enternecían, al darlas vuelta aparecía lugar y fecha escritas con mucho cuidado con una letra que inundaba mi ser de una tibia calidez maternal. Las fui ordenando caprichosamente, las acaricie, quizás esa bebé de enormes ojazos y gran sonrisa quería sanarme. Sonreí ante ese pensamiento que surgía misteriosamente. Comencé a sonreírle, quizás podríamos sanarnos entre ambas.
Cada imagen trajo un recuerdo muy vívido. Punta Lara y mis primeros castillos de arena. Sentí la arena húmeda entre mis manos y la presencia cálida, vigilante de mi familia. Sí, mi familia como yo en ese entonces la entendía. Sumergida en la escena, note que esa pequeña reía, reía con esa inocencia limpia, como ríen los niños sin ayer sin mañana.
La siguiente imagen me envolvió en un sin fin de recuerdos, carnavales, hermosos carnavales llenos de música y hermosos disfraces. Esa niñita me invitaba a seguirla, sentí la tibieza de su mano regordeta que me asía con tanta ternura. Imposible negarse. Correteaba entre calles llenas de guirnaldas, luces de colores y la música que venían de las comparsas.
Yo la seguía con la mirada, sin quererlo comencé a sonreírle. Giró su cabecita adornada con una gran corona de princesa y entró en un negocio lleno de caramelos. Salió más sonriente de cómo había entrado, sus pequeñas manos sostenían una gran bolsa llena de dulces. La tibieza de su contacto, está vez mezclado con una sustancia pegajosa, me hizo estremecer. Todo su ser rebosaba de felicidad, eso parecía al menos.
Un tierno maullido me regresó al aquí y ahora, no interpretaba si quería salir o venía a rescatarme. Me levanté casi mecánicamente y abrí la ventana, me regaló un largo maullido de agradecimiento.
Al girar la cabeza una fotografía llamó mi atención, una mujercita bronceada de enormes ojos café, piel cetrina y unos labios carnosos se hallaba parada al borde de una enorme pileta, atrás las sierras. Unquillo, grité como si alguien estuviera esperando mi respuesta. El aire se hizo fresco, los olores de menta peperina llegaron hasta mí, como si estuviera allí. Escuché mi nombre, no mi nombre, mi sobrenombre, cálida cotidianidad que levantó un eco en el aire y me abrazó.
Se alojaron en mí, alternativamente diferentes fantasmas. Traían mandatos. Máscaras, disfraces, voces. No eran alucinaciones, su presencia se tornaba amenazante. Mi interioridad se defendía. Mis manos mecánicamente buscaron refugio en mi amuleto de alabastro.
Mi mundo presente estaba construido como una fortaleza, murallas muy altas separaban ese momento albergado por tanto afecto, de esa soledad desértica. Presentí que una etapa de mi camino había sucumbido en un limbo atemporal, sin pasado sin futuro.
Mis raíces abrevaban en tierra fértil, pero algún huracán había sacudido fuerte las ramas. No solo se había llevado algunas hojas, había mutilado muchos tallos. Comprendí en ese instante porque había tantos pozos en mi memoria pasada, eran verdaderos cráteres cómo mojones de un desierto lacerante.
Anduve por los diferentes rincones de la casa, no sé si necesitaba ordenar el exterior, pero sin lugar a dudas los rincones de mi interior se habían desbordado. Por alguna razón que no comprendía, mi racionalidad se negaba a ordenar todo en los ya conocidos "compartimentos estancos". Rodando entre imágenes y vivencias pude armar mi línea de tiempo. Ciertamente había puentes derrumbados entre el hoy y el ayer. Solo eso me importaba en ese minuto.
Decidí dejar todo allí, guarde los álbumes y deje a mano el sobre amarronado. Seguro que podría pedirle más en otro momento.




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