Replicas

Reseñas generales

El elevador del Hospital Ángeles olía a desinfectante y a perfume barato. Martín se recargó en la pared del fondo y miró los números descender en la pantalla: 7, 6, 5. Lorena estaba del otro lado, pegada a la puerta, con el teléfono en la mano aunque no tenía señal, como si sostenerlo fuera una forma de no tener que sostener una conversación.

No se habían dicho nada desde que salieron del consultorio. El endocrinólogo le había ajustado la dosis de metformina y le había advertido, con esa voz de médico que ya está cansado de repetir lo mismo, que si no bajaba los niveles en tres meses iban a tener que hablar de insulina. Martín había asentido como asiente uno cuando ya sabe la respuesta pero no quiere oírla. Lorena había revisado su teléfono durante toda la consulta. No preguntó nada al doctor. No tomó notas. No lo miró.

4, 3.

El sacudón llegó sin aviso.

No fue como en las películas, donde primero tiembla un vaso de agua o se mueve una lámpara. Fue un golpe seco, como si alguien hubiera pateado el edificio desde abajo. El elevador se detuvo con un chirrido metálico que a Martín le recordó el sonido de un carro frenando en pavimento mojado. Las luces parpadearon dos veces y luego se quedó solo la luz de emergencia, amarillenta, como de velorio.

Lorena se tambaleó y se agarró del pasamanos. Martín dio un paso hacia ella por instinto, pero se detuvo a medio camino. Ella lo miró y él pudo ver en sus ojos algo que no le veía en semanas: miedo de verdad.

—¿Fue un terremoto? —dijo ella.

—Sí.

Martín sacó su celular. Sin señal. Apretó el botón de emergencia del elevador. Nada. Lo apretó otra vez, más fuerte, como si la fuerza cambiara algo. Silencio.

—No funciona —dijo, y se sentó en el piso.

Lorena lo miró como si sentarse fuera una rendición imperdonable.

—¿Y ya? ¿Te vas a sentar?

—¿Qué quieres que haga, Lorena? ¿Que abra las puertas con las manos?

Ella no contestó. Se quedó parada, agarrada del pasamanos, con la mandíbula apretada. Afuera se escuchaban ruidos sordos, lejanos, como si el edificio estuviera tosiendo.

Pasaron diez minutos en silencio. O tal vez fueron veinte. En un elevador detenido el tiempo se vuelve gelatina. Martín miraba el techo. Lorena miraba su celular muerto como si de tanto verlo fuera a resucitar.

—Siéntate —dijo Martín—. Quién sabe cuánto vamos a estar aquí.

Ella lo pensó. Luego, despacio, como si le costara admitir que él tenía razón en algo, se sentó en el piso del otro lado. Los dos con la espalda contra paredes opuestas. Los dos con las piernas estiradas. Si alguien los hubiera visto desde arriba, parecerían dos líneas paralelas. Juntos en el mismo espacio, incapaces de tocarse.

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El silencio duró un rato más. Fue Lorena quien lo rompió.

—¿Qué te dijo el doctor cuando salí al baño?

—Lo mismo de siempre. Que baje los niveles o vamos a insulina.

—¿Y le dijiste que no has podido comprar el otro medicamento?

Ahí estaba. El tono. Esa forma de preguntar que no era pregunta sino acusación disfrazada con signos de interrogación. Martín sintió que algo le apretaba el pecho, y no era la metformina.

—No, no le dije.

—¿Por qué?

—Porque no tengo con qué comprarlo, Lorena. Ya lo sabes.

—Pues si no te alcanza, a lo mejor deberías buscar cómo te alcance en vez de...

—¿En vez de qué? —Martín la miró directo—. Dilo.

Ella apretó los labios. Desde hacía semanas así eran las conversaciones: frases a medias, puñaladas que se detenían antes de entrar pero que dejaban la marca del filo.

—En vez de esperar a que las cosas se resuelvan solas —terminó ella.

Martín soltó una risa corta, sin humor.

—¿Tú crees que estoy esperando? Llevo tres meses mandando currículums, yendo a entrevistas donde un mocoso de veintiocho años me dice que estoy sobrecalificado, que es una forma elegante de decir que estoy viejo. Llevo tres meses tragándome eso todos los días y llegando a la casa a que tú me mires como si fuera un mueble que ya no sirve.

—Yo no te miro así.

—Claro que sí, Lorena. Claro que sí.

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Otro temblor. Más suave, pero suficiente para que los dos se tensaran. La réplica hizo que la luz de emergencia parpadeara y por un segundo estuvieron en completa oscuridad. Martín escuchó la respiración de Lorena acelerarse.

—Tranquila —dijo, sin pensarlo.

—No me digas que esté tranquila.

Pero su voz había cambiado. Ya no era la voz de acero de los últimos meses. Había algo detrás, algo que se estaba agrietando.

—¿Sabes qué es lo que más me duele? —dijo Martín, y ya no le importaba si era el momento o no, porque cuando estás encerrado en una caja de metal entre el tercer y segundo piso de un hospital durante un terremoto, todos los momentos son el momento—. No es que me hayas cobrado ese dinero. Es cómo lo hiciste. Sabías que estaba endeudándome con las tarjetas para pagar el tratamiento. Lo sabías. Y ese día, con mes y medio sin trabajo, me lo exigiste como si yo fuera un deudor, no tu esposo.

Lorena no contestó inmediatamente. Cuando habló, su voz era más baja.

—Tú no entiendes.

—Entonces explícame. Total, no nos vamos a ir a ningún lado.

—No es solo ese dinero, Martín. Es todo. Es que cada vez que abro el estado de cuenta, veo que estamos más abajo que el mes pasado. Y tú no me dices nada. Tú nada más dices "ya va a salir algo" y sigues como si no pasara nada.

Martín tragó saliva. Ahí estaba. El momento que había evitado durante meses. La verdad que guardaba doblada en cuatro dentro del cajón de sus calcetines, literalmente, porque ahí escondía los estados de cuenta que Lorena no veía.

—Hay algo que no te he dicho —dijo, y su voz sonó como la de un hombre que se arroja de un puente sin saber si hay agua abajo.

Lorena lo miró. La luz amarillenta les daba a los dos cara de enfermos.

—No son solo las tarjetas del tratamiento. Son cuatro tarjetas. Las topé todas.

El silencio que siguió fue peor que cualquier réplica.

—¿Cuánto? —preguntó ella, y la palabra salió afilada.

—Trescientos ochenta mil pesos.

Lorena cerró los ojos. Martín vio cómo su mandíbula se apretaba, cómo sus manos se cerraban en puños sobre sus rodillas. Esperó el estallido. Esperó los gritos. Pero lo que vino fue peor: silencio.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo? —dijo ella, con una calma que helaba.

—No lo sé. Cada día me decía "mañana". Y mañana nunca llegaba.

—Trescientos ochenta mil pesos, Martín. ¿En qué?

—En sobrevivir. En el tratamiento. En el abogado cuando la empresa me quiso liquidar con una miseria. En los pagos mínimos de las otras tarjetas para que no nos reportaran. En sostener la casa mientras tú creías que todo estaba bien.

—Mientras yo creía...

—Mientras te protegía. Porque eso es lo que hago, Lorena. Eso es lo que siempre he hecho. Protegerte de la realidad para que tú puedas seguir funcionando.

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Lorena abrió los ojos. Lo miró con una mezcla de furia y algo más, algo que se parecía al reconocimiento de una verdad que ya sospechaba pero se negaba a confirmar.

—No me vengas con que me protegías. Me mentías.

—¿Y cuál es la diferencia cuando cada vez que te digo que no nos alcanza, me miras como si fuera un fracasado?

—Yo nunca te he dicho eso.

—No hace falta que lo digas, Lorena. Lo dices con la cara. Lo dices cuando comparas. Lo dices cuando llegas del trabajo hablando de los viajes de tu jefa a Europa y luego ves nuestro carro y suspiras. Lo dices cuando compras algo para ti y me pides que yo ponga para el súper porque "tú ya te gastaste tu quincena".

Lorena se recargó contra la pared y cerró los ojos. Martín supo que había tocado algo. Algo verdadero. Algo que los dos conocían pero que flotaba entre ellos como un fantasma al que nadie se atrevía a nombrar.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta? —continuó Martín, porque ya había empezado y el elevador no iba a ningún lado y él tampoco—. Que tú olvidas. Olvidas muy fácil, Lorena. Olvidas que cuando empezamos, el que pagó la primera casa fui yo, con un sueldo de maestro que no alcanzaba ni para las caguamas del viernes. Olvidas que cuando tú entrabas a tu maestría y no podías trabajar, yo acepté un proyecto en la sierra de Sinaloa. ¿Te acuerdas de eso? ¿Te acuerdas?

Lorena no contestó.

—Dormí en el suelo. En el llano. Con el cielo encima y el frío metiéndoseme hasta los huesos. Me subía a camiones de carga a las cuatro de la mañana para llegar a comunidades donde no había ni luz eléctrica. Pasé hambre. Pasé miedo. Había noches que escuchaba balazos a lo lejos y no sabía si iba a amanecer. Tenía veintiséis años y pensaba que me iba a morir en un cerro sin nombre para que tú pudieras terminar tu título.

Su voz se quebró en la última palabra. No de llanto, sino de algo más viejo que el llanto: de cansancio. De un cansancio acumulado durante años que nunca encontró dónde sentarse.

—Y lo hice con gusto —agregó, más bajo—. Lo hice porque te amaba y porque creía que estábamos construyendo algo juntos. Que un día íbamos a voltear atrás y decir "valió la pena". Pero tú ascendiste y yo me quedé abajo. Y en algún punto del camino dejaste de mirar hacia donde estaba yo.

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Lorena tenía los ojos cerrados y las manos abiertas sobre las piernas, con las palmas hacia arriba, como si hubiera soltado algo que llevaba mucho tiempo cargando. Cuando habló, su voz era otra. No la de acero. No la de la mujer que controlaba cada peso y cada factura. Era una voz más antigua, más frágil.

—¿Tú crees que yo no lo sé?

Martín la miró.

—¿Tú crees que no me acuerdo de la sierra? ¿Que no me acuerdo de que me llamabas a las once de la noche desde un teléfono prestado para decirme que estabas bien, y yo sabía que no estabas bien, pero no podía hacer nada? ¿Tú crees que no lo sé?

—Entonces por qué...

—Porque me da miedo, Martín. Me da un miedo que no puedo controlar.

Abrió los ojos y lo miró directo. La luz amarillenta le hacía brillar los ojos, o tal vez eran lágrimas contenidas, o tal vez era la misma cosa.

—Mi papá —dijo.

Martín se quedó quieto. En catorce años de matrimonio, Lorena había mencionado a su padre tal vez cinco veces. Siempre de pasada, siempre cambiando el tema rápido, como quien toca una estufa caliente y retira la mano.

—Mi papá le debía dinero a todo el mundo. A los vecinos, a sus hermanos, a la tiendita de la esquina. Mi mamá lavaba ropa ajena para pagar la luz mientras él llegaba oliendo a cerveza diciendo que ya iba a conseguir trabajo. Todos los días. "Ya mañana", "ya la próxima semana", "ya va a salir algo". Y nunca salía nada. Y yo crecí en esa casa, Martín. Crecí viendo a mi mamá contar monedas en la mesa de la cocina a las once de la noche con los ojos rojos.

—Yo no soy tu papá, Lorena.

—Ya lo sé. Pero cuando dijiste "trescientos ochenta mil pesos"... escuché la voz de él. Escuché el mismo "ya va a salir algo". Y sentí que tenía ocho años otra vez y estaba viendo a mi mamá llorar sobre un montón de recibos.

—Pero yo no estoy gastando en cervezas. Estoy pagando un tratamiento para no morirme de diabetes.

—Ya lo sé. Ya lo sé, Martín. Pero el miedo no sabe distinguir. El miedo no ve nombres ni caras. Ve números. Ve deudas. Y reacciona.

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Martín sintió algo aflojarse en su pecho. No era perdón, no todavía. Era algo anterior al perdón: era entender. Que no es lo mismo pero que a veces importa más.

—¿Y por eso me cobras como si fuera él? ¿Para sentir que esta vez sí controlas la situación?

Lorena se limpió la cara con el dorso de la mano. No estaba llorando. O tal vez sí, pero la luz era tan mala que no se notaba, y Martín pensó que a veces la oscuridad es un acto de misericordia.

—Tal vez. No sé. Solo sé que cuando veo que no alcanza, algo adentro de mí se cierra. Como una puerta. Y ya no puedo ser... suave. Se me olvida cómo.

—Se te olvida cómo ser mi esposa.

—Se me olvida cómo ser todo, Martín. Se me olvida cómo ser todo.

Pasaron unos minutos en silencio. Un silencio distinto a los anteriores. Este no era hostil ni incómodo. Era el silencio de dos personas que acaban de quitarse la armadura y todavía les duele la piel donde el metal apretaba.

Entonces Martín dijo algo que no tenía planeado decir:

—¿Sabes lo que más me dolió de todo? No fue perder el trabajo. No fue la deuda. Ni siquiera fue que me cobraras ese dinero sabiendo cómo estaba. Lo que más me dolió fue tu carro.

Lorena frunció el ceño.

—¿Mi carro?

—Cuando cambiaste la camioneta por la nueva. La de agencia. Y a mí me diste tu Stratus viejo, el que se le fundió el alternador. ¿Te acuerdas?

—Te lo regalé porque ya no me servía...

—Exacto. Ya no te servía. Como yo.

La frase quedó flotando en el aire del elevador como una bala que alguien disparó sin querer y que ya no se puede meter de vuelta en el cargador.

—Yo arreglé ese carro —continuó Martín—. Le cambié el alternador, le puse frenos nuevos, lo mandé pintar. Y lo usé con orgullo. Porque así soy. Me dan lo que otros desechan y yo lo hago funcionar. Pero cada vez que estacionaba tu Stratus viejo junto a tu camioneta nueva en el estacionamiento de la plaza... Lorena, cada vez que hacía eso, sentía que esos dos carros éramos nosotros. Tú adelante, nueva, reluciente. Yo atrás, remendado, funcionando a puras ganas.

—Martín, yo no...

—Espera. Déjame terminar. Porque no he terminado. Cuando te ascendieron la segunda vez y te mandaron al congreso en Cancún, yo me quedé tres semanas solo con los niños. Les hice de comer todos los días, los llevé a la escuela, los ayudé con la tarea, los dormí. Y estuvo bien. Eran mis hijos y era mi responsabilidad. Pero cuando regresaste, bronceada, con bolsas de ropa nueva, me pediste que te ayudara con las maletas y me dijiste: "Estuvo increíble, deberías ir algún día". Algún día. Como si "algún día" fuera una posibilidad real para alguien que estaba pagando tu maestría con un sueldo de analista.

Lorena bajó la mirada.

—No me di cuenta.

—Nunca te diste cuenta. Ese es el problema. No eres mala persona, Lorena. Eres peor que eso: eres una persona que dejó de ver.

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El elevador crujió. No fue un temblor, solo el edificio acomodándose, pero los dos se quedaron inmóviles, escuchando, con el cuerpo tenso como alambre. Cuando el silencio volvió, era un silencio distinto. Más blando. Como si el aire adentro de esa caja hubiera cambiado de temperatura.

Lorena se mordió el labio. Martín conocía ese gesto. Lo hacía cuando estaba a punto de decir algo que le costaba. Lo hacía antes de dar noticias malas, antes de confesar que se había equivocado, antes de pedir perdón en los primeros años cuando todavía pedía perdón.

—Hay algo que tengo que decirte —dijo ella.

Martín la miró. Algo en el tono lo alertó. No era enojo ni defensa. Era algo peor: era culpa.

—Fui con un abogado.

Las palabras cayeron en el elevador como piedras en un pozo. Martín las escuchó rebotar contra las paredes de metal, contra el piso, contra su pecho.

—¿Un abogado de qué?

Lorena no contestó inmediatamente. Se miró las manos.

—De divorcio.

Martín no se movió. No dijo nada. Sintió que el elevador se hacía más pequeño, que las paredes se cerraban, que el aire se volvía sólido. Pero nada de eso era real. Lo real era que la mujer con la que había compartido catorce años acababa de decirle, encerrada en una caja de metal suspendida entre dos pisos, que había ido a ver cómo deshacerse de él legalmente.

—¿Cuándo? —fue lo único que pudo decir.

—Hace tres semanas. El mismo día que te cobré el dinero.

Martín soltó un sonido que no era risa ni llanto. Era algo intermedio, algo que el cuerpo produce cuando la mente no encuentra la emoción correcta.

—O sea que me cobraste para pagarle al abogado.

—No. Bueno... no directamente. Fui a la consulta primero. Fue gratuita, la primera consulta. Pero me cobró por el análisis del caso. Y yo no tenía... necesitaba...

—Necesitabas mi dinero para pagar al abogado que iba a sacarme de mi propia casa.

Lorena lo miró con los ojos abiertos, rojos, y Martín vio en su cara algo que nunca le había visto: vergüenza. No la vergüenza de que la cachan en algo. La vergüenza de verse a sí misma con claridad por primera vez.

—Suena horrible cuando lo dices así —susurró ella.

—Suena horrible porque es horrible, Lorena.

—Lo sé. Lo sé. Lo supe desde que salí de ese despacho. Llegué al carro y me quedé veinte minutos sentada sin poder arrancar. Porque me vi. Me vi haciendo exactamente lo que juré que nunca haría.

—¿Qué cosa?

—Destruir a alguien por dinero. Como mi papá destruyó a mi mamá. Nada más que al revés.

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Martín recargó la cabeza contra la pared. Miró el techo del elevador. Había una mancha de humedad en la esquina que parecía un mapa de un país que no existe. Pensó que así se sentía su matrimonio: como un lugar que alguna vez fue real y ahora solo era un contorno borroso en un techo ajeno.

—¿Te acuerdas de Manzanillo? —dijo ella, sin mirarlo.

Martín casi sonrió. Casi.

—El hotel con las cucarachas.

—Y la regadera que solo daba agua fría.

—Y tú gritando a las tres de la mañana porque una cucaracha se subió a la almohada.

—Era enorme, Martín. Era del tamaño de un ratón.

—Era una cucaracha normal.

—Era un monstruo.

Los dos se quedaron callados, pero era un silencio diferente al de antes. Este tenía una sonrisa adentro, escondida, como una moneda en el fondo de una fuente.

—Éramos felices esa semana —dijo Lorena.

—No teníamos nada esa semana. Un carro prestado y un hotel de cuatrocientos pesos la noche.

—Por eso. No teníamos nada y éramos felices. ¿En qué momento se nos olvidó eso?

—Se nos olvidó cuando empezaste a ganar más que yo —dijo Martín, y no lo dijo con rencor sino con la tristeza plana de quien constata un hecho—. Se nos olvidó cuando tu mundo se hizo grande y el mío se hizo chico. Cuando tú ibas a congresos y yo iba a la sierra. Cuando tú comprabas carro nuevo y yo reparaba el viejo. No fue culpa tuya. No fue culpa mía. Fue que la vida nos empujó en direcciones distintas y ninguno de los dos se detuvo a decir "espérame".

—Yo debí haberte dicho "espérame" —dijo Lorena.

—Y yo debí haberte dicho "estoy aquí abajo y me estoy ahogando". Pero los hombres no decimos eso. Nos enseñaron que aguantar es querer. Y mira a dónde nos trajo aguantar.

—A un elevador.

—A un elevador.

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La tercera réplica fue la fuerte.

El elevador se sacudió como una lata de refresco agitada por un gigante. La luz de emergencia se apagó y esta vez no regresó. Oscuridad total. Martín escuchó a Lorena gritar y se lanzó hacia donde la había visto por última vez. La encontró con las manos. Ella lo agarró de la camisa con los puños cerrados, con fuerza, como si él fuera un mástil en medio de un huracán.

—Estoy aquí —dijo él.

—No me sueltes.

—No te voy a soltar.

Y ahí, en la oscuridad completa, apretados en el piso de un elevador que se mecía como un barco, Martín sintió el corazón de Lorena latir contra su pecho. Rápido, desesperado, vivo. Y pensó que llevaba meses sin sentir eso. Meses sin estar tan cerca de ella que pudiera sentir su pulso. Y que era absurdo que hubiera hecho falta un terremoto para recordar que debajo de todas las facturas y los reclamos y los silencios, había un corazón que todavía latía, y que alguna vez había latido por él.

—Tengo miedo —dijo él, y no se refería al terremoto.

—¿De qué?

—De la insulina. De no encontrar trabajo. De que un día llegue a la casa y tus cosas ya no estén. De que mis hijos me vean como tú ves a tu papá. De morirme en un elevador sin haberte dicho que te sigo queriendo aunque a veces te odio un poquito.

Lorena se apretó más contra él.

—Yo también te quiero —dijo—. Y yo también te odio un poquito. Sobre todo cuando dejas los platos en el fregadero.

—Siempre los platos.

—Siempre los malditos platos.

Y se rieron. Una risa pequeña, frágil, de esas que nacen no porque algo sea gracioso sino porque el cuerpo necesita soltar algo y no encuentra otra forma. Se rieron en la oscuridad, abrazados en el piso de un elevador que crujía, y por un momento nada más existió. Ni las deudas, ni el abogado, ni las tarjetas, ni el Stratus viejo, ni la camioneta nueva, ni Cancún, ni la sierra, ni la insulina. Solo dos personas que se encontraron hace catorce años y que todavía no sabían cómo soltarse.

—No voy a firmar —dijo Lorena, contra su cuello.

—¿El divorcio?

—No voy a firmar. No quiero.

—¿Desde cuándo?

—Desde que me senté veinte minutos en el carro sin poder arrancar. Desde entonces.

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No supo cuánto tiempo estuvieron así. Tal vez diez minutos. Tal vez una hora. En la oscuridad no existía el tiempo, solo la respiración de ella contra su cuello y sus propias manos en la espalda de ella, sosteniéndola, o dejándose sostener, que a esas alturas era lo mismo.

Cuando llegaron los rescatistas, tuvieron que abrir las puertas con una palanca. La luz del pasillo entró como un cuchillazo. Martín vio el pasillo del segundo piso lleno de polvo, con pedazos de plafón en el suelo y gente caminando aturdida como zombies de película barata.

Un paramédico les dio la mano para salir.

—¿Están bien? ¿Alguna lesión?

—Estamos bien —dijo Martín, y por primera vez en meses sintió que no era mentira.

Caminaron hacia la salida del hospital. La ciudad de afuera era un caos hermoso y terrible: sirenas, gente abrazándose en la banqueta, un perro ladrándole a nada, el cielo absurdamente azul como si no hubiera pasado nada. Un puesto de tamales estaba volcado en la esquina y el vapor todavía salía de la olla como un fantasma que no entendía que ya se había acabado todo.

Lorena caminaba a su lado. En algún momento, sin que ninguno de los dos lo decidiera conscientemente, sus manos se encontraron. No fue un gesto romántico. No fue un perdón. Fue algo más básico que eso: fue dos personas que acaban de sobrevivir algo y que necesitan sentir que el otro sigue ahí, de carne y hueso, real.

En la esquina de Reforma, mientras esperaban para cruzar porque increíblemente los semáforos seguían funcionando, Lorena habló.

—Martín.

—¿Qué?

—No quiero contar monedas a las once de la noche.

Él la miró. Ella lo miraba a él, con los ojos rojos y el pelo lleno de polvo y la blusa arrugada, y era la mujer más real que había visto en su vida. No la más bonita ni la más arreglada. La más real.

—No vamos a contar monedas a las once de la noche —dijo él.

—¿Me lo prometes?

—No. Pero te prometo que si pasa, las contamos juntos. Y te prometo que no te voy a volver a esconder un estado de cuenta.

—Y yo te prometo que no voy a volver a ver a un abogado sin decirte.

—¿Y los platos?

—Los platos los sigues dejando. Eso ya no tiene remedio.

El semáforo cambió a verde. Los dos cruzaron. Martín notó que ella no le soltó la mano al cruzar, y que él tampoco la soltó a ella, y que eso no arreglaba nada pero era un principio, o al menos algo que se le parecía.

La ciudad seguía temblando con pequeñas réplicas que apenas se sentían bajo los pies, como un corazón que no termina de calmarse después del susto. Martín pensó que así se sentía él por dentro. Que así se sentían los dos. Que tal vez eso eran ahora: dos personas caminando sobre un suelo que no dejaba de temblar, sin saber si la siguiente réplica iba a ser la que tirara todo o la última antes de la calma.

Pero caminando. Los dos. Al mismo paso.

Y con las manos todavía juntas, como si de eso dependiera que el suelo no se abriera.

Comentarios 2

T
Tinta en las rocas9 de marzo de 2026
Sabía que te iban a seleccionar, enhorabuena!
N
NaeLisa9720 de febrero de 2026
Antes de la insulina, podría haber tratado con otros medicamentos :P Que doctor mas amenazante

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