Ella

Reseñas generales

Acércate, no, un poco más, necesito que sientas el frío de mis manos para que entiendas que lo que te voy a contar no es una invención de mi cansancio, te he elegido a ti, mi vieja amiga, mi única confidente, porque sé que guardas tus propios silencios bajo llave, pero lo mío es un candado sin llave, una puerta que se cerró por fuera y cuya manija ha desaparecido, escúchame bien, porque esta es la última vez que estas palabras vibrarán en el aire, después de hoy, el silencio volverá a sellar mis labios y esta historia se hundirá conmigo en el barro cuando me llegue la hora, mi secreto no es una traición mundana, ni un robo por necesidad, ni una de esas debilidades humanas que se lavan con un par de lágrimas y un arrepentimiento sincero, mi secreto tiene nombre, tiene una ubicación exacta y, lo peor de todo, tiene hambre, todo comenzó hace tres veranos, recuerdas aquel agosto en el que desaparecí durante dos semanas, dijiste que me veía pálida, que mis ojos ya no enfocaban igual, tenías razón, Leonella, la chica prudente, la que siempre volvía a casa antes de las doce, la que nunca se saltaba una señal de tráfico, cometió un error, pero el error no fue el accidente en la carretera vieja, esa ruta serpenteante que los lugareños evitan cuando cae el sol, el error o mi condena fue lo que hice después de que el metal golpeara la carne, esa noche el aire estaba cargado, esa pesadez eléctrica que precede a las tormentas que nunca llegan a estallar, yo conducía rápido, demasiado rápido, huyendo de mis propios pensamientos, de pronto, los faros cortaron la negrura y lo vi, apareció de la nada, como si la propia oscuridad lo hubiera escupido al asfalto, el impacto fue seco, un sonido sordo, como el de una rama gruesa quebrándose bajo el peso de la nieve, no llamé a emergencias, no grité, me bajé del coche con las piernas de gelatina y, bajo una luna que parecía un ojo inyectado en sangre, me acerqué al bulto que yacía junto a la cuneta, aquel hombre no tenía rostro, el impacto o quizá algo previo lo había dejado como una máscara de arcilla maltratada, pero no fue su falta de rasgos lo que me heló la sangre, sino lo que aferraba contra su pecho con una fuerza sobrenatural: una caja de madera vieja, sellada con cera negra, tan oscura que parecía absorber la luz de mis faros, lo enterré a él en el bosque de los pinos mudos, pero me quedé con la caja.

Esa noche de regreso a casa sentí que el asiento del copiloto pesaba más de lo normal, miraba la caja de soslayo, preguntándome qué clase de hombre moriría protegiendo un trozo de madera, llegué a mi habitación y la coloqué sobre el escritorio, la luz de la lámpara parecía morir al tocar la superficie de la caja, pensé que era una joya, quizá dinero, quizá el testamento de una familia maldita, pero cuando intenté raspar la cera mis dedos se entumecieron, sentí una descarga de frío que me recorrió la columna, me quedé mirándola fijamente hasta que el amanecer tiñó las cortinas de un gris ceniza, mi vida se detuvo en ese instante, dejé de ser la Leonella que conocías para convertirme en un satélite orbitando alrededor de ese objeto, pasé los días siguientes buscando noticias sobre el hombre desaparecido, pero el bosque de los pinos mudos hace honor a su nombre y nadie reclamó aquel cuerpo sin cara, empecé a sentirme observada dentro de mi propia piel, como si la caja tuviera ojos invisibles grabados en sus vetas, me sorprendía a mí misma hablando sola, preguntándole a la madera qué quería de mí, si era una recompensa o un castigo por mi silencio criminal, la culpa se transformó en una curiosidad enfermiza que me devoraba las entrañas, no podía comer, el sabor de la comida me recordaba al hierro de la sangre en el asfalto, me pregunté mil veces si debía entregarme, pero la sola idea de separarme de la caja me provocaba un ataque de pánico que me dejaba sin aire, era como si la madera estuviera echando raíces en mi alfombra, en mi suelo, en mi propia existencia.

Pasé tres horas cavando con las manos y una pequeña pala de emergencia, sintiendo cómo la tierra se metía bajo mis uñas, convirtiéndose en parte de mi piel, cada palada era un juramento de silencio, cuando terminé, el suelo quedó liso, cubierto de hojas secas, como si la tierra misma tuviera ganas de olvidar lo que acababa de tragar, pero la caja la caja se sentía caliente al tacto, vibraba, desde esa noche, ya no duermo sola, he intentado deshacerme de ella, te lo juro por lo que más quieras, una vez la arrojé al río, pero a la mañana siguiente, cuando desperté, la caja estaba allí, empapada, sobre el tapete de la entrada, dejando un rastro de lodo y algas muertas, otra vez intenté quemarla en la chimenea, las llamas lamieron la madera durante horas, pero ni siquiera la cera negra se derritió, al contrario, el fuego se volvió verde y el olor que emanaba era el olor de la carne quemada de aquel hombre en la carretera.

Fue en el segundo año cuando los susurros empezaron a ser nítidos, no eran voces externas, eran pensamientos que no me pertenecían infiltrándose en mi mente, escuchaba nombres de personas que habían muerto hace siglos, sentía el peso de pecados que yo no había cometido, la caja empezó a latir, un pulso lento, constante, que sincronizaba con mi propio corazón, una noche me desperté y vi que la cera negra se había extendido por la madera como una mancha de aceite, cubriendo los bordes, sellándola aún más, comprendí que la caja se estaba alimentando de mi miedo, que cada vez que yo temblaba, ella se fortalecía, intenté llevarla a un experto, a un anticuario, pero cuando lo visité el hombre se negó a tocarla, me dijo con los ojos desorbitados que me fuera, que no quería esa negrura en su tienda, que lo que yo cargaba no era madera sino un pedazo de algo que nunca debió salir del subsuelo, regresé a casa llorando, abrazada a la caja como si fuera mi propio hijo, odiándola con cada fibra de mi ser pero incapaz de soltarla, me di cuenta de que mi casa ya no era mía, los espejos se volvieron opacos y las sombras en las esquinas parecían estirarse para tocarme, empecé a mover los muebles, a intentar esconderla en el sótano, en el ático, en el jardín, pero siempre terminaba volviendo a mi habitación, atraída por un magnetismo macabro que me impedía alejarme más de diez metros de ella, mi salud se deterioró, mi piel se volvió del color del pergamino viejo y mi cabello empezó a caerse en mechones finos, como si algo me estuviera succionando la médula desde debajo de la cama.

Ahora la tengo bajo los tablones de mi habitación, justo debajo de mi cama, no se puede abrir, no tiene cerradura, ni bisagras, ni una sola hendidura por donde meter una navaja, es un bloque sólido de algo que parece madera pero se siente como hueso, y cada noche, invariablemente a las 3:14 de la madrugada, el silencio de mi cuarto se rompe, ras, ras, ras, es un rasguño rítmico, metódico, cinco raspaduras, una pausa, y otras cinco, como si algo dentro tuviera dedos largos y afilados, al principio pensaba que era mi imaginación, un síntoma del trastorno de estrés postraumático que cualquier psicólogo me diagnosticaría en un segundo, pero luego empezaron las marcas, primero fueron pequeños rasguños en el suelo de madera, saliendo desde debajo de la cama hacia la puerta, luego, empecé a encontrarlos en mis propios tobillos al despertar.

Por qué nunca lo diré, por qué este secreto morirá conmigo, porque si confieso que lo maté, si voy a la policía y les llevo hasta aquel claro del bosque, tendré que entregar la caja como prueba, y sé, con una certeza que me quema las entrañas, que aquello que vive dentro solo está esperando que la caja cambie de dueño para salir, mientras yo sea la guardiana de este secreto, mientras yo cargue con la culpa y el miedo, la caja permanece cerrada, soy su cárcel y su carcelera, si el secreto se revela, el sello de cera se romperá, aquel hombre no la llevaba por casualidad, él también era un guardián, y yo, en mi arrogancia y mi pánico, le arrebaté su carga, ahora entiendo por qué no tenía rostro: el miedo se lo había devorado mucho antes de que mi coche lo encontrara, a veces, en las noches más oscuras, cuando los rasguños son tan fuertes que parece que la madera va a estallar, me asomo por el borde de la cama y susurro, todavía no, y los rasguños se detienen por un momento, como si la cosa me escuchara, como si disfrutara de mi agonía.

No puedo permitir que nadie más cargue con esto, no puedo dejar que este mal se propague, si muero con el secreto, quizá la caja muera conmigo, o quizá quede enterrada en la tumba de una mujer que el mundo recordará como prudente y solitaria, es el único acto de bondad que me queda: ser el final de esta cadena de horror, así que ahí lo tienes, mi historia, mi verdad, ahora entiendes por qué mis manos tiemblan y por qué nunca dejo que nadie entre en mi habitación, no es timidez, es protección, no te pido perdón, solo te pido que cuando me encuentres fría, cuando el corazón me falle por el puro terror de despertar a las 3:14, te asegures de que me entierren justo allí, en el cuarto, bajo los tablones, no dejes que nadie se lleve la caja, que la tierra que me cubra sea la misma que selle ese sonido para siempre, porque si la caja se abre, amiga mía, lo que salga de ella no buscará justicia por el hombre muerto buscará sustituirnos a todos.

Comentarios 7

F
Fabian Codogni19 de febrero de 2026
Excelente. Si me hubieras dicho que tu escrito era de suspenso o de miedo sobre un objeto inanimado sinceramente no me habria sentido muy atraido, pero al igual que la cera va cubriendo la caja, el relato fue cubriendome de sombras, incomodidad, miedo, y alguna otra sensacion. Creo que tenes mucha facilidad para evocar imagenes de una manera muy linda ("como si la propia oscuridad lo hubiera escupido al asfalto"). Personalmente valoro mucho la sutileza a la hora de buscar generar una u otra reaccion, y tu escrito es de un terror imponente con un ritmo ascendente y una solidez que no precisa del impacto facil que subestima al lector sino que se mueve con la fluidez de una sutileza que hace que no falte ni sobre nada en el. Muchas gracias por compartir!
Y
Yesther Aquino Rondón19 de febrero de 2026
Buen artículo
E
Esteban Eordogh19 de febrero de 2026
"Me dejaste con la piel de gallina. Se siente una vulnerabilidad muy real en tus palabras, como si nos estuvieras confiando un secreto oscuro de verdad. Tienes una voz narrativa muy potente; por favor, ¡no dejes de escribir!"</br>​</br>​"Qué atmósfera tan increíble lograste crear en pocos párrafos. Ese detalle de las 3:14 y el miedo a ser 'sustituidos' es cine puro. ¡Bienvenida a Peliplat! Necesitamos más historias con este nivel de tensión por aquí."😀</br>​</br>​"Ese final es de los que se te quedan grabados en la mente un buen rato. Tienes un don para el suspenso y la emoción cruda. ¡Bienvenida! Estoy ansioso por leer lo próximo que publiques." 😀
S
Sanabria 66618 de febrero de 2026
El artículo construye un relato confesional inquietante, cargado de atmósfera y tensión psicológica. A través de una voz íntima y desesperada, la protagonista narra un accidente, una decisión egoísta y la posesión de una caja que parece contener algo más que madera: culpa, horror y una presencia latente. El texto destaca por su ambientación opresiva, el uso del detalle sensorial y el crescendo de paranoia que transforma la culpa en condena sobrenatural. La metáfora del secreto como prisión resulta poderosa y perturbadora. Es un cuento oscuro, envolvente y angustiante que deja una sensación persistente.
F
Fugamundy15 de febrero de 2026
Hola leonella estoy redactando algo... Te lo regalo. Por mas que sea frio y ajeno. Y me asesine cual misterio hilado por una mentira furtiva. Pero con lealtad... Es sobre In the mood of love... Me es frio y ajeno... No lo se.... No quiero escribir mas caractereres que los que me obligan...
L
Luisa C Moreno14 de febrero de 2026
¿Por qué el mismo artículo que en el otro desafío? Es chévere, pero recuerda la puntuación dentro de los párrafos.
Z
ZELMER11 de febrero de 2026
Me tomé el tiempo de leer tu escrito con detenimiento y quiero decirte que me dejó impresionado. Tenés una capacidad para construir atmósferas de opresión que es realmente poco común, a mi criterio, hacen que tu relato sea una pieza de horror psicológico excepcional:</br></br> La fuerza de tus imágenes sensoriales no solo cuentan una historia, sino que te obliga a sentirla. La comparación del impacto en la carretera con "una rama gruesa quebrándose bajo el peso de la nieve" es magistral; saca al horror del lugar común y lo vuelve algo crudo y real. Ni hablar de la degradación física de la protagonista: ese detalle de la piel color "pergamino viejo" y el cabello que se cae porque algo le "succiona la médula" desde debajo de la cama es un acierto rotundo. Convertís el miedo en algo fisiológico, casi médico.</br></br> El objeto, como una entidad viva lográs que la caja sea un personaje más. El hecho de que el fuego se vuelva "verde" y huela a "carne quemada", o que la cera negra se extienda como una "mancha de aceite", le da una cualidad antinatural que asfixia. El recurso de los cinco rasguños rítmicos ("ras, ras, ras") a las 3:14 AM, que empiezan en el suelo y terminan apareciendo en los tobillos de la muchacha, es de una tensión narrativa impecable.</br></br>Recuerdo un paralelo con un clásico del género, </br>Mientras te leía, no pude evitar recordar el segmento "The Hitch-hiker" (El Autoestopista, o "Auto-stop") de la película Creepshow 2 (1987). </br> Como en ese clásico de Stephen King, todo parte de una mujer que atropella a un hombre en una ruta solitaria y la persigue como una culpa que se niega a quedarse en la cuneta pareciéndosele físicamente todo el tiempo. </br> Pero lo que hacés vos va un paso más allá: en lugar de una simple venganza, planteás una responsabilidad transferida. Tu protagonista no es solo una víctima; es una "carcelera" que elige su propio tormento para que el mal no se propague. Eso le da una profundidad ética que el cine de terror a veces olvida.</br></br> La complejidad de tu cierre, en ese final donde la muchacha entiende que el hombre que atropelló no tenía rostro porque el miedo ya se lo había devorado es brillante.</br> El sacrificio de callar para que el sello de cera no se rompa la convierte en un personaje trágico y heroico a la vez, atrapada en una cadena de horror que ella decide terminar con su propia vida.</br></br>Te felicito sinceramente. Lograste que el silencio de esa caja sea mucho más ruidoso y aterrador que cualquier grito. Gracias por compartir estas imágenes narrativas tan potentes, te aseguro que no se olvidan fácil.

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