LA AHORCADA

Narrativa

Sangra mi alma. Se me eriza la piel de tristeza cada vez que recuerdo a esa mujer efímera. Llorar es cada vez más inútil… ¿saben? Uno puede llorar por algo que ha perdido, de lo cual ha disfrutado y libado el néctar supremo. Pero uno no puede llorar por los triunfos perdidos que jamás ha ganado. Y, sin embargo, aquí me tienen llorando por alguien  que, en teoría, no puede considerarse como un triunfo perdido. Llorando por una mujer que se ahorcó hace dos meses y medio, pero no por mi amor, porque nunca fue mía. Aquí estoy, en la más ridícula de las situaciones: muriendo por volver a ver a Perla, aunque sea una sola vez.  Sin embargo, eso, ya lo comprobé, es una plegaria vacía, similar a un hueso sin tuétano.

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Es ridículo llorar por alguien que jamás encontró amor en esta casa oscura, derruida, desamparada, olvidada y antigua, que soy yo. En realidad, si observan con detenimiento mi caso, concluirán que se trata de una absoluta estupidez. 

¿En verdad perdí a Perla? Perder, ¿qué es perder? ¿Qué competición perdí? Si no estuve inscrito en competición alguna, ¿cómo pude haberla perdido? 

Lo cierto es que la perdí. 

Los días de mi existencia se asemejan a una vieja película en blanco y negro, y muda, para colmo de males. Sólo que, evidentemente, una película del cine mudo es más interesante que mi miserable existencia. ¿Saben? Todo es tan insípido que innumerables veces he meditado en por qué no apago el televisor de una vez por todas y me acuesto a dormir eternamente. Nada va cambiar mientras continúe en el mismo sitio, antes bien, es un tormento. De los peores… no reaccionar a la cotidianidad, estar anestesiado por el absurdo de subir la misma piedra de silencio hasta la cima de la noche, ¡y hacerlo por el resto de años que me queden! Podría tomar una resolución radical: largarme de esta casa, de esta ciudad, de este país, así no tenga un peso, dejarlo todo, arriesgarme, naufragar… pero no sirve. Estoy muerto en vida. Ese es el verdadero problema. Soy una tumba. Por eso Perla nunca me amó. Aunque igual no le pedí que lo hiciera, ¿quién quiere amar un cuerpo que es ataúd?

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No puedes obligar a que te amen. Esto lo sabe hasta un niño. ¡Qué perogrullada acabo de decir! 

Lo que quiero decir es: no puedes obligar a alguien a amar un ataúd. Y eso soy: un ataúd. Desde el nacimiento hasta la maldita última hora en que la muerte toque a mi puerta y me decapite con su guadaña. 

Por eso comprendo a Perla. Por eso, cuando se esfumó, no fui a buscarla. No le reclamé su indiferencia cruel. 

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¿Comprenden ustedes, o no? Obligarla a que me amara hubiera sido igual de cruel que emparedar vivo a alguien. 

Hay gentes viajeras que contienen en su espíritu multitudes de metrópolis, de paisajes, de seres y cosas, y, por ende, de culturas y filosofías. Al mismo tiempo, hay gentes, que, como yo, contenemos multitudes de desilusiones, de desesperanzas en el corazón. Corazones en los que la antorcha de la fe sólo suelta humo. 

En fin, me dejaré de lloriqueos. Eso es lo que ustedes estarán pensando (si es que existe la posibilidad de que alguien lea este adefesio textual), ¡es un llorón!, un exagerado, un hiper-sensible, dirán de mí, peor aún, es un inconsciente que desconoce que hay cosas peores que un rechazo amoroso. Les daré la tregua que me piden y me dejaré de lloriqueos. Eso sí, les advierto: se equivocan al creer que mi historia es tan sólo un caso común de rechazo amoroso. 

Perla, mi Perla bella, divina de arriba a abajo, teniendo en cuenta que una perla como ella sólo pudo extraerla Dios de los mares celestes, era una actriz de excepcional talento. Esto significa que era una actriz a tiempo completo, en el escenario y abajo del escenario, en el teatro y fuera del teatro, en la televisión y por fuera de la televisión. Actuar era tan natural para ella como lo es un ritual sagrado para las comunidades indígenas del Amazonas. Por ese motivo, nunca sabía uno cuándo estaba hablando en serio, cuándo en broma, cuándo estaba encarnando un personaje y cuándo no. 

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Yo fui su conejillo de Indias. Sí, así como lo oyen. Y no, no es otra exageración de mi temperamento apasionado. Perla no sólo era una gran actriz, sino que albergaba auténticas aspiraciones de convertirse en una directora de cine famosa, merecedora de mil y un premios cinematográficos, así como de los aplausos de los eruditos y, por supuesto, del pueblo. Se la pasaba soñando con escribir el guion de una película de la que raymundo y todo el mundo hablarían al día siguiente de su estreno. En consecuencia, era una mujer inconformista y no estaba dispuesta a morder el pastel de la gloria a medias. Por algo su signo zodiacal era Leo. El sol, el fuego, los rayos. La fuerza reina del universo. Y créanme, hubiera conseguido su propósito de esparcir su nombre por toda América Latina, desde el caribe hasta el Atlántico, ¡tal era su carácter, tal era su voluntad!, que no dudo de que en diez años le hubieran erigido una estatua en Punta Arenas. Una estatua cuyos pies de oro las olas del mar besarían de noche y de día. 

La única razón por la que no logró la anterior hazaña —proeza digna de una epopeya para cualquier mujer artista-cineasta engendrada por este continente— fue porque se suicidó.

Y aquí viene la bomba: yo la ayudé a suicidarse. La ayudé porque, como les dije antes, ella me había convertido en su conejillo de Indias, de tal manera que apenas vine a percatarme de la burla cuando ya era demasiado tarde.  

Lo que más rabia me da en estos momentos es que no sé si amé a una mujer real, o si amé al personaje de mujer que ella misma diseñó para que yo jugara sin temor y sin sospechas a su juego.El hecho es que la amé, me crean o no, la adoré como adoraron los Israelitas a ese becerro de oro bíblico a los pocos días de que Moisés subiera por las tablas de la Ley a la cima del Sinaí, pues lo dieron por muerto.  

Confieso que no tengo talento para la actuación. Sin embargo, conocí a Perla de una manera muy particular: en un casting. Si ahora estoy en la inmunda, como dice el vulgo, sin un peso en los bolsillos, en esa época estaba todavía más hundido en la inmunda. En efecto, cuando por pura casualidad vi, en un poste de la ciudad, el anuncio de que se buscaba un actor de entre 25 y 35 años, de estatura no mayor al metro setenta, necesariamente feo, flaco como un perro hambriento, con pocas habilidades para las relaciones sociales, sin amistad, sin amor, solitario y ávido lector de literatura de terror, con alguna que otra parafilia, lo primero que hice fue cerrar los ojos por unos instantes y abrirlos de nuevo para asegurarme de que lo leído no fuera fruto del delirio. No. No lo era. Ahí seguía el anuncio. 

¡Carajo!, pensé, ¡pero si al que están buscando es a mí!, no se imaginan cuánto me reí. Jamás pensé que pudieran describirme con tremenda fidelidad. Fue como verme en el espejo. Después leí, en letra un poco pequeña, que el pago era bueno. Más abajo, el número de teléfono. Les juro que, aunque necesitaba la plata, lo que me hizo sucumbir a la propuesta fue más la curiosidad que cualquier otra cosa. No soy actor, ni me preparé profesionalmente para serlo. Sin embargo, en ese momento mi existencia necesitaba una inyección letal de novedad.

A las tres y media llamé a dicho número. A las tres y media del viernes 18 de abril del 2023 fue mi primer casting, más bien, mi primera entrevista, en un Café Bar llamado El Holandés Errante. Este café está situado en una zona de las más opulentas de mi ciudad, esa zona a la que sólo van los niños de papi y mami, los millonarios y otras personalidades importantes. Cuando llegué tres minutos tarde porque el lugar estaba lejos del metro y no tenía plata para transportarme en taxi o en bus, ya Perla estaba allá, sentada, con dos copas de mocaccino en frente de ella. Me sentí avergonzado. Y lo peor es que ni siquiera supe cómo saludarla. ¡Me sentí como un imbécil! Me observó de arriba a abajo en cuanto me planté a su lado. Su rostro me sorprendió por la sonrisa enorme que lo iluminaba. En vez de las facciones severas que me imaginaba, me encontré con un paraíso. Sin que se borrara esa sonrisa de su rostro, me dijo, a la par que agregaba un par de risas estridentes:

—Tres minutos tarde.

El acento con el que pronunció dicha frase era propio de una persona de la capital de la República, no de Medellín.

—Lo siento, en serio —tartamudeé. 

Ella respondió con otra risa el doble de resonante. Fue un desastre esa entrevista. Debido a mi excesiva timidez, me quedé mudo desde el principio, no supe qué decirle, las palabras que me esforzaba en escupir morían todas en mi garganta. Morían en masa, como si fueran presas de alguna peste negra. A duras penas lograba responder preguntas simples y volvía a quedarme callado. Me sentía tan nervioso que no probé ni un sorbo del mocaccino hasta el final de la reunión. Mi ansiedad estaba descontrolada: no hacía más que mover las piernas, golpear el suelo con los pies y comerme las uñas, cuyos trozos salados caían como lluvia sobre la espuma del café. Por alguna razón, no sé por qué, me sentía espiado por alguien, escudriñado por alguna presencia malévola, de ahí que no dejara de mirar hacia los lados y hacia atrás. Perla, una artista por naturaleza con alma de científica, lo notó de inmediato y cuestionó varias veces mi comportamiento preguntando que si estaba esperando a alguien. 

¿Saben qué salvó la conversación? Que Perla tenía el don de la palabra. Y complementaba a la perfección mi incapacidad para expresarme. Simultáneamente, mi carencia de verbo la estimulaba, mis respuestas cortantes caían en sus oídos como leña en el fuego. Hablaba, y hablaba, y hablaba, y mi persona humilde se regocijaba con ello, porque me ahorraba el trabajo molesto de tener que rebuscar frases en el sombrero mágico de mi memoria. Durante esas horas de charla, no pude evitar pensar que para ella debía de ser igual que hablar ante una escoba y mi vergüenza iba en aumento gradual. Al mismo tiempo, estaba fascinado. No sólo me atrajo físicamente, sino que además me cautivó su inteligencia, capaz de desplazarse de un asunto científico a uno filosófico, y de uno filosófico a uno político. Asimismo, me encantó su buen gusto literario y cinematográfico. 

Mi impresión final ese día fue que esa mujer era pura LUZ, y me lamenté de que hubiera tenido la mala fortuna de tropezarse con alguien que es pura OSCURIDAD, con esta polilla que tambaleaba en busca de un faro que le diera un poco de calor. En el fondo, me felicité, hace tiempo que no me iba tan bien con una mujer y, en especial, que no arruinaba la ocasión. Siempre sucedía así con la mujeres que conocía. Unas felicitaciones que no me merecía, considerando que la verdadera salvadora de que el barco naufragara fue ella. Sin embargo, ¿saben? Mi felicidad no duró mucho. 

Es algo normal en un ser anticuado como YO creer en estupideces como el amor a primera vista, en que Cupido lanza con acierto sus flechas sobre dos desprevenidos que acaban de conocerse. No mentiré: vi en Perla a la mujer ideal. Y, como soy un tonto sin parangón, creí que ella había visto en mí al hombre ideal (esto me da risa mientras lo escribo). Hasta que me reveló que tenía un novio con el cual llevaba cinco años, aunque se refirió a él de manera despectiva e insinuó que era un mujeriego sin remedio, al cual estaba pensando en alejar de su círculo personal y no sé qué más mentiras. Esa confesión, que no venía al caso, ahora sé muy bien que ella decidió arrojármela para estudiar mi reacción. No falló. Mi ánimo medianamente apaciguado volvió a alterarse. Me inundé de una rabia sin sentido, ¿por qué carajos me hablaba de su novio? ¿Acaso eso me importaba? ¿Qué me importaba que tuviera novio? Rabia que me obligué a disimular, como es natural en temperamentos tímidos. 

Por primera vez en toda la tarde —llevábamos dos horas hablando— mis dedos helados se posaron alrededor de la copa de capuccino. Lo más gracioso es que en el café estaba sonando la canción La copa rota, en la voz de Alci Acosta. Mis dedos coléricos apretaron la maldita copa y entonces la alcé hasta mis labios para beber. Entonces ocurrió algo que me heló la sangre, a causa de la pena: mis dedos dejaron caer la copa de café, como si estuvieran hechos de mantequilla. La grosería quedó atrapada en la punta de mi lengua. Mi camisa blanca, de cuadros negros, la mejor de mi repertorio en esa época, quedó bañada en café y, para colmo de males, la copa rodó por la mesa hasta uno de los bordes y se desplomó por el vacío. Astillas de vidrio estallaron por aquí y por allá al impactar contra el suelo. Y eso no fue lo peor. Lo peor es que el lugar estaba lleno de gente. Pude percibir el abrir repentino de los párpados de la multitud, vi el asombro y la burla que nacía en las caretas, ¡en cámara lenta! Ojalá la tierra se hubiera abierto y me hubiera tragado. Perla me dijo que no me preocupara, que ella pagaba la copa rota, que eso le podía suceder a cualquiera… fue una reacción que no me resultó fingida. De hecho, Perla parecía feliz, tenía un brillo de satisfacción que en ese momento no me pude explicar. 

Nos fuimos del sitio minutos después del desastre que hice. Perla me llevó hasta mi casa, ubicada en un barrio marginal de la ciudad, en su carro, sin perder la facilidad de verbo ni la simpatía mientras conducía y hasta haciendo chistes sobre el café derramado para subirme el ánimo. Cuando se despidió de mí y me bajé del carro, juré que el contrato estaba perdido, pues el casting fue un fracaso rotundo. Además, Perla no mencionó nada al respecto. Llegué a la casa y me castigué pegándome con un cinturón en la espalda, ¡por idiota! Luego me puse a llorar hasta que me dormí y dejé por unas horas de sentirme como la persona más tonta del planeta. 

Pasaron tres meses y medio sin que recibiera noticia alguna sobre Perla. Yo tampoco me esforcé en buscarla, debido a que se me hubiera caído la cara de la vergüenza. Di por destruida la oportunidad de actuar y continué por otro mes largo con mi existencia de perro vagabundo. 

Cuando, de repente, un sábado de un mes que ya no recuerdo, recibí una llamada. No suelo contestar llamadas de extraños, pero vi que el número que aparecía en pantalla era el de Perla y mi corazón brincó de la emoción. Si me llamaba era por algo… 

—Disculpa que no te llamara durante estos cuatro meses. El proceso de los casting para una película es muy complicado —dijo riendo— y son muchos los profesionales que se presenta al papel protagonista. No te diré mentiras, eres el actor perfecto para esta película. Un actor natural. De los más naturales que he conocido —de nuevo, se rio—. Sé que no estabas actuando cuando dejaste caer el café aquella tarde, pero eso que para ti fue una torpeza, para mí fue una sacudida enorme, porque de inmediato visualicé en la mente una escena de mi película contigo como personaje principal y comprendí que encajabas en el papel como ninguno de los actores que hasta ahora he conocido lo pudo hacer, la mayoría se veían artificiosos, falsos. Eres uno entre un millón —me aseguró—, por eso he optado por contratarte. 

Fueron los cinco meses mejores pagados de mi existencia. No obstante, también los más dolorosos. Por la sencilla razón de que me enamoré encarnizadamente de Perla. Para infortunio mío, ahora sé que su comportamiento fue una auténtica actuación digna de un Óscar a la mejor actriz. Dicen algunos que el destino está escrito, otros niegan que eso sea posible. No obstante, algo sí les diré: en este caso que les narro, TODO ya estaba escrito. Y no lo digo a modo de metáfora. Perla era una mujer de intelecto superdotado. 

El guion de la película en la que yo era protagonista me resultó bastante turbio. A grandes líneas era la historia de un amor enfermizo entre dos hermanos, Amanda y Ángel, que vivieron separados durante cinco años, debido al divorcio de los padres y que se reencontraron en la pubertad. En efecto, habían escenas de incesto entre ambos, marcadas, al principio, por el descubrimiento de una sexualidad exorbitante; más adelante, en la juventud, por la locura sin límites a la que conducen las pasiones. El motivo por el cual el actor que tuviera la fortuna de interpretar al personaje de Ángel tenía que ser una persona tímida e introspectiva, era fácil de comprender: este personaje era un marginado social, al que los compañeros de colegio tiranizaron durante toda la etapa escolar y al que las mujeres rechazaban. Y que sólo pudo hallar consuelo y comprensión en su hermana, radicalmente opuesta a él, aunque igual de pervertida. 

Hasta aquí la historia podría parecer pura pornografía de mala calidad. Déjenme que les haga cambiar de opinión: a Perla le encantaban la películas de Alfred Hitchcock , en especial la que muchos dicen que es su obra maestra, psicosis, 

por lo que estaba particularmente interesada en crear una relación patológica entre dos personas, una comunicación que fuera caótica. Sin embargo, apelar al recurso típico del hijo raro al que la madre sobre protege le parecía poco original, y, aunque el recurso de los hermanos incestuosos tampoco es que resalte por su originalidad, sí pensaba que era más explotable a nivel cinematográfico. Precisamente esto era lo que le criticaba al famoso gótico tropical llevado al cine por el director colombiano Carlos Mayolo , su obra Carne de tu Carne. 

Aunque yo siempre discrepé al respecto con Perla, asegurándole que era una obra maestra de nuestro cine, ella decía que esta película era algo así como ver el vómito de un borracho saliendo en cámara lenta de su boca. Muy lenta, en exceso, tanto, que terminaba aburriendo. 

De manera que, en primer lugar, estaba obsesionada con hacer una versión, según ella, más elevada, más fina, más poderosa, de este tópico del gótico tropical. En segundo lugar, quería volcar sobre el personaje de Amanda los vicios religiosos, éticos y morales propios de la madre controladora y posesiva que, tanto la vida real (en casos como el de Ed Gein), como la literatura y el cine, nos ha pintado una y mil veces. En consecuencia, en el guion de Perla, es la hermana mayor la que funge de madre. La madre muere de cáncer, de modo que Amanda queda huérfana. Y este es el detonante para que los hermanos se reencuentren. 

El padre, por su parte, es un alcohólico sin remedio que castiga sin piedad por cualquier detalle a su hijo Ángel. En este panorama de violencia es que irrumpe Amanda, como un sol que emerge del océano para iluminar el mundo de su hermano. ¿Iluminar? Sólo al comienzo. Después, todo es una espiral de muerte. Amanda es la capitana del navío de muertes que se desencadenan con el asesinato del padre por parte del hijo, quien comete este crimen impulsado por el odio acumulado y la acusación falsa de su hermana de que él intentó abusar de ella. Posteriormente, Amanda se encarga de aislar a Ángel por completo de la sociedad, mientras ella, en su hipocresía, se consagra a la promiscuidad sexual que con tanto ahínco juzga a ojos de su hermano, que cada vez más fascinado con ella. 

Esbozado lo anterior puedo pasar a explicar sin mucho rodeo por qué digo que fui para Perla un conejillo de Indias: la película se estaba filmando a escondidas de mi persona. En otras palabras, Perla me dio el guion, sí, pero nunca me llevó a un set de grabación en específico, nunca me puso a actuar, no DIRECTAMENTE. Grabó con cámara oculta. Por eso les grito que era una excelente actriz. Todas las conversaciones que tuvimos fueron actuadas, incluida la primera vez, ¿se acuerdan?, sí, la del supuesto casting. Todos los besos que me dio eran actuados. Todas las veces que nuestros cuerpos cayeron los unos sobre los otros como agua en aceite ardiente, ¡Perla no estaba haciendo otra cosa que actuar para una cámara escondida! Porque Perla era Amanda. Y viceversa. Sólo que yo creía, en mi estupidez planetaria, que por fin una mujer se había enamorado de mí, ¡qué risa tan grande! El día que se suicidó dejó escrito para mí lo siguiente: 

Sé que serás la primera persona que verá mi cadáver, lo sé muy bien. Así estuvo escrito desde el principio. El suicidio es el punto final de nuestra película de amor, querido. Espero la hayas disfrutado. Y puedas también disfrutar de la cinta completa que dejé para ti en la mesa de noche de aquella pieza en la que tantas veces mordimos el fruto prohibido. Con cariño, AMANDA.

¿Lo notan? Ni siquiera la muerte le impidió seguir actuando. En efecto, esa mujer me amó, pero me amó sólo dentro de los límites del guion macabro que surgió de su pluma. Me amó una mujer ficticia. Me amó el nombre de una mujer escrito a máquina en las inmensidades de una hoja en blanco. Para la Perla de carne y hueso yo no fui más que un instrumento de su arte. Una marioneta que sólo tenía valor en la medida que podía encaminarla de manera efectiva hacia la realización de su film. 

El largometraje duraba una hora y cuarenta minutos (hablo en pasado porque me deshice de la evidencia). La vi de principio a fin. Qué maestría la de esa mujer para editar, no sé cómo lo hizo, con qué programa, pero supo incluir cinco meses de grabación en una hora y media de vídeo, sin perder la coherencia, ni el ritmo, ni la tensión. Tampoco tengo ni idea de cómo hizo para filmar la serie de asesinatos atroces, que, en teoría, constituían fragmentos importantes de la médula espinal de la trama. Lo que seguramente ahora ustedes se estarán preguntando es por qué se ahorcó Amanda, o Perla… o las dos. Y esto es lo que yo también deseo saber, pues en el guion que me dio nunca describió la escena de un suicidio. 

Hoy, en pleno mes de enero, que me atrevo a contar esta historia, aunque no sin cierto pudor, siento que no he conocido a una persona más tonta que yo. Que jamás la conoceré. Que es imposible. 

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Texto escrito por: Danilo Gutiérrez del Socorro.

Fecha de publicación: 21 de enero del 2025

 

 

Comentarios 1

I
Israel 3023 de enero de 2026
Muy buen trabajo

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