La espera

Narrativa

La primera vez fue en el patio, con la ropa que no era mía y una soga que cedía apenas.

Había una planta grande, de esas hojas en abanico, como manos abiertas. Debajo, en el rincón donde termina la sombra y empieza el paso, estaba el perro.

No estaba echado como se echa un perro cualquiera. Estaba acomodado. Pegado al marco. Con el cuerpo color miel y una franja más oscura sobre el lomo, como si lo hubieran rozado con carbón. La cara era otra cosa. Un antifaz negro en el hocico y alrededor de los ojos. Miraba sin pedir. Con esos ojos claros, cansados, de quien entiende que el mundo hace ruido y no siempre conviene responder. Tenía un collar rojo. Las patas delanteras estiradas hacia mí. Los pies blancos, prolijos, como si no quisieran ensuciar el piso. La cola, larga y desflecada, quedaba a un lado, como un plumero viejo.

Yo lo miré porque él me miró.

Nada más.

En el cielo, una nube se abría como un paño. La vi desde el ángulo del patio, entre las hojas. Tenía un borde recortado. Bastó un segundo.

Ahí estuvo el perfil.

La frente un poco salida. La nariz. La boca apretada. Y la sombra de un bigote que no era sombra sino mi memoria haciendo su trabajo.

Lo vi con esa exactitud que da miedo, porque la exactitud no consuela. Esa exactitud sólo acusa.

El perro no levantó la cabeza. Siguió ahí, como si su ocupación fuera sostener el mundo con el peso del cuerpo.

Me acordé de una palabra. Pareidolia. Ver figuras en lo que no tiene figura. Ordenar lo casual. Hacer un rostro con vapor.

No soy médico. Archivo. Sello. Clasifico. Pero las palabras también se archivan. Quedan. Se pegan a uno.

Ese día supe que era pareidolia. Lo supe y aun así me quedé mirando hasta que la nube se desarmó, como si el cielo hubiera cometido un error y lo corrigiera.

Fue una nube. Podía terminar ahí.

No terminó.

Desde hace un año, mi amigo ya no está. Hace un año exacto y, sin embargo, la ciudad sigue poniéndole cuerpos delante.

Yo lo recuerdo en la luz. Esa luz tibia, de escenario o de lámpara, que vuelve doradas las telas. Lo recuerdo con el pelo oscuro, rizado, como si lo hubiera peleado con las manos y perdido. Con la barba y el bigote marcándole la cara. Lo recuerdo con una camisa blanca, liviana, casi de lino, abierta en el cuello. Y el gesto.

El gesto es lo que vuelve.

El brazo alto, extendido, como ala. La mano abierta. El cuerpo levemente girado. La mirada fija en alguien, no en el público. Una mirada que no es dramática, no es pose, sino atención. Como si en ese instante toda la vida se hubiera reducido a sostener un compás.

Cuando murió, lo más molesto fue que el mundo siguiera con su música. Después vino lo peor, que fue descubrir que la música lo seguía imitando.

A la semana de su muerte vi su brazo en un tendedero. Una sábana colgada hacía una punta y la punta era su brazo. Eso era pareidolia. Me reí solo, pero no de alegría. De defensa.

A los quince días lo vi en una esquina.

Fue el cuerpo, no el rostro. Fue la manera de cargar el peso en una pierna. Fue el modo de inclinar la cabeza como quien escucha un secreto. Y, sobre todo, fue el brazo. El brazo alzado, como si saludara o marcara un ritmo sobre el aire.

Crucé sin mirar.

Lo digo así porque así fue. Crucé. La razón fue más lenta. El miedo vino después.

Un auto frenó. La bocina me tiró una pared de sonido encima. Escuché insultos. No los atendí. Llegué a la vereda de enfrente con la garganta seca y las manos abiertas, como si yo también estuviera bailando una coreografía absurda.

El hombre se dio vuelta.

No era.

Tenía la cara de otro. Los ojos de otro. La piel de otro. Me miró con una mezcla de fastidio y sorpresa, como quien descubre que alguien le reclama un parentesco.

Yo bajé la vista. Dije perdón. Dije cualquier cosa. Me fui.

Esto, si uno quisiera, se explica con la pareidolia. Ver a mi amigo donde no está. Pero ahí hay un detalle. En la pareidolia hay forma. En esto había hambre.

Fue entonces que entendí otra palabra, más amplia y menos amable. Apofenia.

La apofenia no se conforma con ver. Quiere interpretar. No le basta con la nube que se parece. Quiere que la nube signifique. Quiere que el mundo mande mensajes. Que el azar tenga mano.

Toda pareidolia es un tipo de apofenia, pensé, y me sonó exacto, como una ficha que encaja en un casillero. Pero no toda apofenia es pareidolia. Porque hay conexiones que no son de forma. Son de sentido. Son de destino.

Esa misma tarde volví al edificio y lo vi al perro otra vez. Seguía debajo de la planta, en el borde de las baldosas. No se movía. Sólo levantó la mirada, apenas, como si preguntara si yo venía de pelearme con algo.

En la pared del descanso del segundo piso había una mancha de humedad. Antes era un mapa. Ahora era un animal.

Vi un hocico oscuro, como el del perro. Vi ojos. Vi orejas insinuadas.

Eso era pareidolia. Pura y simple. Una figura en el moho.

Me quedé mirándola, y ahí me agarró la vergüenza, porque mi mano hizo el movimiento de acariciar. Acaricié la pared. La pared estaba fría.

El perro no vio eso. O lo vio y no juzgó. No son jueces.

Entré a mi departamento y, sobre la mesa, estaba una pluma. Chica. Gris. Con una punta blanca, como si hubiera sido lavada por alguien con paciencia. No tenía por qué estar ahí. La ventana daba a un patio sin pájaros. La puerta había estado cerrada.

La pluma ya no era forma. No se parecía a él. No se parecía al perro. No se parecía a nada que yo amara.

Y sin embargo la levanté como si levantara un papel importante.

Ahí empezó lo otro.

Pensé que si una pluma aparece donde no debe, es porque alguien la dejó. Pensé que si alguien la dejó, entonces alguien sabe. Pensé que si alguien sabe, entonces alguien me está diciendo.

Eso es apofenia. No una cara en una nube, sino una intención en el polvo.

Me fui a dormir con la pluma en el bolsillo, como se duerme con una culpa.

A la mañana salí temprano. Caminé sin haber decidido caminar. Los pasos decidían. La ciudad estaba húmeda. Las veredas todavía tenían ese brillo del agua que se va sin apuro. Había gente y cada cuerpo era un ensayo.

En cada multitud hay una esquina que promete. En cada esquina uno cree ver una presencia. Y a veces la presencia es un abrigo, una postura, un mechón de pelo.

Vi un hombre de espalda con el mismo cabello rizado. Vi otro con la misma camisa blanca. Vi uno que alzaba el brazo para parar un taxi y ese brazo fue su brazo.

Caminé hacia él con la precisión de un sonámbulo.

No era.

Nunca era.

El peligro no estaba en equivocarse. El peligro estaba en seguir creyendo que el siguiente sí. Que el mundo, cansado de negarme, iba a ceder.

Llegué a una avenida. Se juntaron autos, motos, voces. Del otro lado vi un reflejo en una vidriera. Mi cuerpo apurado. Mis ojos buscando. Mi mano apretando en el bolsillo algo liviano.

Me vi a mí mismo y entendí que yo también podía ser una figura falsa. Una aparición. Un hombre al que otro, desde otra pena, podría confundir.

Volví. Volví sin regreso, porque uno vuelve y no encuentra lo que dejó.

En el patio el perro seguía. El mismo lugar. La misma sombra. Las patas blancas como guantes. La máscara negra en el hocico. El collar rojo, pobre, como un aviso. Me miró. No se levantó. Su forma de acompañar era ésa. Estar.

Me senté en el borde de una maceta. Saqué la pluma. La dejé sobre el piso.

El perro la miró, o miró mi mano. No sé. Pero no hizo nada. No fue hacia la pluma como si fuera un mensaje. No la olió con devoción. No la cargó de sentido.

Ahí entendí algo que me costaba porque era simple.

El perro vive sin apofenia. Vive con señales reales. Hambre, frío, pasos, voces. Lo demás no lo obliga.

Yo, en cambio, estaba convirtiendo cada cosa en destino. Cada coincidencia en una carta. Estaba pidiéndole al mundo que me devolviera lo que no devuelve. Estaba exigiéndole al azar que se comporte como un amigo.

Me acordé de mi amigo en la foto que guardo. No lo veo quieto. Lo veo en ese instante de danza, con el brazo levantado y la mirada clavada en alguien. No mira para que lo miren. Mira porque está ahí, entero. Vivo.

Entonces comprendí también que lo que busco en la multitud no es su cara. Busco ese estar entero. Ese modo de habitar el segundo. Busco el peso de una presencia que, cuando estaba, volvía menos urgente a todo lo demás.

La pareidolia me lo devuelve como dibujo. Como un perfil en una nube. Como un brazo en una sábana. Eso duele, pero se soporta.

La apofenia quiere devolvérmelo como promesa. Como si el mundo me estuviera guiando hacia un reencuentro. Como si la ciudad tuviera piedad y me dejara verlo doblando una esquina, al cruzar una calle, entre dos cuerpos ajenos.

Y eso es lo que no.

No hay esquina que devuelva. No hay multitud que repare. Hay apenas este trabajo del ojo y del recuerdo, que arma figuras para no caerse, y a veces se pasa y quiere sentido donde sólo hay ruido.

Me levanté. Tomé la pluma y la tiré a la basura.

No fue un acto heroico. Fue cansancio.

El perro me siguió con la mirada, sin entender mi gesto, o entendiéndolo de un modo que yo no alcanzo.

Esa tarde, cuando entró una luz oblicua por la ventana, se dibujó en el piso una forma. Podría haber sido un rostro. Podría haber sido un brazo. Podría haber sido una señal.

Me quedé mirándola.

No la nombré.

El perro, en el umbral, respiraba. Su cola desflecada descansaba en el piso como una escoba. Sus patas blancas tocaban la baldosa con una limpieza que parecía imposible. Sus ojos claros, bajo la sombra de las hojas, me sostenían.

Y el azar, por un rato, hizo silencio.

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