Pobre Ernesto.
NarrativaLa memoria es nuestro único problema. Lo único que se me ocurre, ahora, para explicar esa ausencia fatal de experiencias; esa sensación de haber pasado por los días como por un pasillo equivocado, siempre con la puerta correcta dos metros más allá. A veces pienso que vivimos como Teseo, pero sin hilo. Entramos al laberinto con una seguridad prestada; y cuando por fin creemos ver la salida descubrimos que la salida era otro corredor, otra sala, otra gente llorando por otro nombre. Ventilar los minotauros, sí; pero primero reconocer que el minotauro se parece mucho a uno mismo cuando apagan las luces y prenden esas lámparas de velorio que hacen que todos tengamos la misma cara.
Llegué al velatorio con esa puntualidad de los que llegan tarde. El taxi me dejó en la puerta y yo pagué como si estuviera comprando un boleto para entrar a un teatro donde ya empezó la obra. Adentro olía a flores blancas y café recalentado; el aire tenía una densidad de papel mojado. Había un hombre de traje en el mostrador, una señora que acomodaba una corona como quien acomoda un cuadro torcido, y un pasillo con puertas, varias, todas iguales, todas con una plaquita dorada que brillaba lo justo para no decir nada.
Yo tenía el nombre en la punta de la lengua y, como suele pasar, la lengua decidió guardárselo. En mi cabeza era claro; lo veía escrito, lo oía dicho por otros, lo llevaba desde la mañana como una piedrita en el bolsillo. Pero frente a las puertas, con el murmullo de fondo y los pasos que suenan demasiado, el nombre se volvió una cosa tímida; una palabra que se escondía detrás de los dientes.
Entré en la primera sala abierta porque había gente. Ese fue mi método, que ahora me parece un método de idiota y sin embargo, en el momento, tenía su lógica. Donde hay gente hay muerte; donde hay muerte hay el muerto correcto, pensé. La sala era larga; al fondo estaba el cajón, cerrado, con dos velas que no parecían velas sino funciones. Un ramo de liliums inclinaba la cabeza hacia el barniz. Las sillas estaban alineadas como en una clase donde nadie quiere sentarse en primera fila.
Me acerqué despacio, con esa solemnidad que uno aprende en la vida social; la solemnidad como saco prestado. Vi la foto en un atril. Ahí estuvo la primera alarma; una alarma suave, casi educada. La foto mostraba a un hombre mayor, bigote serio, ojos de alguien que no se deja tutear. Mi muerto era otro. Mi muerto, el que yo venía a despedir, no tenía bigote; o lo tuvo y se lo afeitó hace años por una promesa absurda en una fiesta. Pero la memoria hace lo que quiere. Yo me dije que la foto podía ser vieja; que la muerte envejece; que la gente se vuelve distinta cuando la enmarcan.
Busqué con la mirada a los conocidos. Nada. Dos mujeres de negro hablaban en voz baja; un señor con manos enormes miraba el piso como si el piso fuera culpable; una chica joven sostenía un vaso de agua con la atención de quien sostiene una granada. Nadie era de mi mundo. Sentí una punzada; no de duda, sino de abandono. La duda vino después, claro.
Me quedé de pie, cerca de la pared, esperando que apareciera alguna cara familiar como aparecen los actores cuando termina el intervalo. No apareció nadie. El silencio se acomodó a mi alrededor con una paciencia de gato.
Entonces me acerqué a una señora que tenía los ojos hinchados y le dije lo primero que me salió, lo que siempre se dice. Que lo sentía mucho; que era un golpe. Ella me miró como si yo fuera un objeto olvidado en la casa de otro; un paraguas que nadie sabe de quién es. Asintió de todos modos, con una cortesía automática. Yo insistí con el nombre, pero no dije el nombre; dije él. Él era una gran persona, dije; y ahí, extrañamente, la frase empezó a volverse cierta.
Porque yo tenía historias. Las historias se me juntaban adentro como monedas; uno las carga sin darse cuenta. Y ante el hueco de la sala, ante ese cajón que era un signo más que una cosa, me pareció que lo único razonable era gastar esas monedas. Empecé a hablar. No fuerte; no como discurso. Empecé a contar como quien comenta una película a la salida del cine, con esa mezcla de cariño y necesidad.
Que él era capaz de perderse en La Plata a tres cuadras de su casa; que una vez quiso ir a la Catedral y terminó en una ferretería convencido de que el gótico había cambiado; que se reía con toda la boca, como si la risa fuera una lámpara. La señora parpadeó; le tembló apenas la comisura. Me dijo que sí, que era así; y yo sentí un alivio inmediato, casi infantil. La memoria no me estaba traicionando; me estaba dando la razón.
En una silla, un hombre levantó la cabeza. Me miró con interés, como si yo estuviera diciendo algo útil. Eso me impulsó. Seguía sin aparecer nadie conocido, pero yo ya estaba adentro del laberinto y había encontrado una pared por donde avanzar.
Me acerqué al grupo de dos mujeres. Les dije que él tenía una manera rara de pedir disculpas; que no decía perdón, decía che, y ese che era su manera de bajar la cabeza sin bajarla. Dije que una vez, en un asado, discutió con medio mundo por la sal; defendía la sal como si defendiera una bandera. Las mujeres se miraron. Una de ellas soltó una risa diminuta, la risa que pide permiso para existir. La otra se secó una lágrima con el dorso de la mano; y me dijo que a él le encantaba la sal, sí, que era increíble.
Yo sentí que las piezas encajaban. No advertí que las piezas encajaban precisamente porque yo las empujaba.
Al fondo, cerca del cajón, el señor de manos enormes se levantó. Se me acercó despacio. Me dijo que él había sido un hombre recto. Yo asentí como quien sabe. Dije que sí; que recto pero con esa torpeza amable que tenía; que podía ser recto y al mismo tiempo olvidar las llaves en la heladera. El señor parpadeó dos veces. Vi en su cara un movimiento; no de enojo, sino de cálculo. Luego asintió; como si estuviera aceptando una versión alternativa que le resultaba cómoda.
Ese fue el momento en que entendí, sin entender, el mecanismo del velorio. La gente no busca precisión; busca un lugar donde apoyar el peso. Yo era una columna improvisada. Me dejé serlo.
Pasó un rato. El café circuló en vasitos de plástico; el café no calentaba, sólo ocupaba la boca. Cada tanto entraba alguien, se persignaba, miraba la foto, miraba el cajón, se sentaba. Yo seguía buscando a los míos. Cada puerta que se abría era una promesa que no se cumplía.
En un punto me acerqué al cajón, como se acerca uno a un animal dormido. Le apoyé la mano a la madera. No sé por qué lo hice. Sentí el barniz frío; sentí que el gesto era correcto. Dije en voz baja algo que no recuerdo. Tal vez dije gracias; tal vez dije perdón; tal vez dije che. Ahí sí, un silencio particular se extendió. No era el silencio general del velorio; era un silencio alrededor de mi mano. Me di cuenta de que varios me miraban. La chica del vaso de agua apretó los labios. El señor de manos enormes se cruzó de brazos.
Y yo, en lugar de callarme, seguí hablando. El laberinto tiene esa trampa; uno cree que el hilo es la palabra, y la palabra termina siendo la cuerda.
Les conté la vez que él se hizo el héroe en una madrugada cualquiera, cuando un amigo se descompuso y él lo cargó como si fuera una bolsa de harina; que no era valiente en el sentido épico, pero era de esos valientes domésticos que sostienen el mundo. Dije que una vez me dijo algo sobre el miedo; que el miedo no se combate, se acompaña. Dije que a veces hablaba con frases que parecían de libro y no eran de libro; eran suyas.
Mientras decía eso, vi cómo se formaba una cosa rara en el aire. Un asentimiento general, un acuerdo silencioso. La sala se iba acomodando a mi relato como un agua a un vaso. Yo pensé, con una ternura absurda, que estaba haciendo lo correcto. No pensé, en ningún momento, en el bigote de la foto.
A ratos la sensación era extraña; yo hablaba de escenas con mis amigos, con esa gente que debía estar ahí, y sin embargo no estaban. Era como si mi recuerdo estuviera transmitiéndose en una frecuencia equivocada. Miraba alrededor esperando que alguien, alguno, me dijera Javier, te equivocaste de sala. Nadie lo dijo. Nadie quería ser el que rompe el hechizo.
De pronto entró una señora más vieja, con un pañuelo en la cabeza. Me miró fijo. Me dijo, sin saludo, que él se llamaba Ernesto. Así, seco. Ernesto, repitió. Yo sentí un golpe de aire frío en el pecho. Ernesto. Mi muerto no se llamaba Ernesto. Mi muerto se llamaba de otra manera, de una manera que yo había traído en el bolsillo como una piedrita.
Pero yo no reaccioné como una persona lúcida. Reaccioné como un invitado que no quiere quedar mal. Dije sí, claro, Ernesto. Lo dije como si Ernesto fuera un apodo; como si yo hubiera omitido un dato menor. La señora me miró un segundo más; luego se sentó.
Y ahí, en ese segundo, el laberinto se cerró. Porque en lugar de salir, de pedir perdón y retroceder por el pasillo, mi cabeza eligió otra cosa. Eligió acomodar el mundo para que coincidiera con mi error. La memoria no me estaba faltando; yo estaba acomodando la memoria para no admitir que me había equivocado.
Así funciona la tontería, pensé después. En el momento no lo pensé. En el momento seguí.
Hablé con un primo, o con alguien que dijo ser primo. Hablé con un vecino. Hablé con una mujer que aseguraba que él odiaba el fútbol; yo dije que no, que lo odiaba pero lo miraba; que odiar algo también es una forma de pertenecerle. La mujer se quedó callada, sorprendida. Luego asintió como si yo le hubiera revelado una verdad profunda; cuando en realidad yo estaba inventando una salida.
Me di cuenta de algo. Cada vez que yo agregaba una escena, la gente la aceptaba. No porque fuera verdadera; porque les servía. Yo podía decir que Ernesto se había perdido en la ciudad o que había defendido la sal como bandera, y las caras respondían con un brillo de reconocimiento. Era el reconocimiento del que necesita un rasgo para hacer una figura. Yo estaba pintando un muerto que no era el mío; pero tal vez nadie tiene un muerto del todo propio.
En un momento, mientras yo contaba cómo Ernesto, o mi amigo, o la mezcla, le había prestado plata a alguien sin anotarlo, escuché una risa leve detrás. Era la chica del vaso de agua; se tapaba la boca con la mano. Me miró. Había ternura en su mirada; y también algo más, una compasión curiosa, como si estuviera viendo a un perro entrando en un aula.
Yo me callé. Por primera vez en toda la tarde, me callé. Y ahí ocurrió el silencio que el desafío de cualquier velorio exige. Ese silencio donde todos entienden algo pero nadie lo nombra.
El señor de manos enormes carraspeó. Una de las mujeres de negro apretó el rosario. La señora del pañuelo inclinó la cabeza hacia el costado, como evaluando. Alguien se levantó para ir al baño. La sala recuperó su rutina, pero el aire quedó marcado. Yo sentí el rubor subiéndome por el cuello.
No vi la salida del laberinto. La vi de reojo, como se ve una puerta en un sueño. La salida era admitir. No la tomé.
Fui hasta la bandeja del café, me serví otro vasito, lo llevé a la boca, no lo tomé. El café olía a excusa. Miré la foto. El bigote seguía ahí, firme, juzgándome con la dignidad de los retratos. En ese instante la memoria me devolvió el nombre correcto. Me atravesó como un fósforo. El nombre era otro. El velorio era otro. La sala era otra.
Me dije que podía irme sin hacer ruido. Podía salir como entré, con esa solemnidad falsa. Podía dejarles a Ernesto sus historias inventadas. Podía ser un fantasma eficiente. Me moví hacia la puerta.
Antes de salir miré una última vez el cajón. Me pareció que el cajón respiraba. Me pareció que la sala estaba levemente inclinada, como si estuviera en un barco. La nave de los necios, pensé, y esa idea me hizo sonreír con amargura. No somos Teseo, pensé; somos los que se equivocan de pasillo y aun así siguen caminando como si estuviera previsto.
Salí al pasillo. El aire afuera era más frío; olía a desinfectante y a lluvia lejana. Caminé hacia la salida sin mirar las otras puertas, como quien teme leer lo que está escrito. Abrí la puerta principal. Afuera la tarde se había vuelto noche. La calle tenía ese brillo húmedo de La Plata cuando el cielo se está por decidir.
Me quedé en la vereda, al costado, para fumar aunque no fumo. Me quedé para respirar como si respirando pudiera corregir lo que había hecho. La memoria, pensé; el único problema. La memoria como brújula vieja que siempre apunta a un norte que ya no existe.
Entonces oí una puerta abrirse detrás de mí. Oí risas, un murmullo más vivo. Un grupo salió de otra sala, de las puertas que yo había evitado mirar. Salieron con cara cansada, ojos rojos, la torpeza típica del duelo. Y entre ellos, como si la vida tuviera sentido por un instante para poder burlarse mejor, apareció mi gente.
Los vi primero como se ve una foto que de golpe se mueve. Estaba el flaco de siempre con la campera azul; estaba Marta con el pañuelo que usa en invierno; estaba el Negro con las manos en los bolsillos como si no supiera dónde ponerlas. Me vieron al mismo tiempo. Se detuvieron. Hubo un silencio rápido, un silencio de reconocimiento. Después, la risa. Una risa que dolía.
Javier, dijo Marta, y lo dijo con esa mezcla de abrazo y reproche. ¿Qué hacés acá afuera. Nosotros estamos en la sala dos.
Yo abrí la boca; no me salió nada. Sentí que toda la tarde se me venía encima como una ola. El flaco se me acercó, me agarró del hombro. Me miró con esa cara que uno pone cuando quiere ser serio pero no puede. Me dijo, muy despacio, como si me diera una noticia médica.
¿En qué sala estuviste vos.
Se me escapó una frase que me pareció ajena, como si la dijera otro. Dije en la primera. Dije con Ernesto.
Ellos se miraron. Nadie se rió ahí. Hubo otro silencio, más pesado. El Negro se pasó la mano por la cara. Marta cerró los ojos un segundo; los abrió; me miró. Dijo.
Pobre Ernesto, che.
Y la palabra che, en ese momento, me devolvió al muerto correcto. Me devolvió todo. Me devolvió la culpa y la ternura. Me devolvió la idea absurda de que uno se equivoca de velorio como se equivoca de vida, por un segundo de distracción, por un nombre que se esconde, por una plaquita que brilla lo justo para no decir nada.
Quise pedir perdón por Ernesto, por mí, por el mundo. No pude. El flaco apretó mi hombro y me empujó suave hacia la puerta de la sala dos. Dijo vamos. Dijo ya está.
Antes de entrar, me di vuelta. Por la ventana vi la sala equivocada; vi las sombras moviéndose; vi a la chica del vaso de agua mirando hacia la puerta como si esperara que yo volviera. Me pareció, no sé por qué, que en ese velorio alguien iba a recordar para siempre a un hombre que defendía la sal como una bandera. Un hombre que se perdía en su propia ciudad. Un hombre que decía che en lugar de perdón. Me pareció que, sin querer, yo les había prestado un hilo.
Entré a la sala dos. Ahí sí estaban los míos. Ahí sí estaba el cajón correcto. Ahí sí la foto era la suya, sin bigote, con esa sonrisa ladeada de quien siempre está por decir una barbaridad tierna. Me acerqué. Toqué la madera. No dije nada. El silencio vino solo, por fin limpio, sin esfuerzo.
Y en ese silencio entendí algo que no me dejó tranquilo. Que el error no había sido entrar a la sala equivocada. El error había sido creer que uno puede hablar de un muerto sin inventarlo un poco; creer que la memoria no hace su trabajo de minotauro, comerse las partes, mezclar las caras, devolvernos lo que necesitamos para no caer.
Afuera, en algún lugar del velatorio, Ernesto seguía muriéndose con mis palabras encima. Yo seguía vivo con la vergüenza encima. Y la memoria, como siempre, seguía siendo el único problema; el único hilo; la única broma seria que nos permite cruzar un laberinto sin saber exactamente quién está en el centro.




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