Un Testigo Incrédulo
Reseñas generalesHay momentos en la vida que se incrustan en la memoria no por su trascendencia, sino por su pura y desarmante absurdidad. Aquella tarde en la agencia de publicidad fue uno de esos momentos. El ambiente en la sala de juntas era el habitual de los viernes por la tarde: una mezcla de cansancio acumulado y la expectativa de un fin de semana inminente. La luz fluorescente de la oficina zumbaba con su irritante monotonía, y el olor a café quemado se mezclaba con el de las fotocopias recién hechas. Estábamos en plena revisión final del proyecto "Campaña Zenith", una presentación crucial para un cliente que era tan importante como irascible. Todo el equipo estaba allí: la directora creativa con su sempiterno moño apretado, el diseñador gráfico con sus gafas de montura gruesa, y yo, el encargado de contenidos, con la taza de café a medio terminar.
Y, por supuesto, estaba Blas.
Blas era el nuevo, un chico de prácticas que había llegado con un entusiasmo desmedido y una capacidad para el despiste que rozaba lo artístico. Se movía con la ligereza de un colibrí y la atención de una mosca. Su misión, esa tarde, había sido tan simple como vital: copiar la versión final de la presentación en un USB para proyectarla en la gran pantalla de la sala. Le habíamos dado instrucciones claras, repetidas dos veces, con dibujitos y flechas para asegurar que no hubiera margen de error.
La directora creativa, siempre al pie del cañón, nos miró con su habitual intensidad. "Blas, por favor, proyecta la presentación. La versión final, ¿verdad?" Su tono era una pregunta retórica, una afirmación disfrazada.
Blas, con una sonrisa de oreja a oreja que irradiaba una felicidad casi infantil, asintió vigorosamente. Se acercó al proyector, un artefacto de tecnología básica que cualquiera con un mínimo de familiaridad digital sabría usar. Insertó el USB con un clic resonante, se inclinó para enfocar la imagen y, tras unos segundos de espera, la pantalla se iluminó.
Pero no con la "Campaña Zenith".
La pantalla mostró un escritorio vacío. Ni un icono. Ni un archivo. Solo el fondo de pantalla predeterminado de Windows, con sus tonos azules y su logo minimalista.
Hubo un pequeño carraspeo de la directora creativa, que al principio pensó que era un error. "Blas, ¿es la versión correcta? Parece que está el escritorio de tu ordenador".
Blas se enderezó, la misma sonrisa inmaculada en su rostro, y nos miró a todos con una expresión de orgullo que no encajaba en la situación. "No, no, ¡es la correcta!", dijo con la voz exultante. "Lo copié todo. Pero claro, ¡había muchas cosas en el USB! Y no quería que se confundieran los archivos de la presentación con mis cosas personales, ¿saben? Así que... los borré todos. ¡Dejé el USB completamente limpio para la presentación!"
El silencio que cayó en la sala fue tan pesado que parecía tener volumen. No era un silencio de sorpresa, sino de una incredulidad tan profunda que rayaba en la incomprensión existencial. El diseñador gráfico se quitó las gafas lentamente, las limpió con un pañuelo de microfibra, se las volvió a poner y miró fijamente a Blas, como si esperara que una segunda visualización le revelara una broma oculta. La directora creativa, cuya faz solía ser un manual de instrucciones sobre cómo conquistar el mundo, tenía ahora una expresión que combinaba la parálisis con un leve tic en el ojo izquierdo. Sus labios se movían, pero no salía sonido.
Yo mismo sentí cómo mi taza de café se enfriaba en mis manos. Mis compañeros de equipo, antes agitados y parlanchines, se habían convertido en una galería de estatuas de sal. Nadie respiraba. Blas, ajeno a la atmósfera gélida que él mismo había creado, seguía sonriendo, esperando, quizás, una ovación por su ingenio organizativo.
El Chiri de la historia anterior, al menos, había tenido una extraña lógica futbolística. Blas había aplicado una lógica de borrado a un contenido que precisamente debía presentarse. Había "limpiado" el USB de todo aquello que hacía del USB, un USB útil. La presentación, todo el trabajo de meses, se había ido al limbo digital por un acto de eficiencia mal entendida.
El director creativo finalmente articuló unas palabras, pero fueron tan suaves que apenas se escucharon. "Blas...", dijo, y luego su voz se rompió. No de rabia, no de frustración, sino de una especie de resignación cósmica.
El proyecto "Campaña Zenith" tuvo que ser rehecho esa misma noche, con los nervios a flor de piel y el recuerdo imborrable de Blas, la persona más tonta que conocimos, y su "USB limpio" resonando en cada clic del teclado.




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