LOS TRES NÚMEROS

Narrativa

Santo Domingo, República Dominicana

Noviembre 2024

Hay dos llamadas que nunca hice y una que sí hice y que me costó todo, esta es la historia de por qué aprendí a marcar 911 demasiado tarde.

Esto pasó como en julio, o junio, ya ni me acuerdo bien, vivía en un edificio de cuatro pisos con paredes tan delgadas que conocías la vida de todos sin querer, trabajaba en un call center vendiendo planes de internet que nadie necesita, turno de 2 PM a 10 PM, llegaba a casa tarde, cansado, con ganas de dormir.

Una madrugada, como a las dos, me despertaron unos gritos que venían del apartamento de al lado, un tipo gritándole a su mujer, ella llorando, suplicando, golpes contra la pared tan fuertes que mi lámpara temblaba, yo ya había escuchado eso antes, varias veces, pero siempre me decía lo mismo: "No es mi problema", "Si me meto, después hay problemas".

Pero esa noche algo fue diferente porque escuché a uno de los niños, un grito agudo, de terror puro, no de berrinche, era miedo real, un niño chiquito gritando "¡Papi, no! ¡Papi, no!" y algo en mí se rompió.

Agarré el teléfono y marqué 911, me contestó una operadora con voz cansada, como si llevara doce horas en turno, como si lo único que quisiera era que la gente dejara de llamar.

—¿Cuál es su emergencia? —me preguntó y yo le dije —Estoy escuchando... creo que un hombre está golpeando a una mujer, en el apartamento de al lado, y hay niños" —ella me preguntó si había visto algo y yo le dije que no, que estaba en mi apartamento pero que se escuchaban golpes muy fuertes y el niño estaba gritando, entonces ella me dijo —¿Está seguro que es violencia o es una discusión? —y yo no supe qué decir.

—Bueno, yo... suena muy fuerte, y el niño está gritando… —y ella me cortó, —Señor, necesitamos confirmar que hay una emergencia real antes de mandar una unidad, ¿usted puede ver lo que está pasando?

Le dije que no, que las paredes no me dejaban ver pero que sonaba muy mal, y ella me dijo —Le voy a pedir que solo llame cuando esté seguro de que hay una emergencia, las líneas tienen que estar libres para casos reales, buenas noches —y colgó.

Me quedé con el teléfono en la mano sintiéndome como un completo idiota, como si hubiera hecho algo mal, como si hubiera molestado, como si mi problema no fuera suficientemente real.

Al día siguiente una vecina me contó que la policía sí llegó, como a las cuatro de la mañana, tocaron en la puerta del apartamento de al lado, él les dijo que todo estaba bien, que habían estado viendo una película con el volumen alto, los policías miraron adentro, no vieron nada obviamente malo, y se fueron, el vecino me empezó a mirar feo cada vez que nos cruzábamos, me bloqueaba el paso en las escaleras, se paraba en la puerta de su apartamento cuando yo subía, su mujer nunca me miró a los ojos, bajaba la vista, aceleraba el paso.

Y yo aprendí la lección, nunca más volví a llamar, hasta la noche que tenía que haber llamado y no lo hice.

Le decían Yami, o Yamil, algo así, nunca le pregunté bien su nombre completo, vivía dos pisos arriba del mío, flaca, siempre con el pelo recogido en una cola, trabajaba de cajera en un supermercado, tenía dos hijos chiquitos, vivía con el tipo desde que estaba en el liceo.

Los gritos eran cada semana, a veces dos veces por semana, siempre el mismo patrón, once, once y media de la noche, empezaba bajito, la voz de ella suave, tratando de calmar las cosas, después la voz de él subiendo de volumen, después más gritos, después el golpe o los golpes, los niños llorando, y después ese silencio espeso que te hiela la sangre.

Yo me ponía audífonos, subía el volumen, seguía viendo videos o jugando algo en el celular, no era mi problema, ya había aprendido la lección.

Hubo un día, como un mes antes de todo, que me la encontré en las escaleras, ella bajaba, yo subía, llevaba a los dos niños de la mano, el mayor tendría como seis años, el chiquito tres o cuatro, nos cruzamos en el descanso del segundo piso y ella tenía lentes de sol, adentro del edificio, a las nueve de la noche.

Se le bajaron un poco los lentes cuando se agachó a recoger un juguete que se le cayó al niño chiquito y vi el moretón, verde-amarillento, viejo ya, el labio partido pero curado, el ojo derecho hinchado, casi cerrado, ella se enderezó, se acomodó los lentes rápido, me miró directo.

Yo abrí la boca pero no salió nada.

Ella siguió bajando con los dos niños callados, agarrados de su mano, yo seguí subiendo.

Esa fue mi segunda oportunidad, la oportunidad de decir "¿Estás bien?", la oportunidad de decir "¿Necesitas ayuda?", la oportunidad de decir algo, lo que fuera.

No dije nada, y como tres semanas después, ella estaba muerta.

Fue un martes, eso sí me acuerdo porque era día de pago en el trabajo, llegué como a las once menos cuarto con una funda del colmado, pan, salami, leche, cosas para el desayuno del día siguiente, subiendo las escaleras vi que la puerta del apartamento de ella estaba entreabierta, no abierta, entreabierta, como cinco o diez centímetros, había música sonando adentro, reguetón, el volumen estaba alto pero el parlante sonaba reventado.

Me paré en el descanso entre el segundo y tercer piso porque algo estaba mal, ella nunca dejaba la puerta abierta, nunca, yo la había visto mil veces meter la llave y girarla tres veces.

Subí dos escalones más despacio y desde ahí podía ver un pedazo de la sala a través de la rendija de la puerta, había una silla caída, un juguete en el piso, y cerca de la mesa del comedor, brillando con la luz del bombillo, había algo, un charco, rojo oscuro, casi negro.

Entonces lo escuché, no era un grito, era un jadeo, entrecortado, húmedo, como cuando alguien se está ahogando, el miedo tiene sabor, tiene sabor a metal, a bilis subiendo por la garganta, y después, muy bajito, casi tapado por la música: "Ayuda", o tal vez "ayúdame", no estoy seguro, pero juro que lo escuché.

Me quedé paralizado en esa escalera mientras mi cabeza gritaba: SUBE, TOCA LA PUERTA, GRITA, HAZ ALGO, AHORA, pero entonces pensé en la llamada de julio, en la operadora diciéndome que no llamara si no estaba seguro, en el vecino mirándome con odio durante semanas, bloqueándome el paso, en que tal vez el tipo todavía estaba ahí adentro, en que tal vez me iba a ver, en que tal vez me iba a hacer algo, en que ya alguien debe haber llamado.

Bajé las escaleras, rápido, casi corriendo, entré a mi apartamento, cerré con seguro, los tres seguros, saqué el celular con las manos temblando, abrí el teclado de llamadas y marqué 911, los tres números ahí en la pantalla, brillando verde, mi dedo sobre el botón de llamar.

Y pensé: ¿Y si vuelve a pasar como la vez pasada?, ¿Y si me dicen que no llame?, ¿Y si me hacen sentir como un idiota otra vez?, ¿Y si el tipo sale y sabe que fui yo?, Ya alguien debe haber llamado, seguro ya alguien llamó.

Cerré la app, me puse audífonos, subí el volumen al máximo, me senté en el piso con la espalda contra la puerta.

Veinte minutos después, tal vez veinticinco, escuché las sirenas.

Al día siguiente me enteré, el niño de seis años había llamado al 911.

Tres días después del funeral fue que Don Rafael me paró en el pasillo, Don Rafael es un señor mayor, como de setenta años, que vive en el edificio desde antes de que yo naciera, siempre callado.

Me dijo —Necesito decirte algo, pero es entre nosotros —y yo asentí, él se quedó mirando al piso un rato largo y después me dijo sin mirarme. —Ella me tocó la puerta hace como dos meses, tenía el ojo morado, me dijo: Don Rafael, si algún día usted no me ve salir por dos días seguidos, por favor llame a la policía.

Se le empezaron a llenar los ojos de agua y continuó —Y una semana antes de... de eso... yo no la vi salir, ni un día ni al día siguiente, pero me dio miedo, me dije: Tal vez se fue donde la familia, tal vez estoy exagerando, tal vez si llamo me va a dar pena con ella —se limpió los ojos con el dorso de la mano —Al tercer día la vi salir, con lentes oscuros, cojeando un poquito, y me sentí aliviado, qué bueno que no llamé, pensé, dos semanas después estaba muerta.

Se quedó mirando al piso sin decir nada más, después respiró hondo y se fue sin mirarme, no nos hemos vuelto a hablar desde entonces.

Dos meses después un periodista publicó un reportaje largo sobre el caso y lo leí completo, cada palabra, el periodista entrevistó a la operadora del 911 que atendió la llamada del niño, ella recordaba la voz del niño, dijo que sonaba asustado pero trataba de hablar claro, que le preguntó dos veces si su mamá se iba a morir, que la primera vez ella le dijo que no, que la ayuda ya iba en camino, que la segunda vez no supo qué contestarle, que solo pudo decirle que se quedara en línea con ella, que el niño le pidió por favor que mandara ayuda rápido, que había mucha sangre, que estuvo en línea con él hasta que llegaron los paramédicos, casi cinco minutos.

El reportaje decía que cuando la operadora contaba la historia en la entrevista se le quebraba la voz, que tuvo que parar varias veces, que todavía piensa en esa llamada.

Según el reportaje el niño llamó a las 11:13 PM, veinte minutos después de que yo bajé las escaleras, veinte minutos, si yo hubiera llamado habrían llegado veinte minutos antes, ¿habría cambiado algo?, no lo sé, el reportaje decía que ella murió como a las seis de la mañana en el hospital, por pérdida masiva de sangre, por trauma múltiple.

Tal vez veinte minutos no habrían cambiado nada, o tal vez sí, y nunca lo voy a saber, y eso es lo que no me deja dormir.

Mi novia me dejó como a los dos meses de todo eso, no directamente por esto, pero sí por esto, le había contado una noche que estábamos bebiendo, supongo que necesitaba sacarlo, que llevaba dos meses cargándolo solo y me estaba ahogando, le dije todo, el jadeo, el charco, el teléfono, los tres números que no marqué.

Ella se quedó callada un rato largo, demasiado largo, después agarró su cartera y me dijo —Necesito irme —le pregunté —¿Estás molesta? —y me contestó —No sé qué estoy, necesito... no sé, pensar.

Esa fue la última vez que la vi en persona, después me mandó un mensaje que decía "No puedo, lo siento, no es solo eso pero tampoco puedo mentir y decir que no es eso, no puedo verte igual, lo siento".

La entiendo, yo tampoco puedo verme igual.

Me mudé del edificio como a los tres meses porque no aguanté más pasar por esa puerta todos los días, pero mudarme no cambió nada, no podía dormir, cuando dormía, soñaba con el jadeo, me despertaba sudando, con el corazón acelerado, pensando que escuchaba "ayuda".

Una amiga me convenció de ir a terapia y la terapeuta me preguntó qué quería hacer con esto, con esta culpa, con este peso, no supe qué responder, me preguntó "¿Quieres que esto signifique algo?"

Tres meses después empecé a colaborar con la Línea Mujer, que es el *212, la línea de ayuda para víctimas de violencia de género en República Dominicana, no soy operador principal, esos son profesionales entrenados, con años de experiencia, yo apoyo, escucho, a veces tomo información básica cuando hay mucho volumen de llamadas, a veces solo estoy ahí cuando llega una llamada difícil y el operador necesita que alguien más esté escuchando.

Llevo seis meses colaborando, he escuchado decenas de llamadas, la mayoría son mujeres reportando violencia, algunas son vecinos o familiares preguntando qué hacer, he estado ahí cuando se activa protocolo de emergencia, cuando se manda policía inmediatamente, cuando llegamos a tiempo, y cuando no llegamos.

La gente cree que esto me hace sentir mejor, que de alguna manera "compensa", no compensa, cada vez que contesto una llamada, cada vez que ayudamos a alguien a tiempo, no borra la vez que yo no llamé, no trae a Yami de vuelta, no le devuelve la mamá a ese niño, solo hace que la cuenta sea un poco menos desbalanceada, un poco.

Pero la culpa sigue ahí, cada noche, cada vez que cierro los ojos, el jadeo, el "ayuda", los tres números que no marqué, trabajo en la línea no porque me cura, trabajo porque no hacer nada me hace sentir peor, es lo único que puedo hacer ahora, lo único que me queda.

La gente no llama por las razones que uno cree, no llaman porque no sepan que hay un problema, llaman porque no saben si tienen derecho a llamar, he escuchado estas preguntas docenas de veces: "Es mi esposo, ¿tengo derecho a denunciarlo?", "Solo me empujó, no me golpeó con el puño cerrado, ¿eso cuenta como violencia?", "Él me mantiene a mí y a los niños, si lo denuncio, ¿de qué vamos a comer?", “Ya llamé dos veces antes y la policía no hizo nada, ¿tiene sentido llamar de nuevo?”

Y los vecinos, los vecinos son casi peores, "No estoy seguro si es violencia o una discusión normal", "No quiero meterme en problemas", "¿Y si es una falsa alarma?", "Ya alguien debe haber llamado", todas las excusas que yo me di, las escucho todos los días en la línea.

Hace dos semanas atendí una llamada de un hombre mayor que decía que escuchaba a su vecina gritar, que sonaban golpes contra la pared, le hice las preguntas del protocolo y activamos emergencia, llegó la policía, resulta que la vecina estaba viendo una serie de terror, gritaba porque tenía miedo de la serie.

El hombre que llamó se sintió terrible, me dijo "Qué pena, hice que mandaran policía por nada, les hice perder el tiempo", le dije "Usted hizo lo correcto, preferimos mil falsas alarmas que una emergencia real donde nadie llamó, no se disculpe, usted hizo exactamente lo que tenía que hacer".

No sé si le ayudó, pero es lo que me hubiera gustado escuchar a mí, esa noche de julio cuando la operadora me regañó por llamar, o esa noche de octubre cuando tenía el teléfono en la mano y no marqué.

Cada vez que alguien me dice en la línea "no estoy seguro si debo llamar", les digo lo mismo: "Si tienes duda suficiente para levantar el teléfono y marcar este número, entonces sí debes llamar, la duda es la respuesta", ojalá alguien me hubiera dicho eso a mí.

La gente cree que el problema es que no hay leyes, hay leyes, Ley 24-97 contra la violencia intrafamiliar y de género, existe desde 1997, Ley 88-03 sobre creación de refugios, existe, Protocolo de actuación policial en casos de violencia de género, existe, está escrito, el problema no es la ley, el problema es el policía que llega, toca la puerta, le pregunta al agresor "¿todo bien?" y cuando él dice "sí" se va sin más, el problema es el fiscal que archiva la denuncia porque "ella la retiró" sin investigar por qué, el problema es el juez que da medida de alejamiento pero nadie verifica si se cumple, el problema es la operadora del 911 que te hace sentir que estás exagerando, que estás molestando, el problema somos todos, yo incluido, especialmente yo.

En República Dominicana cada año se registran más de 60,000 denuncias de violencia intrafamiliar, solo el 12% termina en condena, cada 48 horas muere una mujer por violencia de género, este año hasta noviembre van 71 feminicidios, setenta y una mujeres, setenta y un nombres, setenta y una familias destruidas.

Pero lo que las cifras no dicen es esto: en el 87% de los casos había denuncias previas que no fueron atendidas adecuadamente, en el 92% de los casos vecinos o familiares sabían lo que estaba pasando, en el 68% de los casos alguien escuchó o vio algo la noche del crimen y no hizo nada, no porque sean malas personas, sino porque tuvieron miedo, porque no estaban seguros, porque alguien los hizo sentir que estaban exagerando, porque pensaron que no era su problema, porque pensaron que ya alguien habría llamado, como yo.

Si estás leyendo esto y alguna vez escuchaste a un vecino gritar, y te dijiste "no es mi problema", y te dijiste "ya alguien habrá llamado", y te dijiste "tal vez es solo una discusión fuerte", yo era tú, y ahora tengo que vivir con esto: con el jadeo que todavía escucho cuando todo está en silencio, con el "ayuda" que no respondí, con los tres números que estaban en mi pantalla y no marqué, con un niño de seis años que fue más valiente que yo, con saber que tal vez veinte minutos habrían cambiado algo, o tal vez no, pero nunca lo voy a saber.

No seas yo, por favor, no seas yo.

Si escuchas algo, lo que sea, gritos, golpes, llanto que no para, silencio sospechoso después de ruido, marca 911, no tienes que estar 100% seguro, no tienes que ver la agresión directamente, no tienes que conocer a la persona, solo tienes que escuchar algo que te hizo levantar el teléfono, eso es suficiente.

Di "Estoy escuchando gritos y golpes en [dirección o apartamento], creo que hay violencia doméstica", la operadora va a preguntar si viste algo, dile la verdad: "No, pero se escucha [describe lo que escuchas: golpes, gritos, niños llorando, lo que sea]", van a mandar una unidad.

Tal vez no pasa nada, tal vez era una discusión fuerte, tal vez te vas a sentir como un idiota, pero tal vez no, tal vez acabas de salvar una vida.

Y si la operadora te hace sentir que estás exagerando, que estás molestando, que no deberías llamar, llama de todas formas, insiste, di "Necesito que manden una unidad, algo no está bien", no dejes que nadie te haga sentir que no tienes derecho a llamar.

Y si eres la víctima, Línea Mujer *212, desde cualquier celular, gratis, 24 horas, 7 días, WhatsApp 809-707-7212, Procuraduría General 809-200-7212, o marca 911.

No importa si ya llamaste antes y no pasó nada, llama de nuevo, y de nuevo, y de nuevo, hasta que alguien haga algo, porque tu vida vale más que tu miedo, porque tus hijos merecen crecer contigo, porque hay gente como yo que ahora trabajamos en estas líneas esperando tu llamada, para hacer lo que no hice por ella.

Pienso en ese niño todos los días, no sé cómo se llama, la prensa no publicó su nombre, no sé dónde está ahora, si está con la abuela en Santiago, si volvió al sector, pero pienso en él, tiene ocho años ahora, o tal vez siete todavía, va a la escuela, tal vez juega pelota con otros niños en el recreo, tiene que explicar por qué vive con la abuela, va a crecer sin su mamá, tal vez ya no la recuerda bien, su hermanito definitivamente no la recuerda, tenía tres o cuatro años.

Él hizo lo que yo no hice, con seis años, llamó, le pidió ayuda a una extraña por teléfono mientras su mamá se moría en el piso, estuvo en línea casi cinco minutos, le preguntó a la operadora si su mamá se iba a morir, y va a cargar esa noche el resto de su vida, como yo, pero él llamó, y yo no.

No pasa un día sin que piense en esa noche, en el sonido del jadeo, en los tres números en la pantalla de mi celular brillando verde, en el botón de llamar que no presioné, no pasa un día sin que me pregunte: ¿Y si hubiera llamado?, ¿Y si hubiera subido y tocado la puerta?, ¿Y si hubiera gritado?, ¿Habría llegado veinte minutos antes?, ¿Esos veinte minutos habrían cambiado algo?

No lo sé, nunca lo voy a saber, y esa duda me va a perseguir hasta el día que me muera.

Pero lo que sí sé es esto: que ahora, cada vez que suena el teléfono en la línea, yo contesto, y cuando alguien me dice "no estoy seguro si debo llamar", yo le digo: llama, siempre llama, porque es mejor ser la persona que llamó cien veces sin razón que ser yo, que no llamó la única vez que importaba.

911, tres números, diez segundos, una vida, los que yo no marqué, los que tú sí puedes marcar, ahora, antes de que sea tarde.

 

En República Dominicana muere una mujer cada 48 horas por violencia de género, pero el 92% de esos casos tenían testigos, vecinos que escucharon, familiares que vieron, personas que pudieron llamar y no llamaron, personas como yo, personas como tú, no seas testigo silencioso, sé quien marca los números, sé quien hace la llamada, antes de que sea demasiado tarde.

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Los tres números que pueden cambiar todo, los tres números que yo no marqué, los tres números que ese niño de seis años sí marcó, márcalos tú.

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