Agosto sin sol

Reseñas generales

Era marzo cuando decidimos aceptar la arriesgada propuesta de mi mejor amigo. Necesitaba ocupar la casa de abajo, la que le pertenecía a su familia y que su loca madre había vendido a estafadores. La ocupación era parte de una estrategia que —esperábamos— podría funcionar. Y junto con eso, yo había planeado, con amor, cambiar el rumbo de mi vida y de mis hijas.

Tenía nada… y a la vez, mucho que perder. Venirme a la capital era un desafío que podía salir mal o bien. No había intermedio.

Todo funcionó, más o menos, según el plan. Las oportunidades de trabajar en lo que tanto quería empezaban a concretarse. La escuela nueva de mis hijas era muchísimo mejor, y de a poco, la mayor de ellas se fue enamorando del lugar: un barrio tranquilo, lindo, lleno de gente linda, en el que yo misma había crecido. Mi mejor amigo vivía arriba, y todas las noches nos juntábamos a trabajar en nuestro proyecto de cortometrajes. Todo parecía salir bien.

Pero son esos momentos —los de calma, los de paz— los que ahora entiendo como los preludios de mis ataques de pánico. Porque la oscuridad siempre estuvo allí, acechando. Nunca la vi venir. Me tomó de sorpresa.

Esteban sufría depresión, además de mil afecciones físicas como artritis, que lo tenían de mal en peor. Nuestras juntadas nocturnas pasaron a ser prácticamente todo el día. Subía a ver si había desayunado, si había almorzado, si necesitaba compañía. Mirábamos películas, trataba de distraerlo, y finalmente logré convencerlo de que retomara la terapia psiquiátrica.

Era agosto. Recién había empezado con su tratamiento de pastillas antidepresivas, pero seguía empeorando. El sol ya no entraba en su cuarto. Ya no salía. Y se vivía despidiendo con chistes no graciosos, aunque mi humor —reconozco— también es bastante negro.

Nunca faltaba oportunidad para decirle lo mucho que lo amaba, lo mucho que admiraba su genialidad.

Era agosto, y conseguí una entrevista para nuestro proyecto de productora. Esa mañana subí y le dije que volvería tarde. No noté nada extraño en su mirada. No vi su tristeza. Estaba… demasiado tranquilo. Solo noté la limpieza impecable, la mesa corrida de lugar. Pensé que vendría su novia. Por eso el cambio.

Era agosto. Un día hermoso. Pasé a buscar a mi hija por la escuela y nos fuimos caminando, riéndonos de lo maravilloso que había sido todo: la entrevista había salido perfecta. Todo estaba bien.

A medida que nos acercábamos a casa, vimos salir un policía. Luego otro. Y otro más. Llegamos, y uno bajaba de la casa de arriba. Al lado de Esteban vivía otra persona, que descendía detrás del oficial.

—¿Hola? ¿Sucede algo? —pregunté.

—¿Usted es familiar? —me dijo el policía.

Ahí, el hombre detrás de él me dijo, sin rodeos:

—Esteban se quitó la vida.

No tuve tiempo de taparle los oídos a mi hija. Y juro que, al escribir esto, se me caen las lágrimas otra vez. Es volver y volver a sentir ese golpe en el pecho al escuchar esa frase.

Tiré mi cartera y subí. Tengo recuerdos borrosos: gritos, la puerta cerrada, que no me dejaban pasar. Llegaron nuestros amigos. El que lo encontró colgado de un cinturón. Maldita sea… ¡no me esperó! Le dije que me esperara.

Aun entendiendo, con el tiempo, lo que debió haber sufrido para tomar semejante decisión… sigo sin entenderlo. Me sigo preguntando: ¿por qué?

¿Qué pasó con la casa? La recuperamos. Él lo había dejado todo armado. Ya tenía todo planeado. Y me quería acá. Me eligió para que yo peleara por la herencia de sus hijos —una niña y un niño—.

No hubo tiempo de hacer duelo. Nos unimos con su exmujer para dar batalla a la violencia con la que los estafadores atacaron. Pero ganamos la parte legal.

Sin dormir. Sin descansar ni diez minutos. Dando la pelea que él ya no podía —ni pudo— dar.

Agosto fue un mes en el que el sol se escondió. El pánico y la tristeza me invadieron. Pero el amor ganó. Los amigos fueron leales. Y en medio de la tragedia más oscura, descubrí la fuerza que llevo dentro.

Pasaron los días, los meses, los silencios más largos. La casa que una vez fue escenario de planes y risas ahora guarda ecos de preguntas sin respuesta. Pero también alberga algo más: la determinación silenciosa de una mujer que juró no rendirse.

Pelear por sus hijos fue pelear por Esteban. Defender la casa fue defender su legado. Y mientras los estafadores retrocedían ante la fuerza de una madre que ya no tenía nada que perder —porque ya había perdido lo más valioso—, algo comenzó a renacer en mí.

Hubo noches en las que el pánico volvió con la misma intensidad que aquel primer grito en la escalera. Pero también hubo mañanas en las que mi hija mayor, con sus ojos aún marcados por aquella tarde, me tomaba de la mano y me decía:
—Mamá, hoy quiero ir al parque. El que Esteban me enseñó a amar.

Y allí estaba. En el barrio tranquilo, entre árboles que crecieron con nosotros, en el mismo lugar donde un amigo brillante se apagó, también floreció la semilla de una mujer que aprendió a cargar el dolor sin quebrarse.

El proyecto de cortometrajes nunca murió. Al contrario: se convirtió en su testamento. En cada guion, en cada toma, en cada palabra que escribo desde entonces, están su mirada, su humor negro, su genialidad. Y está también mi promesa: que su historia —y la nuestra— no quede en el olvido.

Agosto no volvió a tener sol. Pero aprendí que no necesito que el sol entre para saber que sigo viva. Porque el amor que nos unió a Esteban no terminó con su partida. Solo cambió de forma.

Y ahora, en cada batalla ganada, en cada logro de sus hijos, en cada paso que doy con mis hijas a mi lado… él sigue aquí.

No me esperó.
Pero me dejó una misión.
Y yo, desde el dolor y la lealtad, la cumpliré con todo el fuego que me queda.

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