Génesis del buey

Reseñas generales

Muere un buey, pero de él nace un enjambre de abejas

 

Es extraño, porque todo depende al fin y al cabo de todas esa infinidad de cosas que subyacen en uno, y convergen (odio esta palabra, no me gusta su sonido) en cómo vemos el mundo. Esa manera de ver el mundo, nuestra cosmovisión, es tan mutante como nosotros. Si no lo fuera, si esa visión fuera excesivamente rígida y sólida, algo estaría dañado. Probablemente esta sentencia sea tendenciosa, pero convengamos que si alguien no se permite cambiar a lo largo de su vida, especialmente desde el ingreso a la adultez (para convenir un punto de inicio de esta verdad barata) hasta su muerte, esa persona padecerá un sufrimiento. Conozco un caso que ejemplifirará bien mi intenso veredicto. Un conocido mío pegó el estirón como todo adolescente justo cuando había sufrido una fractura y llevaba puesto un yeso en toda la pierna. Además del dolor, uno de los pies creció y el otro se vio retenido. Desde entonces, su pie izquierdo demandaba un tamaño de zapato, y el derecho otro.  Mi pésima pero ilustrativa analogía de la cual ahora estoy avergonzado, que incluso podría borrar de este artículo pero voy a dejarla por respeto al logro de mi memoria de recordar a aquel remoto conocido, pretende decir que las consecuencias de no permitirse cambiar implican indefectiblemente un dolor vital. Entonces, y para no dar más vueltas, en mayor o menor medida y más aún cuando dejamos que nos conduzca, todo lo que nos sucede a lo largo de la vida puede potencialmente redefinirnos. Y aquello que más nos vuelve únicos, son nuestros traumas y nuestras crisis. 

El primer largometraje del realizador griego Yorgos Lanthimos es en el año 2001, se llama Mi mejor amigo, y lo codirigió con Lakis Lazopoulos. Previo a su explosivo ingreso a la gran industria de Hollywood y al cine mainstream, a su ópera prima antes mencionada le siguieron Kinetta (2005), Canino (2009) y Alpes (2011).  Sin entrar en lo profundo de las arenas movedizas en las que sin duda alguna me hundiría y moriría ahogado, contaré lo que sé como si se encontraran con un viejo borracho en el fondo de un bar que no deja de hablar y balbucea datos. Entre varios motivos cuyos enormes titulares son la adopción del Euro y los monumentales gastos por las Olimpíadas del año 2004, Grecia cae en una letal crisis económica y por ende social que duró aproximadamente unos quince años (entre su paulatina cocción y su formal conclusión en el 2018). Entre el 2009 y el 2012 aconteció el fondo absoluto y la consecuente revolución social. Yorgos es un director de cine cuyos inicios coinciden plenamente con la crisis de su país. Los latinos entendemos perfectamente lo que es una crisis política y social, y por ende también como afecta (entre todos los rubros) al arte. La cultura es siempre uno de los primeros rubros recortados y erroneamente considerados prescindibles. Las dificultades entonces para el artista se vuelven objetivas, y como si fuera una pandemia, la crisis deja a la gran mayoría debajo del agua. En pocas palabras, el artista termina dedicándose a otra cosa para poder llevar el pan a su hogar, y entonces probablemente nunca más pueda dedicarse a aquello que había elegido como profesión anteriormente. Sin embargo, están aquellos que las indomables e insondables circunstancias de la vida les permite perseverar en el camino. Que, incluso, convierten aquello que los limita, en un gesto diferencial y poderoso. Yorgos fue uno de ellos. Filmó con lo que pudo y donde pudo, en pocas locaciones con un equipo reducido, comprendiendo así el inevitable poder impetuoso del guion y los intérpretes, y pegó su primer terminante grito con Canino al ganar"Un certain Regard" en el año 2009 en el Festival de Cannes y recibir la nominación a “Mejor Película Extranjera” en los Oscar 2011. Catorce años despúes, ya con el mundo y la gran industria a sus pies sin nunca haber traicionado su estilo, en noviembre del año 2025 estrena su última película: Bugonia. El nombre remite al antiguo mito del nacimiento de insectos, especialmente abejas, del cuerpo inerte de un buey sacrificado. La vida que surge de aquello que cumplió su ciclo. El comienzo que se precipita tras un final. La oportunidad que nace en la crisis. 

 


Dos jóvenes, Teddy y Don, primos entre sí, viven en un pueblo de Estados Unidos, en una casa bastante venida a menos. Se están preparando para algo que ellos consideran enorme. Teddy, el que mantiene el hogar y el que tiene más influencia sobre el otro, está convencido de que una empresaria muy poderosa llamada Michelle (de esas que salen en revistas, que hablan del futuro, la tecnología y el progreso) no es lo que aparenta. Está convencida de que ella es una alienígena infiltrada en nuestro planeta. Alguien que se hace pasar por humana y que llegó a lo más alto de la pirámide social para destruir la Tierra. Al mundo lo manejan siempre los mismos, que a su vez siempre tienen el pie sobre el cuello del resto de la población. La única manera de cambiar el orden de las cosas según Teddy, es secuestrar a Michelle y pedirle a la nave nodriza una entrevista con el presunto Emperador. 


Si no tuvieron la oportunidad de ver la filmografía de Lanthimos, se los recomiendo con una mano en el alma. La fascinación de la gran industria de Hollywood por él y por su cine, es una afortunada excepción a la regla. Sin embargo, los últimos años, las inesperadas vueltas del mercado han intentando absorver a los autores independientes y llevarlos a sus huestes. Y lo inesperado no es que una industria se quiere llevar a los grandes talentos, sino que en algunos casos, les permiten mantener su estilo. Con concecesiones, definiendo un target y un espectador hipotético más tradicional, pero permitiéndoles usar su estilo al servicio del mercado audiovisual (y todo el sistema mercantil que moviliza la industria audiovisual por fuera de la misma). 

Hay personas que ven el aspecto negativo de este hecho. Creen que el artista se vende, y que entonces pierde definitivamente su diferencial y sus valores. Hay personas que directamente no lo ven y probablemente no sepan de esta conversión maldita, porque no todo el mundo desea saber acerca del camino de los artistas. Que de hecho asocian la popularidad al éxito profesional, y que si algo está en una plataforma es porque entonces ese algo, esa obra y el o la responsable detrás, triunfó. E incluso, hay personas que depende el día ven la mitad del vaso vacío, o la mitad del vaso lleno. Yo soy este último caso. A veces me concentro en el veneno de las plataformas y el cine hecho con fórmulas e inteligencia artificial, y a veces veo el beneficio de que ciertas voces accedan al mainstream. En el caso de Yorgos, a quien no considero en lo absoluto como un traidor de su propia esencia, creo que su presencia en la Gran Industria es sumamente beneficiosa.

Bugonia trabaja perfectamente como un sencillo y comprensible relato, y como un contenedor de varias alegorías acerca del mundo actual (y las creencias en torno al mundo moderno) que es necesario que sean dichas. Lo que se cuenta en su trama central cumple perfectamente con todas las reglas de un relato clásico. A nivel narrativo y estructural, desde que Yorgos ingresó a las enormes producciones de la industria, sus relatos tienden a ser más tradicionales. La extrañeza radica en los conflictos de los personajes y sus respectivas tramas, en la naturaleza de esos personajes, y en la dirección de actores. El elenco entero y especialmente el trío de coprotagonistas (Emma Stone, Jesse Plemons y Aidan Delbis) sostienen y hacen trascender la película. Sus personajes son bellos, horribles, hipnóticos, amables, odiosos. Y lo que más importa es que como espectadores desearemos acompañarlos a lo largo de esta patética y trágica travesía, constantemente descolocados por las mutantes sensaciones que tendremos sobre ellos. Pese a que no es ninguna sorpresa que un actor de este calibre vuelva a brillar, debo sentenciar con gusto que el trabajo de Plemons es apotéosico y lleva la actuación a un nivel que amerita volverse caso de estudio y observación para el resto de los profesionales.

 

La belleza de las decisiones en la dirección de actores, siempre presentes como un gesto diferencial en Lanthimos, no deja nunca de sorprender. Es decir, no sorprende su constante calidad y delicada fineza, pero no deja nunca de deslumbrar lo que consigue dirigiendo a sus actores. El espectador, aún siendo compleja Bugonia y toda su filmografía, es dueño de la información del relato. Lo comprende inmediatamente, o tarde o temprano, lo podrá comprender. Pero el cómo de esa información, abordado desde lo estético y esencialmente desde las interpretaciones, está siempre un paso adelante nuestro. Es impredecible, precioso e indescifrable. En Bugonia, la elección del punto de vista desde el que es narrado el relato e incluso la paulatina modificación de ese punto de vista, trabaja sobre al menos dos planos. En un punto, trabaja sobre la expectativa del espectador y las hipótesis que desarrolla acerca de lo que ve. Es decir, con un tono de tensionante thriller. Y en el otro, permite y potencia la premisa de la película. Nos espeja a nosotros los testigos y nos obliga a observarnos: ¿qué pensamos acerca de aquellos que ven las cosas de una manera radicalmente opuesta a nosotros? ¿Qué juicio tenemos sobre aquellos que se atreven a señalar las injusticias del sistema en el que vivimos? ¿Y los que consideramos psiquiátricos o con problemas de salud mental? ¿Cuánto hay de verdad en el discurso de aquel al que el sistema pisoteó y dejó destruido contra el suelo? ¿Cuánto esfuerzo hacemos para vivir esta vida sin prestar atención a aquello que está mal? 

El ciclo de la vida, hagamos lo que hagamos, sigue su curso. Todo tiene sus consecuencias, y nos guste o no, debajo del final de las cosas, de la propia muerte, unos segundos después, habrá un zumbido. 

Chesi

 

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