EL OJO QUE ARDÍA
Reseñas generalesA veces una película te golpea de una manera que no es solo por lo que cuenta, sino por el ruido que genera a su alrededor. O, mejor dicho, por el silencio. Ese silencio denso, cargado, que antecede al estallido. Eso fue "Civil War" de Alex Garland para mí: una cápsula de tiempo lanzada al corazón de nuestro presente más ansioso, un artefacto cinematográfico tan perfecto como incómodo. La vi desde acá, desde Buenos Aires, con la mirada de quien desarma películas por oficio y por vicio, y me dejó con una sensación rara, como de haber estado en un lugar donde no se respira bien.
Garland, desde el minuto cero, tiró una declaración que sonaba a provocación. “No es una película política”, dijo. Y claro, todos –sobre todo la crítica yanqui– se le tiraron encima. ¿Cómo vas a hacer una película sobre una segunda guerra civil en Estados Unidos y decir que no es política? Pero ahí está el primer gesto de inteligencia, o de perversión, que es lo mismo a veces. Al unir a Texas y California, dos polos opuestos en el imaginario gringo, en una misma fuerza secesionista, desarma el piloto automático. Te saca el cartelito de “buenos” y “malos” que tanto nos facilita la vida. No te da un enemigo claro, ni una causa noble. Te da un hecho, crudo y duro: el país se está matando. Y en medio de ese paisaje en llamas, pone a un puñado de personas en una combi, atravesando el infierno con un objetivo que parece casi ridículo: llegar a Washington para hacer una entrevista. No para salvar al mundo. Para hacer su trabajo. Ese es el motor, seco y lógico, que a mí me voló la cabeza. En un mundo que te exige un posicionamiento constante, un hashtag, una bandera, Garland filma a unos tipos cuya única ideología, frágil y gastada hasta los huesos, es la de observar. “No me digas de qué lado estás, sólo decime qué lado queda”, suelta uno en un momento que te corta la respiración. Esa frase podría ser el epitafio de toda una época.
Kirsten Dunst, en el papel de su carrera, lleva esa carga en los ojos. Tiene la mirada de alguien que ha archivado demasiadas atrocidades en la memoria y ya no sabe, o no quiere, sentir nada. No es frialdad; es el instinto de supervivencia de quien sabe que si se emociona, se muere. Y al lado, la piba, Cailee Spaeny, con esa avidez que es igual a la del espectador: la de creer que hay un sentido, la de querer verlo todo, la de apretar un botón (en su caso, el obturador) con la convicción ingenua de que estás capturando la verdad. La película es, en el fondo, el viaje de ese relevo envenenado. ¿Qué le heredás al que viene? ¿El conocimiento, la experiencia, o solo el trauma y la paranoia de haber visto demasiado?
Acá es donde mi costado de cinéfilo y el de estudioso del cine empiezan a enredarse. Porque técnicamente, "Civil War" es una obra de una precisión brutal, casi insultante. No es la guerra de "Salvar al soldado Ryan", con su épica coreografiada y su heroísmo doloroso. Esto es otra cosa. Es más sucio, más cercano a la sensación física de peligro. El sonido. Por Dios, el sonido. Debería estudiarse en todas las escuelas de cine. Los disparos no suenan a "pum" de película; suenan a un chasquido seco, metálico, que te atraviesa el diafragma. A veces, con esos silenciadores, es un susurro siniestro en medio de una calma absoluta. Garland y su fotógrafo, Rob Hardy, eligen el estilo documental no por moda, sino por pura ética sensorial. La cámara no es un dios que todo lo ve; es otro cuerpo más en ese auto, jadeando, asustado, manchado de polvo. Hay una escena, en un campo… no quiero spoilear nada, pero es de una belleza y una tensión antagónicas que te dejan la boca seca. La luz del sol, un paisaje que parece sacado de un cuadro, y la muerte acechando de la manera más impersonal y aleatoria. Ahí el cine deja de ser espectáculo y se convierte en fisiología pura: sentís el nudo en la garganta, el instinto de agacharte.
Y sin embargo, el que da vueltas a las teorías, el que lee a Bazin y piensa en montajes, se pregunta: ¿hasta dónde llega esta apuesta? Porque al negarse a dar contexto, al construir su historia como una serie de postales de un infierno americano, Garland corre un riesgo enorme: el de la vacuidad. Varios críticos importantes se lo recriminaron. “Cobarde”, dijeron. “Una elusión gigante”. ¿Es válido mostrar el colapso sin analizar sus causas? ¿No es eso, en el fondo, un posicionamiento político en sí mismo, pero de los más cínicos? Yo lo pensé mucho, dándole vueltas en la vereda de un café. Y creo que la respuesta no está en el celuloide, sino en la butaca. "Civil War" funciona como un espejo Rorschach. El que busca un panfleto, de izquierda o de derecha, se va a ir frustrado y dando portazos. El que busque un thriller de acción pura, probablemente se traume y salga temblando. La película le habla directo al cinéfilo que valora el oficio por encima del mensaje, al que entiende que la forma es el fondo. A nosotros, los que nos gusta ver cómo están hechas las cosas.
Los actores lo entendieron perfecto. Dunst habló del "entumecimiento" de su personaje, de esa coraza. Wagner Moura le puso el cuerpo a esa obsesión enfermiza por llegar, esa mezcla de vocación y vicio autodestructivo. Pero el que se lleva una escena entera –y ya es un ícono del cine del año– es Jesse Plemons. Aparece poco, pero cuando lo hace, te congela la sangre. No es un villano grandilocuente; es el tipo siniestro que podría vivir en la casa de al lado, con una lógica de hierro que justifica cualquier barbaridad. Es el rostro de la normalidad que se pudrió por dentro. Ese monólogo suyo… bueno, mejor lo ven. Es de esas cosas que después no podés sacarte de la cabeza, que te cambian la forma de ver a un actor.
Y claro, no se puede hablar de esto sin mirar el fenómeno desde afuera, como espectadores del espectáculo que es Hollywood. "Civil War" era la apuesta más cara de A24, un sello que nosotros, los ratones de cineclub, veneramos por su gusto exquisito y arriesgado. Poner 50 millones de dólares en una película así, tan ácida, tan sin concesiones, y sin un superhéroe o una franquicia detrás… era una locura. O un golpe de genialidad marketinera. La campaña, con esa bandera yanqui hecha jirones, era una provocación calculada al milímetro. Y funcionó. La gente fue, en masa. Recaudó el doble. Eso le mandó un mensaje clarísimo a la industria: el público tiene hambre, una hambruna, de cine para adultos, de ideas fuertes, de experiencias en la pantalla grande que no vengan pre-digeridas. Fue un balde de agua fría y un rayo de esperanza al mismo tiempo.
Pero, y siempre hay un pero, Hollywood premia lo que entiende, y lo que no le da miedo. Por eso, en la carrera de los Oscar, "Civil War" quedó relegada a las categorías técnicas –sonido, edición de sonido, quizás fotografía–, que se las merece con creces. El núcleo duro, Mejor Película o Guión, le va a esquivar. Es demasiado incómoda, demasiado ambigua. No tiene un mensaje que se pueda poner en un spot o en un discurso de agradecimiento. Su advertencia es muda, y a la industria le gusta el ruido que puede vender.
Al final, mi reflexión más personal viene de juntar todos estos cables sueltos: la técnica magistral, la recepción cultural, el zumbido que me quedó dando vueltas. "Civil War" ya se está enseñando en universidades de cine. No como ejemplo de guión, sino de sonido, de fotografía documental, de cómo construir tensión con el aire. Se debate en clases de ética: ¿su neutralidad es una virtud o una complicidad? En mi propia cabeza, la película resuena de una manera extrañamente local. Acá, en Argentina, vivimos en una grieta constante, en un estado de guerra fría civil que a veces estalla en las redes o en la mesa familiar. No tenemos francotiradores en las rutas (gracias a lo que sea), pero tenemos relatos tan enfrentados que parecen habitar países distintos. Ver esta película yanqui, sobre su propio colapso hipotético, me hizo pensar en nuestro ruido, en nuestras certezas a gritos.
Garland, en su laberinto intelectual inglés, quizás sin querer, hizo la película más pertinente para este tiempo global de gritos y sordera. No nos dice quién tiene razón. Nos muestra el paisaje desolado que queda cuando la razón ya se perdió en la trinchera. Nos recuerda, con una belleza aterradora, el valor áspero y solitario de mirar, aunque mirar duela, aunque mirar no sirva para nada en el instante. En un mundo lleno de gente gritando su verdad absoluta, "Civil War" es un elogio largo, triste y perfectamente filmado del silencio atento. Del ojo que, contra todo instinto, se mantiene abierto detrás del visor, tratando de que el pulso no le arruine el encuadre del desastre. Y en esa sola imagen, hay más verdad –y más advertencia– que en todos los discursos políticos juntos. Es la película que, tal vez, no queríamos ver, pero que necesitábamos que alguien tuviera el coraje de hacer. Para recordarnos, en el fragor de nuestras propias batallas culturales de living y de Twitter, lo frágil que es todo, y lo importante que es, a veces, callarse y observar. Aunque lo que veas te queme por dentro.


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