Lugares Oscuros
Reseñas generales
Siempre me he considerado un hombre con demasiada curiosidad. No diré que dicha característica me haya llevado por derroteros prohibidos, pero ciertamente ha marcado una gran parte de mi vida y de mis decisiones, provocando experiencias que pudieran ser dignas de contar en una charla con amigos, frente a una docena de cervezas, o quizá alguna anécdota deliciosa de aquellas que pueden contarse en familia, y que lo hacen parecer a uno persona de mundo y experiencia.
La realidad es que esa curiosidad ha tomado un matiz más denso en los últimos meses. Llegó a un momento en el que no había nada más que lograra satisfacerla tanto como una creciente e insana afición por los lugares oscuros. Podía caminar de noche por cualquier calle o avenida, sin temor a los miedos más mundanos pero más reales de cualquier ciudad con una considerable densidad de población. Las luces de las avenidas me resultaban frías y algo vacías, hasta encontrarme con algún callejón donde los resplandores neón se desvanecían en la distancia. Entonces mi curiosidad me obligaba a detenerme, y a observar el fondo del callejón donde la oscuridad se transformaba en una espesa masa, no ausencia de luz, sino sustancia líquida. Sin darme cuenta mis pies comenzaban un lento avanzar hasta el umbral donde la luz apenas iluminaba el borde del callejón, y cuando la punta de mi zapato se posaba en la difusa línea entre luz y sombras, mi instinto de supervivencia se elevaba por encima de la obsesión, y me obligaba a retroceder mis pasos. Poco a poco la luz de la calle llenaba mis pensamientos, y descartaba el callejón oscuro como un peligro más de la ciudad, antes de enfilar el largo camino de vuelta a casa. Pero al dormir mis sueños regresaban a ese lugar, lo añoraban, deseaban con todas sus fuerzas fundirse con aquella sombra, y en aquellas ensoñaciones escuchaba el aliento de la oscuridad, elevándose y bajando como la respiración de algo antiguo e ignoto, poseedor de una forma distinta de vida.
La obsesión creció al punto que tuve que modificar mis rutas para evitar cualquier recoveco carente de iluminación urbana. Caminaba siempre enfocado en las luces, o pensando en el trabajo, o pensando en aquella chica que conocí en la cafeteria y cuyo teléfono tiré sin saber por qué. Sentía el frío del asfalto atravesando la suela de mis zapatos y confiaba en ellos para llevarme sano y salvo a casa, sólo para descubrir que incluso mis propios pies me engañaban. Abría los ojos después de un ligero trance de incredulidad al encontrarme con un nuevo umbral. Otro callejón, un túnel, escaleras que descendían a un inframundo desconocido. Y como la primera vez, luchaba contra la curiosidad hasta que estaba a un paso de introducirme en las tinieblas, luchando, no contra la necesidad de cruzar, sino contra mi instinto de supervivencia, descubriéndome buscando argumentos para anularlo y así entrar a ese dominio sin amo. Algunas veces ganó la razón, pero otras dependí de un transeúnte curioso y su mirada acusadora. No eran extraños que se preocuparan por mí, más bien eran gente que esperaba a ver si estaba haciendo algo ilegal, aunque ahora al pensarlo no con la intención de pararme, sino de convertirse en partícipes de ello.
Resolví regresar cada noche en taxi desde el trabajo. Tenía cuidado con las rutas, pues temía que si me encontraba con alguno de esos lugares oscuros, mi obsesión haría frenar al chofer antes de bajarme e ir corriendo al frío abrazo de las sombras. Y por un tiempo funcionó, hasta que conocí a Sofía. Por un tiempo fue la mujer más sencilla que hubiese conocido, divertida, excelente compañía y sorprendente en el arte de conversar. Salí con ella por dos meses, en los cuáles mi mente relegó la obsesión a los rincones oscuros para colocarlos en el sótano del pensamiento, ahí donde se guardan las memorias indeseables antes de sustituirlas por la bella e inocente Sofía. Y tal fue su magia que olvidé por completo mi fijación.
Una noche decidí llevarla al teatro. Por casi dos horas nos conmovimos con las actuaciones de tan maravillosos intérpretes y decidimos cerrar la cita con una taza de café. El restaurante poseía una terraza con una hermosa y luminosa perspectiva de la ciudad. Mirábamos un mar de estrellas sobre la Tierra que imitaba al mar de estrellas en el cielo, y recuerdo que aquel fue el beso más dulce que he recibido en más de treinta años de vida, reflejados, he de admitirlo, en las incipientes canas sobre mis sienes. Sofía decía que no le importaba. Era más joven, y sus acciones aún eran guiadas por el fuego de quien no teme a la vejez. Salimos del café y emprendimos el camino de vuelta a mi departamento. Caminábamos de la mano, inhalando el aire nocturno como un suave elixir que aún nos recordaba al humo del café, y nuestros pasos formaban un dulce eco que apenas se perdía en el sonido de los coches que aún circulaban por la ciudad. Me dejé intoxicar por su conversación, y dejé que sus pasos guiaran los míos. No me di cuenta de que el sonido del tráfico y de las multitudes se quedaba atrás, hasta que el silencio fue tan grande que podíamos escuchar el latir de nuestros corazones. El frío nos envolvió, y sentí una corriente helada que provenía del camino frente a nosotros. Al alzar la mirada, vi la entrada a un túnel solitario y abandonado en medio de un parque donde no había casi un alma, y cuyo alumbrado público se esforzaba por mantener a flote el raquítico resplandor de sus moribundos focos.
“¿Qué habrá ahí?”, preguntó Sofía, señalando la entrada. Todo el peso de mi obsesión regresó. Mi pecho se infló con la ansiedad de quien lucha contra un impulso fatal, mientras el sudor recorría mi frente helando todavía más la piel de mi rostro. “¿Qué tienes?” Quise contestar, pero ya mis pies estaban poseídos por la curiosidad, y avanzaban hacia la oscuridad. “¿Tú también quieres entrar?” Su pregunta me produjo un terror más profundo que la perspectiva de lo que se escondiera en el fondo del túnel, humano o no. Sofía sonreía con la ingenuidad de una niña, y con un gesto juguetón tiró de mí en dirección al túnel. Me resistí, luchando contra los músculos de mis piernas, aferrándome a la poca lucidez que pudiera existir en mi cabeza.
“¿No quieres saber lo que hay adentro?”
Quería, si quería, pero un instinto primitivo, herencia quizá de antepasados remotos, sabía lo qué encontraría ahí. Y deseaba verlo, con todas las fuerzas de mi voluntad deseaba verlo y huir de ese lugar al mismo tiempo. Cruzamos el umbral, y sentí las últimas hebras de luz esforzándose por mantenerme de su lado. Sofía tiraba con delicadeza de mi brazo. Había locura en su rostro, y hambre. Su piel se tornó pálida y un hilo de saliva corrió por la comisura de su labio mientras la sonrisa se ensanchaba más allá de lo que mi cordura estaba dispuesta a tolerar. Sus ojos se abrían al borde de lo indecible, y al no parpadear pude ver como la neblina de luz que se aferraba al borde de la oscuridad convertía su mirada en una expresión de ansia. Sus largas uñas rasgaban mi piel aún a través del abrigo, y la fuerza de sus dedos se unía a la fuerza invisible que me empujaba hasta el interior. El aliento que sintiera en sueños hace meses regresó, una profunda y lenta respiración de algo que aguardaba en el túnel, y entonces comprendí que aquello me había engullido ya, que el entumecimiento de mis miembros era la prueba de que había comenzado una lenta y agónica absorción de mis sentidos, al punto que mi mente empezó a girar. Lo que más me aterró es que lo disfrutaba; me deleitaba con la sensación de perderme en ese todo tan grande que me seducía a través de Sofía, la bella y terrible Sofía, al punto que me sentí embriagado de miedo y de éxtasis.
El instinto volvió. Se aferró a los últimos y delgados hilos de razón en mi mente. En ese momento temí que al voltear a la entrada del túnel, la vería cerrándose como las fauces de una terrible criatura. Encontré el último rastro de resistencia en mis pensamientos, arrancándolo a fuerza de voluntad, y logré zafarme de la mano de Sofía. Corrí sin mirar atrás, anhelando la luz, saboreándola, sintiendo como llenaba mis pulmones con un aire luminoso y fresco, el resplandor creciendo hasta llenarme con una cálida ceguera, y gritando mi nombre para liberarme de las fauces.
Tropecé al salir del túnel. Los faroles lastimaron mis ojos y el viento quemaba mi garganta, como si hubiese pasado años bajo tierra y al fin descubriera la libertad de la superficie. Todo el peso de la obsesión y de la curiosidad se habían esfumado. Sus garras ya no presionaban mi espalda ni mis hombros, y al ponerme de pie sentí una inusitada ligereza. Era el enfermo que recuerda como es la sensación de un hombre saludable tras pasar años de enfermedad. Me sentí vivo, y alegre de haber huido.
Miré de nuevo hacia el túnel, temiendo ver a Sofía extendiendo sus largos brazos en dirección a mi. Un vagabundo que pasaba cerca me observó con una mezcla de miedo y sorpresa, y quién no, si lo que tenía enfrente era a un hombre riendo a carcajadas como un maníaco cuando descubrió que el túnel y su oscura entrada habían desaparecido.




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