Relato triple

Reseñas generales

 

Esta no es una crónica a modo de refrito, donde se fusionan tres historias más o menos arbitrariamente para dar un relato multiplicado o ampliado a partir de las respectivas premisas, sino que intenta ampliarse el horizonte para dar cauce a una nueva perspectiva que, se aspira, resulte superadora. El lugar o el ámbito témporo-espacial, es un flamante transatlántico que se lanza, calmosamente, desde sus astilleros de origen en Irlanda, a surcar los océanos con destino a la tiara de América, a la ciudad de Nueva York, que lo espera, impasiblemente, desde su vigía de origen francés, la célebre estatua de la Libertad. El navío de lujo, hace su travesía inaugural, y su nombre evocativo destila una radiante pretensión, porque al ser bautizado Titanic, se aspira a que sea francamente indestructible. El enorme transatlántico está erizado de elementos refinados y de una sofisticación inconcebible, como lo demuestran –irrevocablemente- los muebles, la vajilla, hasta sus ascensores interiores y el atavío de sus ocasionales moradores, principalmente de la clase más encumbrada.

En ese portentoso navío viaja un hombre que ha sido varias veces caracterizado por la cinematografía y, en esta versión, lo vemos encarnado por Peter Ustinov, nos referimos al inefable investigador Hércules Poirot, el detective belga, salido de la prolífica pluma de Agatha Christie. El no está pasando allí unas rumbosas vacaciones ni efectuando un viaje de placer, sino que ha sido contratado. Hubo allí, entre los pasajeros de primera clase, y la historia no está vinculada directamente con el romance entre Rose y el personaje encarnado por Di Caprio, un hombre asesinado. Esa es una historia paralela, aun cuando se sospeche del millonario novio de Rose como el asesino de uno de los pasajeros. Pero no importa, él pese a su dudosa catadura, no es el responsable del crimen. Y Poirot, luego de una perspicaz indagación, está convencido de ello. En realidad, la autoría es plural, no cambiaré aquí el meridiano principal de la narración de Christie, sino que varios personajes -más o menos anónimos para nosotros- convergen en el transatlántico para llevar a cabo una venganza que, en la historia clásica –y sus versiones cinéfilas, en general bastante buenas- ocurre en el Orient Express. Lo malo de mi novedosa versión es que el ámbito vindicativo no es terrestre, sino acuático. Más malo aún para los vengadores, llamémosles así, es cuando se enteran que el esplendente barco va –directo- contra un inesperado iceberg, y las posibilidades de ser auxiliados por el Carphatia, presumiblemente, llegarán tres horas después del inevitable choque contra la mole de hielo. Que va a despedazar la embarcación. Peor todavía es saber que la desidia -o razones codiciosas- de los empresarios del Titanic importen una posibilidad de salvataje para solamente algo así como solamente una tercera parte de la numerosa tripulación, o tal vez menos. La única posibilidad de redención, es una figura siniestra prima facie, aterradora en verdad. Es que escondido en un enorme equipaje, va un personaje artificial salido del ingenio de un científico que, de intento, podríamos llamar loco. El monstruo fue creado por el inventor suizo Viktor Frankenstein. El artificioso espécimen, como sabemos tiene una fuerza descomunal. Buscando salvarse, Viktor lo hace funcionar, y moverse entre la tripulación, pero olvida un detalle capital. La bestia se la tiene jurada, sufrió mucho por su culpa. Mucho desprecio y desdén de la raza humana. Ninguna aceptación. Esa cuestión ha motivado a la bestia a vengarse de él, con lo cual, el ingenioso científico es agarrado por el cuello, y lanzado cual un arma arrojadiza fuera de la borda del transatlántico, bien lejos, contra los hielos eternos. Minutos después, se produce el monumental choque del barco, y el terror cunde entre los pasajeros. El astuto Hércules Poirot, como es un caballero, cede su lugar en el bote más próximo a una dama, pero concibe que, aquella bestia de frente amplia y mirada vacua, podría ayudarlo. Por primera vez, Frankenstein logra el destello de una mirada amistosa sobre él y sus buenos sentimientos tienen su única posibilidad de aflorar, después de ser enterrados tantas veces por la indiferencia ajena. Se siente un héroe, inclusive. Piensa que con su fuerza, obstáculos para los demás invencibles, en su caso son meros contratiempos y acicates para poner en evidencia su valor. No lo piensa dos veces, carga al obeso detective sobre sus hombros y se lanza al agua, no llega a hundirse dados su incomparable fuerza e instinto, y puede -por fin- aferrarse a uno de los picos de hielo donde esperará sin saberlo, pacientemente, la llegada del Carpathia.

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