Reminiscencia
Reseñas generalesSin demasiado esfuerzo, aquella noche húmeda de brisa fría, me vestí de Greench “intelectual”, cobijado por las paredes de una desordenada habitación, me dispuse a digerir la sensación de extrañeza emocional sumergiéndome en algunas páginas de la Historia Constitucional de Venezuela del escritor venezolano José Gil Fortoul; mientras tanto, apaciguaba el combate a muerte de mis pensamientos, escuchando un conjunto de obras de laúd de J. S. Bach; además, recargaba mi voluntad con una buena dosis de insomnio en la forma humeante de un café cerrero.
El sonido de las cuerdas del músico alemán me resultaba tan denso y misterioso como el vaivén del columpio que oscilaba en el laberíntico ambiente de mi cabeza, raro suceso que se alternaba en contradictoria conversación con El Tirano Aguirre y Bartolomé de Las Casas: a ratos no estaba muy seguro de estar el siglo XXI o encontrarme con Diego de Losada en la fundación de Caracas. Todavía más extraño resultaba todo cuando a lo lejos escuché, a través de un susurro del viento una vieja gaita de Maracaibo 15… “Debo estar loco” - Pensé. “Si acaso, comí cambur verde y arroz con mantequilla, y ahora la casa me huele a guiso”; eventualmente algún suave tintineo me recuerdó el cascabel del Expreso Polar y nuevamente oscilé entre ser el niño que esperaba un juguete y el adulto ocupado que no ve en Papá Noel otra cosa que una leyenda de un viejo barrigón que presuntamente se cuela por las chimeneas.
Tal vez mi percepción construyó en el tiempo, un rencor ante una realidad social en la cual un solo pan de jamón podía arrancarme sin más, alrededor de la mitad del pago de la semana: vivir la Navidad parece un lujo demasiado elitesco; si a eso agregaba el hecho de que mis familiares estaban fuera de mi país natal, evidentemente el contexto de mi mundo emocional se convertía en una batalla campal entre la rabia y la nostalgia… Aquella Navidad, la de la infancia, ya no era más que un vago recuerdo, una efímera exhalación de aliento de vida difuminada en el tiempo, la sombra del razonamiento del mi edad adulta había cubierto de soberbia, el brillante resplandor de los fuegos artificiales y el destello cálido de las luces intermitentes colocadas en el pequeño pesebre de la casa.
Se supone que había crecido, pero la barba y las responsabilidades no me habían servido de mucho, si considero que ahora, más que disfrutar plenamente el tránsito de la vida, me la pasaba creando inyecciones de dopamina para tratar de distraerme de una realidad lacerante y fría: frío sobre frío en el alma, como quien dice que llueve sobremojado, así sentía el espíritu, y no era precisamente un espíritu muy navideño, pues creo haber experimentado la misma sensación de ahogo de Juan Pablo Castel, aquel pintor recreado en la novela El Túnel, quien aún expresando su mundo emocional a través de la pintura seguía sintiéndose vacío, perdido en un mundo cruel y repleto de sinsentidos.
Tal vez porque la mirada al pasado revive la melancolía, tal vez porque inunda el presente con preguntas como "por qué no lo hice”, es probable que intentara con excesivas dificultades, tratar de generar una evasión de la Navidad; porque más allá de las emociones, es claro que la Navidad tiene una importante carga económica: los establecimientos comerciales colocan música para estimular a sus compradores, la reunión en familia amerita una inversión monetaria fuera del alcance de la mayoría de los ciudadanos y, en la dinámica propia de la sociedad, para muchos no queda tiempo para celebrar, porque incluso debe trabajarse 24 y 31 de diciembre. Me gustaría pensar como algunas persona que, diciembre es sólo otro mes del año, pero la verdad que me ha resultado difícil.
No obstante, la cultura y la tradición, han sido para mí (como para toda persona que vive en sociedad) dos factores decisivos en mi proceso de vida, así que, después de todo, pensé en el refrán: Al mal tiemp, buena cara… Antes de ver en Santa Claus a una figura fantasmal, prefierí pensar que en alguna parte de este mundo, un niño vivirá la más intensa curiosidad a la espera de su ansiado regalo; si he de pensar que la vida me haya podido ser ingrata, consideraré que fue por un error personal, más no por creer que acaso el mundo me deba algo. Así que, esa noche cerré el libro y apagué los auriculares y en mi silencio dejé pasar por mi mente un Padre Nuestro y un Ave María. “A fin de cuentas, sigo vivo” - Pensé, así que, ¿por qué perder la conexión con lo divino? Y a tal fin no se requieren cosas materiales: Padre Dios Todopoderoso, si ha de nacer un niño en un pesebre, que sea el niño interno que el Herodes del orgullo ha intentado matar en mí; si ha de haber una estrella que guíe a los pastores, que aparezca en un cielo nocturno tan hermoso que me haga dar gracias por la dicha de mis ojos; si he de esperar un regalo, que sea mi propio bienestar y el desarrollo de mi talento; si he de esperar a tres reyes magos, que se llamen constancia, voluntad y disciplina, si he de escribir una carta al Niño Jesús, que sea para decirle que estoy feliz y agradecido por todos los dulces que me comí a escondidas y no me descubrieron nunca; si he de pasar otra Navidad que no parezca Navidad, no perderé tiempo en pensar en lo que debería ser, sólo disfrutaré lo que sea que me plantee el presente, probablemente así, mañana me evite una nostalgia, probablemente así, diciembre no sea sólo un mes más, pero sí sea otro mes provechoso para continuar la vida. De cualquier forma, no puede olvidarse que una canción como Noche de Paz, fue compuesta en medio de la guerra, como quien expresa que en medio de la desgracia, aunque duela, la vida, sigue siendo vida, y en tanto estemos vivos, porque tenemos motivos para mantenernos en andantes en el tránsito de nuestro camino terrenal.




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