El Sol infectado
Reseñas generales(fragmento del relato “Árboles en la oscuridad”)
5 de octubre del 2019. Era el día del lanzamiento de mi ópera prima. Se trataba de la culminación de casi una década de trabajo. Con esto daba por cerrada una primera etapa de incursión en la prosa, marcada por años de indecisiones vitales, aunque también de importantes disyuntivas e intensos períodos de hedonismo e irresponsabilidad. El libro había sido requerido por amigos y por conocidos del llamado “círculo literario de Valparaíso”. Esa lectura sirvió, en cierta forma, como un catalizador, tras años de incertidumbre en torno a la necesidad de publicar un libro físico. ¿Era el móvil interno de autorrealización el que me llevó a ese lanzamiento o, sencillamente, el deseo encubierto de aprobación, en un medio tan pequeño como miserable? Fuese de la forma que fuese, el libro era una realidad. Y ahí estaban los ejemplares, al fondo del salón, sirviendo de vitrina para el mundo.
Una cámara no dejaba de filmar, mientras yo comenzaba a leer algunas partes del libro frente a todos. El sujeto de la cámara era el mismo que había hecho todas las gestiones para conseguir el espacio y poder concretar el lanzamiento. A él le debía la posibilidad de este evento en el Parque Cultural. A él le debía estar agradecido por ver cumplido un sueño o, a lo sumo, un pequeño paso a través de un umbral desconocido. Un oasis para aplacar la sed en medio de un desierto de infamia y anonimato.
Todo era satisfacción y tranquilidad durante esos instantes de plenitud. Me sentía totalmente ovacionado, a mis anchas, pese a lo modesto del espacio y de la convocatoria. Me sentía perdiendo alguna suerte de virginidad literaria, a pesar de mis pocos años de circo. El sujeto encargado de presentar mi libro en aquella ocasión era un amigo, un cuentista ingeniero. Él, por solicitud expresa de mi parte, fue quien escribió el prólogo y se dignó a leerlo frente a todos los invitados. Antes de que comenzara su intervención durante la lectura, se alcanzó a vislumbrar la figura de Judith en el pasillo a través de la ventana, a un costado derecho del salón. Llegaba tarde al lanzamiento.
Al entrar al salón, observé rápidamente cómo buscaba algún asiento. No parecía muy concentrada en la lectura. En algunas ocasiones, reía. En otras, permanecía seria. ¿Se hará la lesa, nuevamente, como ya era costumbre? ¿Será que algo le incomodó de veras? Porque, al acabar la lectura, aplausos y regocijos aparte, Judith se mostró más distante de lo normal. Tenía entendido que nadie del círculo sabía de nuestras andanzas. Eso creía, al menos. En todo caso, esa siempre fue nuestra dinámica en público: pretender que éramos, como mucho, amigos del ambiente. Ese fue siempre el acuerdo tácito, y yo estaba dispuesto a seguirlo, con tal de continuar a su lado.
Compartimos durante el break un café. Me sentía ligero. Realmente estaba disfrutando mi “minuto de fama”. Había que aprovecharlo, así que seguí tomando café para mantenerme despierto, me saqué unas cuantas fotos y posé otras tantas con Judith. Ella luego se fue por su lado, conversando con los suyos. Había que esperar la última parte del show, la intervención de la banda Khali Yuga con su puesta en escena de música y teatro. Sobre el mesón en el cual leí el libro, había una juguera repleta de un líquido simulando sangre, sangre de menstruación o una volada por el estilo. El espectáculo montado por la banda fue experimental a rabiar, intercalando música ambiental y trasfondo dramático. La comadre Khali era bien teatrera. La obra era un fragmento inédito de El delirio de Helena, obra que la comadre había lanzado hacía poco.
Durante el lapso del show, Judith parecía imbuida en la obra, aunque totalmente abstraída. ¿Se habrá sentido identificada? Por supuesto, se sentó lejos, evitando cualquier contacto que pudiera sugerir alguna clase de química. Acabado el show, no pude más que felicitar a la comadre Khali por su alocada intervención. Al lanzamiento del libro le hacía falta ese toque excéntrico y vanguardista, porque, en efecto, era la forma de sublimar, de una manera estética, años de asperezas y amarguras. Y qué mejor que con sangre y con una parada “quiltra”.
A la salida del Parque Cultural, bajamos con algunas amigas de Judith y fuimos a un local llamado Ilícito a celebrar el lanzamiento del libro. El amigo cuentista ingeniero, por su parte, había tomado otro rumbo. Se había ido con una mina a la que había invitado. Judith se sentó lejos, nuevamente, a un costado de la mesa, vacilando la racha a su manera, procurando estar conectada con el panorama festivo. Quería, en todo momento, ser ella, nada más que ella. Así fue nuestra historia para el medio literario porteño: una mascarada.
Ya no recuerdo si luego fuimos a otro local o fuimos a bailar, pero terminamos pidiendo un uber para ir a la casa de ella y rematar el carrete allá. Ya era muy avanzada la madrugada. Nos fuimos junto a una amiga en común que teníamos. El resto de los comensales se había separado y había tomado diferentes caminos. Al llegar el uber, nos subimos rápidamente producto del cansancio y el miedo de Judith. Ella siempre tenía más miedo de lo normal durante las noches en el plan de Valparaíso, lo cual se debía más bien a un cuadro de sugestión o alguna especie de trauma, sobre todo y considerando que ella debía conocer mejor que nadie el desenfreno del carrete en el puerto, sus salidas universitarias en Playa Ancha, sus frecuentes incursiones en los antros de poesía.
En su casa, bebimos otras chelas y seguimos conversando. De pronto, la conversación se volvió más íntima y en una parte salió a colación el tema de nuestros padres. Judith decía no tener recuerdo bueno de él. Incluso decía que llegó a desconocerla. Yo, por mi parte, le confesaba que con mi padre nos veíamos y nos hablábamos cada vez menos. En ese entonces, me quebré. Las emociones acumuladas y las altas dosis de alcohol en el cuerpo habían hecho lo suyo. La amiga en común se veía incómoda y trataba de amenizar el momento, contando cosas de un calado más anecdótico. Las miradas y los gestos, a esas horas de la noche, ya se volvían erráticos, y la catarsis emocional me arrojó, sin freno, al dormitorio contiguo.
Continuábamos vacilando, regocijados en nuestra suerte. Judith conversaba largo y tendido con la amiga. Luego me entró el sueño y decidí irme a dormir. Judith no quería que me fuera tan temprano, y eso que ya estaba a punto de amanecer. Muchas horas en pie y muchas vibras en la mente habían pasado la cuenta, pero a ella parecía no importarle. De todas formas, fui a dormir solo. Se quedaron un rato conversando y bebiendo lo último que quedaba de copete. Al rato, sentí que la amiga partió a la otra pieza y Judith entró a la suya para acostarse conmigo. No nos dio el cuero para hacer el amor.
Al despertar, la amiga se había ido dejando una nota. No me acuerdo exactamente qué decía, pero a Judith la hizo reír. Esa risa demostraba el éxito de tan placentera jornada. Pese a los resquemores previos que guardábamos, parecía sentirse contenta de haber vivido conmigo el lanzamiento del libro. Fueron, ciertamente, instantes que aún atesoro en mi corazón y viven en la memoria como un osario después de tanta carnicería, de tanta calumnia y de tanta maldición gratuita. ¿Quién pensaría que, mucho después, las cosas se precipitarían de tal forma que tendrían un final abrupto e infame? Como fuese, había que seguir escribiendo, dejando testimonio de lo que alcanzara a recordar, o de lo que pudiera imaginar siquiera, por amor a lo que fue o a lo que pudo haber sido. ¿Y si todo lo que ocurrió nunca significó para ella realmente lo que significó para mí? Sencillamente, me engañaba a mí mismo al pensar lo contrario.
A la tarde, saliendo del trabajo, ella volvió a escribirme para terminar lo que habíamos empezado en la mañana. Su sexo resplandeció junto al mío. Lo hicimos en muchas otras ocasiones, pero ese día todo cobraría un matiz diferente. El calor se hacía cada vez más insoportable y el cielo se estaba oscureciendo. Nos preguntamos a qué se debería. Vimos por la ventana y el cielo estaba enteramente anaranjado. Algo espeso e incandescente lo cubría. Pensamos, por un instante, que se trataba del humo acumulado de algunas barricadas en el plan de la ciudad, mezclado con el gas de las lacrimógenas, pero se trataba de un gran incendio viniendo desde algún cerro a lo lejos. No sé sabía de cuál de todos los cerros a la vista provenía. Vívidas reminiscencias del incendio del 2014. Judith me dijo que mejor me fuera, porque podía ser muy peligroso volver más tarde. Me despedí de ella entonces, con un beso en la boca, prometiendo escribirle después. Tan pronto me fui de su casa, cerro abajo, alcancé a ver el sol al rojo vivo, como un gran ojo infectado, premonición de que algo más pasaría, de que el incendio era el rito iniciático para un escenario apocalíptico, de que el mantra de nuestro tiempo ya estaba distorsionando la realidad completa, de que el fin de la década nos pillaba a todos, de una u otra forma, descolocados, con un giro dramático en nuestras circunstancias vitales. Miré fijamente hacia ese sol oscuro en el cielo y mi consciencia fue devorada por él, disolviendo, poco a poco, el fuego secreto que aún nos mantenía unidos.




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