Terror fantástico vasco en Gaua (2025)
DirecciónPaul Urkijo Alijo, una de las voces más singulares del cine fantástico vasco reciente, presentaba en Sección Oficial de Sitges su último largometraje, Gaua (2025), una fábula oscura que recoge el imaginario ancestral de Euskal Herria para reflexionar sobre la violencia, la superstición y la resistencia femenina en plena caza de brujas del siglo XVII. Tras Errementari (2017) e Irati (2023), el director vuelve a desplegar su universo propio: un territorio en el que conviven lo mitológico, lo histórico y lo simbólico.

La película sigue a Kattalin, una mujer que huye de un marido maltratador en un contexto marcado por la represión institucional y la paranoia moral. Kattalin huye de madrugada, y se adentra en la profundidad del bosque aún sabiendo que es probable que no salga de allí. El viaje de la heroína comienza; el universo sonoro presenta los misterios del bosque antes de que la joven se adentre en él, y el espectador se prepara ya desde el inicio para un relato conmovedor.

En pleno bosque nocturno, Kattalin se cruza con tres mujeres que aparentemente lavan ropa junto al río. Graxiana, Beltra y Remedios miran con recelo a la joven; son tiempos oscuros como para fiarse de cualquiera. La tierra es demasiado pequeña como para olvidar la traición. Las tres mujeres se mueven en lo ritual, en el mito, en la vivencia colectiva que parece sobrehumana —y lo es—.

En este primer encuentro, Urkijo desmorona el mundo conocido de Kattalin de un momento a otro. Al cruzar el umbral del bosque, la protagonista pierde su mundo, se desnuda literal y metafóricamente antes las tres ancianas y el espectador se adentra en la composición de relatos fragmentarios que estructuran la película.

Esta estructura fragmentaria termina encajando al final de la película, cuando los relatos acaban dando un sentido al viaje de Kattalin. Las historias que las mujeres relatan al inicio regresan transformadas, contaminadas por los acontecimientos vividos, cerrando un círculo simbólico que redefine la propia noción de realidad.
En Gaua (2025), Urkijo vuelve a centrar su atención en personajes solitarios —una constante en su filmografía—, aunque esta vez el conflicto se desplaza a un terreno más íntimo y visceral. Kattalin encarna el aislamiento de quien es expulsada del orden social, mientras que las tres mujeres con las que se encuentra actúan como espejos. El relato, más que avanzar hacia un desenlace tradicional, se contamina de las propias leyendas que lo atraviesan: los cuentos dentro del cuento que marcan el tono y el tempo emocional de la película. Así, a nivel estructural la película es sencilla. Sigue la fórmula del relato tradicional —y del viaje del héroe—, y vemos de forma clara el duelo, la aventura, los conflictos, los ayudantes, la redención y el precio que la joven ha de pagar por conseguir su libertad.

El proceso creativo de Urkijo parte siempre de un profundo interés por la tradición oral y mitológica de la tierra vasca, y una ambición estética que supera en cada trabajo. Sin embargo, ha ido escogiendo un código diferente en cada una de ellas, lo que le permite explorar la fantasía y el terror más terrenal en relatos dispares.
Su ópera prima, Errementari (2017), explora el cuento popular desde un prisma demoníaco. El subtítulo de la cinta, El herrero y el diablo, nos presenta el género en el que se desarrolla; el terror folklórico. Inspirada en un cuento popular vasco recogido por José Miguel de Barandiaran, la película se ambienta en el País Vasco del siglo XIX.

Patxi, un herrero solitario vive aislado en el bosque, huyendo de los rumores y conjeturas de las gentes del pueblo. Pero esconde algo que el pueblo desconoce. Un demonio que será descubierto por el alma menos indicada, una niña huérfana llamada Usue. En una atmósfera de misterio y desapariciones, la sátira religiosa y la fantasía oscura se abren camino por primera vez en la obra de Urkijo. Y marca un precedente en la historia del cine vasco.
Por su parte, Irati (2023), ahonda en la épica medieval desde el mito. La honra y el deber se colocan en el centro del camino de Eneko, un joven que, tras la muerte de su padre, debe recuperar su legitimidad. Tal y como repite en Gaua (2025), Urkijo abre la película con la presencia de un bosque misterioso, en el que se esconden seres mitológicos y criaturas que aún desconocemos. Irati se convierte en su guía, una joven salvajemente mágica que habita las profundidades del bosque.

Finalmente, en Gaua (2025), Paúl Urkijo deja a las lamias de lado, también a las investigaciones por desaparición. Y se centra acertadamente en la historia de las brujas de nuestra tierra. Con una mirada totalmente alejada de lo que el director español Alex de la Iglesia presentó en Las brujas de Zugarramurdi, Urkijo ahonda también en la inquisición, en los juicios eclesiásticos, en la mirada juiciosa del pueblo, en el miedo y en el desconocimiento. Gaua (2025) dialoga directamente con el relato de terror más primigenio, partiendo de una joven que, intentando huir de su destino, acepta la rendición sea cual sea su precio.

El valor del trabajo de Urkijo reside precisamente en la forma, y no tanto en el relato. El director construye sus mundos de modo artesanal, a partir de especialistas y artistas locales. El conocimiento de la cultura propia conecta con la creación en primera mano; el bosque, la noche y la propia oralidad son los pilares de su puesta en escena. Urkijo su apuesta se apoya en la imagen, en la atmósfera y en la sugestión.

En Gaua (2025) la noche actúa como una especie de prisión simbólica para Kattalin, quien tras huir de su casa encuentra el encierro en el bosque y el interrogatorio de tres mujeres. A su vez, el bosque se desdobla en lo físico —los árboles, las ramas en las que se esconden las jóvenes—, y en lo supersticioso. Urkijo construye así un paralelismo poderoso entre el encierro externo y el interno, entre la violencia explícita y la violencia soterrada que se ejerce a través del miedo.

A diferencia de lo que espera el espectador, el bosque funciona como metáfora de la libertad negada: un espacio abierto que, paradójicamente, se convierte en un encierro cargado de presagios. La paleta de colores —dominada por negros, verdes húmedos y amarillos apagados— refuerza la caída de Kattalin en un territorio donde las reglas ya no pertenecen a los vivos, sino a las historias que los precedieron.

Tras su estreno en Sitges, la película inauguró el Festival de Cine de Terror de San Sebastián, un drama fantástico que reflexiona sobre la represión patriarcal, la violencia institucional, la sexualidad femenina, el miedo como herramienta de control y el poder del folklore para preservar la identidad.
La opresión patriarcal se enfrenta a la fuerza de la comunidad femenina y al poder ancestral de los mitos, en un relato que se siente contemporáneo pese a su ambientación histórica. Urkijo vuelve a poner en el centro a una figura que lucha en soledad, pero quizá esta sea su obra más íntima, más cruda y más madura: un viaje a la noche en el que los monstruos no nacen de la magia, sino del miedo y la violencia humanas.
Nahia Sillero.










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