Mickey 17
Industria¡Vaya, 2025 ya está tocando a su fin! Con el calendario marcando diciembre y las luces navideñas parpadeando por todas partes, me detengo a reflexionar sobre lo que ha sido un año cinematográfico algo irregular para mí. Entre el torbellino de trabajo, las obligaciones familiares y esas series adictivas que se cuelan en el tiempo libre, confieso que no he podido sumergirme en tantas películas como hubiera querido. Mi contador personal se queda en una docena escasa, pero qué docena tan selecta. De entre todas las que logré ver —desde blockbusters de alto octanaje hasta propuestas más íntimas y experimentales—, hay un puñado que se me ha quedado grabado en la retina y en la mente. Hablemos de ellas, porque si algo nos ha regalado este 2025 es una diversidad fascinante: superhéroes reinventados, adrenalina en las pistas de carrera, horrores góticos con toques modernos y, por supuesto, esa joya sci-fi que me robó el corazón. Vamos a desgranarlas una por una, antes de coronar a mi absoluta favorita.
Empecemos por F1, que aterrizó en cines el 26 de junio como un cohete a máxima velocidad. Dirigida por Joseph Kosinski —el mismo que nos dio el subidón aéreo de Top Gun: Maverick—, esta cinta es un homenaje palpitante al mundo de la Fórmula 1. Brad Pitt interpreta a Sonny Hayes, un veterano piloto retirado que regresa a las pistas para mentorizar a un novato interpretado por Damson Idris. El reparto es de lujo: Kerry Condon, Javier Bardem y Tobias Menzies aportan capas de drama humano a lo que podría haber sido solo un espectáculo de motores rugientes. Lo que más me impactó fue la integración real de las filmaciones en circuitos activos durante fines de semana de Grandes Premios; esas secuencias de persecución no son CGI puro, sino un ballet de cámaras y autos reales que te deja con el pulso acelerado. Es una película que captura la esencia de la competencia: no solo velocidad, sino ambición, riesgo y el precio de la gloria. Si eres fan del automovilismo, es obligatoria; si no, te convertirá en uno. Puntuación personal: 8/10. Un subidón veraniego perfecto.
Luego, en julio, llegó Superman, el 10 para ser exactos, marcando el debut de James Gunn al frente de DC Studios. David Corenswet se pone la capa del Hombre de Acero en una reinterpretación que equilibra lo nostálgico con lo fresco, rodeado de un elenco estelar: Rachel Brosnahan como Lois Lane, Nicholas Hoult como Lex Luthor y hasta cameos que guiñan al legado de la franquicia. Gunn, con su toque irreverente heredado de los Guardianes de la Galaxia, inyecta humor y corazón en una historia de origen que evita los clichés. No es solo acción —aunque las escenas de vuelo y combates aéreos son espectaculares—, sino una exploración de la identidad: ¿qué significa ser un héroe en un mundo dividido? En un año donde los superhéroes parecían fatigados, esta entrega revitaliza el género con optimismo genuino. Me dejó sonriendo como un niño, recordándome por qué Superman es el arquetipo eterno. 8.5/10. Un soplo de esperanza kryptoniana.
Ahora, adentrémonos en territorio más fantástico y animado con Soy Frankelda, una sorpresa mexicana que se estrenó a principios de año y que, para mi deleite, llegó con subtítulos impecables a las plataformas de streaming. Esta cinta de stop-motion —la primera producida al 100% en México, un hito técnico y cultural— sigue a Frankelda, una escritora del siglo XIX que se sumerge en su subconsciente para confrontar los monstruos que ha creado en sus páginas. Con una animación meticulosa que evoca a Tim Burton en sus mejores días, pero con un sabor latino inconfundible —colores vibrantes, folklore y un toque de realismo mágico—, la película es un tributo al poder de la imaginación y la perseverancia. La voz de la protagonista, interpretada por una actriz emergente mexicana, transmite una vulnerabilidad que resuena profundamente. Es ideal para públicos jóvenes, pero los adultos encontraremos en ella ecos de nuestras propias batallas internas. Hermosa, conmovedora y con un mensaje sobre el autoestima que cala hondo. 7.8/10. Un diamante en bruto animado que merece más visibilidad global.
Y no puedo pasar por alto Frankenstein, la adaptación de Guillermo del Toro que Netflix soltó en noviembre como un festín gótico para el otoño. Con Oscar Isaac como el ambicioso Dr. Victor Frankenstein y Jacob Elordi como la criatura —una elección casting que pivotea su carrera de teen heartthrob a icono trágico—, del Toro teje una red de horror, drama y ciencia ficción que honra a Mary Shelley mientras la actualiza. La duración de 2h29m puede intimidar, pero cada fotograma está cargado: efectos prácticos escalofriantes, una banda sonora que eriza la piel y temas profundos sobre abuso generacional, hybris y la condición humana. No es solo un monstruo; es una meditación poética sobre lo que nos hace humanos (o no). Del Toro, fiel a su estilo, inunda la pantalla de detalles barrocos —laboratorios victorianos que parecen vivos, criaturas que sangran empatía—. Viene con una calificación de 7.5/10 en IMDb, y coincido: es cine del bueno, el que te deja debatiendo noches enteras. 9/10. Una obra maestra que redefine el clásico.
Pero, entre todas estas perlas, hay una que se eleva por encima del resto, una que no solo entretuvo, sino que provocó, inquietó y me hizo cuestionar el mundo que pisamos: Mickey 17. Estrenada el 7 de marzo, esta cinta de Bong Joon-ho —el visionario surcoreano de Parásitos (2019)— es mi gran descubrimiento de 2025. Robert Pattinson, ese camaleón que pasó del vampiro melancólico de Crepúsculo al Batman atormentado de la trilogía de Matt Reeves, aquí encarna a Mickey, un "expendible" en una misión colonial al planeta helado Niflheim. Basada en la novela Mickey7 de Edward Ashton, la trama gira en torno a un clon que muere y resucita una y otra vez, explorando los límites de la identidad, la explotación laboral y el capitalismo en su forma más distópica. Pattinson brilla con un carisma torpe y vulnerable, respaldado por un elenco de primer nivel: Naomi Ackie como su contraparte femenina, Steven Yeun en un rol secundario punzante, Toni Collette y Mark Ruffalo aportando profundidad emocional.
Los efectos especiales son un derroche: paisajes gélidos que parecen palpables, clonaciones que desafían la lógica visual y secuencias de acción que mezclan humor negro con tensión asfixiante. Bong, con su guion afilado como un bisturí, no predica; sugiere. Bajo la capa de sci-fi, Mickey 17 disecciona las desigualdades de clase de manera indirecta pero implacable —los "expendibles" como mano de obra desechable en un sistema que valora el progreso sobre las vidas humanas—. Es Parásitos en el espacio: elegante, satírica y profundamente humana. Con una calificación de 6.7/10 en IMDb que me parece injusta (¡yo le doy un 9.5!), ha generado debates sobre ética en la IA y el futuro del trabajo. La dirección de Bong es magistral: cada plano está cargado de simbolismo, desde los clones multiplicándose como plagas hasta los banquetes corporativos que contrastan con la miseria ártica.
En un año donde el cine ha navegado entre la nostalgia (remakes y secuelas) y la innovación (como esta joya coreana-hollywoodense), Mickey 17 me recordó por qué amo este medio: no solo escapa, sino que ilumina las sombras de nuestra realidad. Otras menciones honoríficas de 2025 incluyen Jurassic World Rebirth para los fans de dinosaurios y Wicked: For Good para el musical del momento, pero ninguna caló tan hondo.
En resumen, aunque no vi cientos de películas, las que sí llegaron a mi pantalla pintaron un mosaico vibrante de emociones y ideas. 2025 ha sido un recordatorio de que el cine, en su mejor forma, no solo entretiene, sino que transforma. Si aún no has explorado estas, hazlo antes de que suene la medianoche del 31. ¿Y tú? ¿Cuál ha sido tu revelación fílmica de este año loco? ¿Mickey 17 te voló la cabeza como a mí, o prefieres la adrenalina de F1? ¡Cuéntame en los comentarios, que el debate cinematográfico es el mejor cierre de año! Nos leemos en 2026, con palomitas listas. 🎥🍿




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