Navidadn't
Reseñas generalesNo sé si fue culpa del calor, de la mala organización o simplemente del destino, pero esa Navidad terminó siendo todo menos navideña.
Todo empezó cuando mi familia decidió —por primera vez en años— no hacer la cena en casa, sino en la de un primo lejano que vive “cerquita”, según mi mamá. En Argentina, “cerquita” puede significar cualquier cosa entre 15 minutos y dos horas, así que ya tendría que haber sospechado algo. Al final fueron casi cincuenta minutos en un auto sin aire acondicionado, con 30 grados a la sombra y villancicos sonando desde el celular de mi hermana, a un volumen que claramente no estaba pensado para un interior tan chico.
Cuando llegamos, lo primero que noté fue que la casa no tenía un solo adorno navideño. Ni luces, ni arbolito, ni siquiera una servilleta con estampado de Papá Noel como para disimular. En su lugar había una planta casi muerta en la entrada y un ventilador que hacía más ruido que viento. Yo pensé: “Bueno, lo importante es compartir”. Y ahí fue cuando mi primo anunció, como quien comenta que está probando una nueva marca de yerba, que ese año ellos “no celebraban Navidad tradicional porque estaban haciendo un diciembre minimalista”. A mí me sonó a “no tengo ganas de cocinar ni de limpiar”, pero bueno.
La cena navideña consistió en empanadas frías de la rotisería, una botella de soda tibia y un pan dulce sin pasas “porque a nadie le gustan las pasas”. La música navideña fue reemplazada por un noticiero hablando de la ola de calor y de unos cortes de luz en el área… que, spoiler, iban a llegar muy pronto.
Cuando faltaban diez minutos para las doce, las luces de toda la cuadra se apagaron de golpe. Oscuridad absoluta. Solo se escuchó un “¿QUÉ PASÓ?” que alguien gritó desde otra casa. Mi primo, intentando salvar el momento, encendió una linterna y dijo:
—Bueno, al menos tenemos luz espiritual.
Yo me reí porque no me quedaba otra opción.
La falta de electricidad hizo que el ventilador muriera oficialmente. El calor se volvió tan intenso que nadie quería abrazar a nadie, así que el típico “¡Feliz Navidad!” fue reemplazado por un brindis con vasos de plástico y una Sidra Real que estaba más caliente que el ambiente. Nadie hizo discursos emotivos, nadie fingió alegría, nadie quiso sacar fotos porque ¿para qué, si ni siquiera había luz?
Pero ahí, en medio de ese anticlimax, pasó algo extraño: nos empezamos a reír de lo mal que estaba todo. Mi vieja contando anécdotas de navidades pasadas, mi hermano tratando de espantar mosquitos con una tapa de tupper, mi primo disculpándose cada dos minutos… y todos aceptando que esa Navidad iba a ser un desastre total, pero un desastre compartido.
Y supongo que por eso, aunque fue la Navidad menos navideña de mi vida, también fue una de las que más recordé. No por lo que tuvo, sino por todo lo que le faltó, y por la manera en que, sin querer, terminamos disfrutando lo imperfecto.




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