¡MATERNIDAD SANGRIENTA Y FATAL NAVIDAD!
NarrativaA pesar de los cambios hormonales que afectan a cada uno de tus órganos, del agotamiento, de la hipersensibilidad, de los cambios de humor, de la imposibilidad para evacuar las heces, del malestar estomacal, del desagrado que te producen ciertos alimentos que antes te hacían soltar la baba —como dicen por ahí—, de la migraña, la acidez y el aumento de peso del primer trimestre de embarazo; a pesar de los dolores en la espalda, la ingle y los muslos, de las manchas que cubren tus párpados y mejillas, a la vez que se derriten como riachuelos por tu frente, expandiendo sus tentáculos hacia tu nariz y tus labios… a pesar del entumecimiento y el hormigueo en las manos, y de sentir que un ejército de avispas te aguijonea el abdomen, el cual, por cierto, no deja de crecer e inflarse como un globo aerostático, así como de la inflamación en los tobillos, consecuencias del segundo trimestre de embarazo; a pesar de la sensación de sofocación, de la ausencia de aire y la desbordante necesidad de orinar, producto de las patadas internas del bebé, a pesar del ombligo abultado y el insomnio del tercer trimestre de embarazo. A pesar de todo lo anterior, hay una verdad innegable: eres feliz y te sientes amada por el hombre de tus sueños, quien, por cierto, en este instante te acompaña. Está sentado a tu lado, en el asiento del copiloto, mientras conduces por una autopista que la lluvia azota sin tregua.
Eres feliz, hasta que, de repente… ¡el parabrisas estalla!, astillas de vidrio vuelan a diestra y siniestra. El choque con el carro de enfrente ahoga tu rostro en sangre. Por unos minutos pierdes la consciencia. Cuando despegas los párpados, pesados como ladrillos, levantas la cabeza y abres amplio la boca para tragar oxígeno, la estupefacción extiende a lo largo y ancho de tu mirada en ruinas sus alas negras como el petróleo y la confusión nace en tus pupilas al contemplar las pirámides de fuego que circundan el auto destruido. Por instinto, giras la cabeza en dirección a tu amado. Un hilo sanguinolento cuelga de sus labios. Lo llamas por su nombre… una vez… no responde. Está MUERTO. Te acaricias la panza. El dulce sueño se acabo. Ahora estás despierta. Y el sabor que incendia tus papilas gustativas es tan agrio como los granos de café.
2. DESPUÉS LA TORMENTA CASI NUNCA VIENE LA CALMA. Y ESTE ES TU CASO.

Eres primeriza, ¿verdad? —te dice la enfermera—, ¡es el más difícil!, en mi parto tardé… trece horas para dar a luz, no miento. Ese día fue el más doloroso de mi vida. Y a pesar de eso, nació muerto…
La odisea de dar a luz nunca fue tan extremadamente complicada como la tuya, como la concepción que se aproxima a tu existencia. Lo peor del asunto es que es Navidad, y pronto será Nochebuena. No tienes deseos de conversar con nadie, de ver a nadie. El mundo que te rodea ha perdido sus esplendores renacentistas y sientes que cada cosa, persona, animal o cosa que se mueve ha escapado de una pintura medieval terrorífica. ¿Qué pintura gótica puede ilustrar la sensación de que te están mordiendo la piel de arriba a abajo, de que unas dentaduras aserradas perforan tu carne y la arrancan a pedazos? Tal vez una de Martín Schongauer…?

O en su versión a color, de Miguel Ángel:

Las entidades demoníacas al mando de una tristeza con rostro de cíclope y boca de jabalí colérico, que, a su vez, te sonríe con dientes como estalactitas de caverna congelada, se disputan tu corazón en donde quiera que te encuentres, a donde quiera que vayas. Y te atormentan, en especial en los parques, pues es allí que observas a las parejas de enamorados correteando tras sus retoños de cinco o seis años, o meciéndolos en los columpios. Observas desarrollarse ante tus ojos absortos por la nostalgia la vida con la que siempre soñaste. El problema es que tu hombre está a diez metros bajo tierra, cenando con los gusanos, y nunca más regresará. Tu esternón cruje, las costillas tiemblan y tu corazón se arruga. Sufres en silencio. Y nadie lo nota. Es ahí que decides extraer tu cámara fotográfica marca CANON, tu amiga de batallas periodísticas. Disparas flashes al viento y encierras en sus barrotes destellantes lo que para otros es una realidad risueña y de ensueño, pero que para ti es una realidad cadavérica. Cadavérica realidad que te muestra su mueca espumosa de infelicidad.


¡Qué horrible navidad!, parecen proclamar en el cielo las aves agoreras. Además, ¿qué sentido tiene celebrar la navidad en una casa que conserva no sólo el perfume de tu amado, su ropa, su calor corporal, sus retratos, sino también las reverberaciones de su risa antes de entregarse a los brazos de Eros, su risa al celebrar contigo las buenas noticias, los triunfos personales, profesionales… las reverberaciones de su risa, en fin, al soltarle las riendas a algún chiste muy malo…?

La casa está vacía: ¿qué otro fenómeno podría ser más deprimente en tu caso? Está vacía, en el sentido de que ÉL ha zarpado físicamente de este plano terrenal, más no en el sentido espiritual. Puedes oler su aura. Sabes que no está dispuesto a dejarte sola, no en Nochebuena… te niegas a creer que zarpó para siempre… te resistes… te debates contra la miserable verdad: que Dios bajó de las nubes, transfigurado en águila calva y te lo arrebató de un zarpazo, ¡de la forma más cruel! Algo en ti continúa combatiendo contra los fantasmas de esa verdad inexorable, absoluta. Batallando como un templario en los campos arrasados.

La conmoción es a nivel global. No sólo es tu cerebro el que está en duelo, es el resto del organismo, porque, como dijo el clérigo renacentista Rober Burton, en su famoso libro Anatomía de la melancolía:
nuestro cuerpo es como un reloj: si un engranaje está fuera de lugar, todos los demás se desordenan, toda la máquina sufre

Los demonios que desgajaban los cabellos canosos del cráneo de San Antonio, son los mismos que a estas horas de la noche, en esa casa solitaria y melancólica, te asaltan de improviso, los mismos que aúllan: ¡suicídate!, ya la vida no vale la pena, ni la amargura. No obstante, ¿si cometes tal acto, qué sucederá con la criatura que, milagrosamente, escapó con vida del accidente automovilístico y cuyos piecitos dan patadas al interior de tu vientre? No, hay que serenarse. Debes hacerlo por ese bebé que está pronto a nacer, quizá mientras duermes, quizá mientras te desvelas pensando en el futuro mágico que se desplomó por el barranco de la tragedia y fantanseando con la loca posibilidad de revivirlo como hizo Jesucristo con Lázaro.
Un violín ornamenta tu duelo, acaricia tu cabellera, enreda en ella sus dedos delicados y suaves, mientras tanto, te balanceas en la mecedora y bordas para olvidar su ausencia terrible. Te quedas dormida. La aguja de bordar cae al suelo. Tu gato negro ronda por la cocina.
Abres la boca como lo haría un pescado fuera del agua. ¡No puedes respirar!, sientes que alguien te está estrangulando. ¡Pero son manos invisibles!, una joroba de camello se alza bajo tu pecho, que está a punto de romperse en su afán por absorber aire. Toses, te arrodillas y… vomitas a chorros…
EL ADVENIMIENTO FATAL
Alguien está tocando con insistencia el timbre de la casa. Acabas de despertar de una pesadilla y temes entrar en una nueva. Caminas descalza y sudorosa. Pegas la oreja a la puerta, ¡tam!, ¡tam!, ¡tam!, alguien afuera ha optado por golpear en vez de seguir tocando el timbre. Tu corazón relincha y galopa frenético. Tus sienes son un cableado que unas tijeras están a un roce de cortar.
¿Quién es? —preguntas.
Y es ahí que la verdadera pesadilla comienza.
POSDATA
El miedo en su manifestación más visceral trepa a las retinas del espectador que ve esta película del año 2007, dirigida por Alexandre Bustillo y Julien Maury e interpretada por Alysson Paradis y Béatrice Dalle.
¡Muy recomendada para iniciar esta navidad… sangrienta!










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