Seis octubres después

Narrativa

No sé por dónde empezar. Fue tanto lo perdido, tan alta la montaña de escombros, que el principio y el final se desdibujan.

Han pasado 6 años ya.

Desde entonces cada octubre que pasa, no puede transcurrir con discreción. Recuerda el daño, la lucha y cómo ahora se junta en uno de otra forma.

 

Debo tener cuidado al escribir esto, así que omitiré ubicaciones exactas y cambiaré algunos detalles. Es peligroso hacerlo dentro de un sistema represor que muestra los dientes al exhibir sus perversiones.

 

Todas las mañanas, amanecíamos con el sol entrando por las ventanas de arco de la pequeña cocina. Pequeña, pero nuestra.

La puerta que daba al jardín, era completamente de cristal, así que era otra ventana más que daba la bienvenida al día.

Las paredes estaban hechas de blocks amarillos, intercalados caprichosamente con ladrillos rojos, lo que le daba a la casa un toque rústico, muy cálido en ese ambiente de frío.

Para combinar, el techo de tejas rojo-naranja daban el aspecto de cabaña de cuento. Parecido a encontrarse a la casa de dulce de la bruja en Hansel y Gretel.

Afuera teníamos una banca alargada para disfrutar del aire y del tiempo, frente a un pasto tan verde como la hierba fresca puede ser.

Para protegernos, alrededor construimos una barda hecha de piedra, con un gran pilar en la esquina. Ese pilar, era nuestro orgullo: grande, sólido, con figuras de piedra incrustadas y un gran farol en lo alto que era referencia de seguridad y ubicación entre vecinos. Fue lo primero que levantamos.

Ahora, cuando digo “construimos”, lo digo en su sentido más literal. Aprendí a hacer mezcla y revoltura ーcombinación de cal, arena, grava y agua, según lo que se trabajeー, medir y pegar piedra, a usar los diferentes tipos de palas y el pico y, una que otra vez, a romper piedra con el marro. Los callos de las manos se fueron con los años pero el esfuerzo, el sudor y algunas lágrimas quedaron ahí, escurridos sobre nuestra obra de roca.

Esa casa estaba en el límite de la colonia. Más allá del circuito que la rodeaba, todavía hay un bosque de coníferas que todos cuidábamos, sobre todo en los meses de sequía, cuando los incendios “aparecen” entre la hierba muerta.

 

El día en que todo desapareció, nunca, pero nunca lo olvidaré. Lo diré sin adornos, ni exageraciones, tal cual ocurrió.

Desperté, me incorporé, giré mi cabeza a la izquierda y a través de la ventana, la luz estaba bloqueada por figuras anchas y altas. Me asomé y vi cientos de policías vestidos con trajes antimotines, rodeando la casa, varios de ellos a caballo ーla policía montadaー, el ruido de drones sobrevolando toda la zona, gritos, llantos, no sabía si salir o no ¿qué ocurría? ¿acaso alguno de los vecinos era un asesino en serie o un narcotraficante? ¿qué pasaba? En eso, un lamento cercano: ¡Malditos sean, pinche gobierno!

Mis hijos miraban televisión y así los dejé, no quería asustarlos. Salí.

Los policías venían para sacarnos a nosotros. A todos, más de 300 familias. Estaban acompañados por monstruosas maquinarias pesadas, dispuestas a pasar sobre cualquiera que se opusiera, sin importar género, edad, condición, nada.

Llegaron sin previo aviso, sin una orden oficial, sin ninguna alternativa real, sin importar qué pasaría con la gente, sin explicación o alguna consideración.

El terrorismo en el que nos envolvieron hacía creer que había una guerra, y nosotros, éramos el enemigo.

Llamé al abuelo de mis hijos para que viniera por ellos en lo que mi compañero y yo, “resolvíamos” la situación.

Sacaron los juguetes, las camas, zapatos, ropa, todos los muebles. Todo arrumbado afuera, sin ningún tiento. 

Un valiente señor de bigote ancho, hizo un llamado a los policías, quienes sólo eran peones en aquella estrategia, ¿tendrían el corazón de actuar en contra de otro mexicano, que como ellos, sólo buscaba un lugar en esta tierra dónde vivir? ¿acaso ellos mismos tenían un lugar propio a dónde llegar? ¿de quién, si no de un mexicano, es entonces esta tierra? ¿extranjeros? ¿por qué ponían a pelear a un mexicano contra otro? ¿quién era el enemigo en realidad?

Algunos se conmovieron, pero qué harían, tendrían que haberse unido la valentía y la honestidad de todos para haber detenido tal acción tan inhumana. Porque la destrucción de los hogares, es un acto cruel.

Nuestros vecinos, una viejita de unos 80 años y su esposo, se pusieron frente al pilar. La máquina demoledora se detuvo, el señor que la manejaba sintió simpatía -o lástima- por aquel gesto. Dijo a los policías que no avanzaría en esas condiciones.

Se notaba que “los puercos” sentían cierto respeto por aquellas personas de cabellera blanca, pero poco les duró. Aquella manifestación de coraje por defender ese símbolo de esfuerzo fue arrasado por una treintena de uniformados, como si los ancianos fueran la gran amenaza. La viejita casi desmaya entre llanto e incredulidad.

Los demás fuimos “empujados” y jaloneados. Luego, el brazo metálico se extendió para agarrar el pilar. Jaló una, dos, tres, cuatro veces y lo derrumbó. Años de sudor, de dinero, de recuerdos y sueños, tirados en el suelo en menos de un minuto. De ahí siguió la barda, nuestra hermosa barda hecha de piedra. Y por último, nuestra casa. Las ventanas en arco, el dintel labrado en piedra, las puertas de cristal, la de madera pintada de rojo, el techo de tejado naranja quemado. Todo demolido, hecho polvo el porvenir, el patrimonio familiar.

Todo sin mediar palabra alguna y a pesar de mostrar documentación, mapas y permisos oficiales. Muchos buscaron defenderse ーo protegerseー haciendo transmisiones en vivo para denunciar la arbitrariedad. Pero quién se opondría a más de 2,000 policías ーsegún el recuento oficial de los diarios del día siguienteー, a maquinaria pesada, a las armas que amenazan.

De un día para otro, más de 600 personas nos quedamos en la calle sin nada más que la ropa que traíamos puesta.

Un señor murió de un infarto al día siguiente, no soportó ver su afán despedazado. A una joven señora se le adelantó el parto, ella y su bebé estuvieron una semana en terapia intensiva. Cientos de niños perdieron su periodo escolar y su hogar, ya no tenían dónde hacer su tarea, jugar, ni resguardarse de la lluvia. Muchísimas mascotas quedaron a la deriva entre los escombros; perros buscando a sus dueños, gatos que huyeron del espanto a quién sabe dónde, animales de corral perdidos. Una de nuestras vecinas, una señora de edad avanzada, durmió esa noche fuera de una tienda de conveniencia porque el aire que expulsaba su maquinaria, era cálido. Murió pocos meses después.

El paisaje de las calles era el mismo de un desastre natural. Pero éste, lo había generado la traición y el interés político disfrazado de términos jurídicos acomodados a su antojo.

En las calles sólo había destrucción, postes y cables obstruyendo el paso, gente llorando en los escombros, sentada sobre ladrillos amontonados, viendo sin creer “algo” que ya no estaba. Desolación y furia en los rostros.

Gente mayor gritando a las autoridades, esos mismos que años atrás habían llegado con palabras hechas de humo y mentira.

Muchos organizándonos para aclarar el asunto.

Aunque, la verdad es que, ya nos habían demolido nuestros hogares, no casas, hogares. Porque ese hecho, separó familias, tensó aún más el ambiente económico entre la gente, presionó a los padres para buscar algún refugio. Muchos se repartieron en distintas casas, lo que afectó especialmente a los niños.

El gobierno casi con burla, ofreció ayuda psicológica…

Qué nos quedaba…

Está de más hablar de la tristeza, el coraje, la impotencia y frustración de familias enteras. En un sólo y solo día, el mundo cambió para siempre. La obscuridad vino a nosotros. A muchos los mató, a otros los dejó tan heridos que todavía no se levantan, pocos sobrevivimos y aún podemos apreciar la luz del sol.

 

Seis octubres después, lo que con toda seguridad puedo afirmar es que, desde ese momento, la felicidad ya no me importa, y eso, después descubrí, es un gran alivio.

El ruido de la calle bajó su volumen, cualquier problema que se presente no parece tan grave. La importancia de las cosas tiene otro valor, el justo y momentáneo.

Las risas son atesoradas, pero al mismo tiempo, son como el viento: refrescantes y fugaces.

Mi casa es la Tierra.

Puede parecer poco lo recuperado, pero en un mundo roto y bestial, es mucho decir.

 

Comentarios 14

V
Vloored Vlad27 de diciembre de 2025
"(...) el interés político disfrazado de términos jurídicos acomodados a su antojo." Nada más que decir, tremenda y poderosa frase que has acuñado. </br>Y es que sí, las leyes -y su concepción- solo han sido creadas para la satisfacción de los intereses de quienes se encuentren en el poder. </br>Este caso puntual no es más que el reflejo de todo lo que sufren nuestros pueblos oriundos de Latinoamérica; que un día encuentren en tu territorio oro, petróleo o gas natural, es significado de mu*rt* para tu comunidad y tu hogar, se acabaron esos recuerdos con los que creciste. </br>Realmente un texto poderoso; perdón por leerlo recién. </br>Muchas gracias por escribirlo, y también con el comentario que dejaste en mi post, no pude leerlo -por alguna extraña razón del sistema- pero muchas gracias. Saludos. :3
N
NilkaFilms25 de diciembre de 2025
Incomprensible que una persona tenga que ser despojada de su casa por el gobierno que debería velar por sus derechos, incongruencias de la política.
A
Adaloveswritte21 de diciembre de 2025
Ver cómo destruían tu pilar en minutos mientras representaba años de sudor... esto es desgarrador. La injusticia del poder sin rostro es uno de los dolores más oscuros. También escribí sobre pérdidas repentinas, pero de otro tipo: cuando alguien que amamos se va sin aviso y quedamos buscando explicaciones. ¿Crees que realmente aprendemos a reconstruir después de que te arrebatan todo, o solo aprendemos a vivir con el vacío?
L
Lisabela Valencia19 de diciembre de 2025
Sí es que es bastante difícil leer tu anécdota porque se siente el sufrimiento y el coraje de todos los que estaban ahí. Lástima que tengas que modificar algunas cosas por lo que se vive ahí, pero al final... puede ser cualquier parte cuando todo el mundo está perdido. Abrazo. ✨
L
Lautaro30711 de diciembre de 2025
Siempre pienso cuando veo noticias de incendios, inundaciones, ciclones, etc. que feo debe ser tener que empezar de cero y perder los bienes materiales, que más allá de dinero tienen un valor sentimental. Imagino que si ya por razones fortuitas es feo que sea algo hecho con intencionalidad por unas personas debe ser todavía peor, que impotencia.
J
JesusMad9010 de diciembre de 2025
Lamentable que hayan pasado por algo tan horrible, amiga, no entiendo el motivo de que una empresa o gobierno deje sin hogar a tantas familias solo por negocio, no me cabe en la cabeza, sé que el dinero es importante y es lo que mueve al mundo, pero eso no lo es todo, si vas a necesitar ese terreno para mejorar la infraestructura del país, ok, te lo compro, pero entonces tienes que darle a esa gente otra ubicación, dónde tengan una vivienda digna y puedan llevar sus cosas, en orden, de manera escalonada, no llevando a cientos o miles de policías para sacar a la gente de sus casas.
A
ALMANZOR8 de diciembre de 2025
Carajo, que intenso y cómo te mobiliza sentimientos y emociones.</br></br>Qué desamparo qué... vacío ejercido.</br></br>me impresionaron también, estas dos "confidenciad" (diría yo):</br>* "...lo había generado la traición y el interés político disfrazado de términos jurídicos acomodados a su antojo..."</br></br>* "...Seis octubres después, lo que con toda seguridad puedo afirmar es que, desde ese momento, la felicidad ya no me importa, y eso, después descubrí, es un gran alivio..."</br></br>Cuando te arrebatan un hogar (no era sólonuna casa) te arrancan también la versión de vos mismo, constrída en simbiosis con lo material y el lugar. Esa identidad no se recupera fácil. </br>(pienso en voz alta: uno se puede mudar con lo que le queda de ella y reconstrir en otro lugar)</br></br>Rescato que a pesar de la derrota, esta persona logró hacer un desplazamiento interno muy potente: dejó de medir su vida en términos de “lo que perdió” y empezó a medirla en términos de “lo que queda en pie adentro”. Y eso, aunque duela, es un gesto político y humano muy grande. Como diciendo: “me demolieron el techo, pero no me demolieron quién soy y puedo llegar a ser ”.</br></br>Ustedes que creen, que para esta persona, ese octubre ya pasó, o ese octubre sigue?</br></br>Y sin importar la respuesta, esa persona decidió seguir caminando igual. Ahí hay algo más para destacar. </br>Recalculando: ese tipo de resistencia tiene un valor incalculable, aún más allá de lo material que se perdió. ¿Es la última forma de dignidad que queda cuando todo lo demás te fué arrancado?</br></br></br>... sí ya sé, hago muchas preguntas, verdad?
R
R.D.M.2 de diciembre de 2025
¡Qué miedo!, tener con tanto sacrificio algo y venga un gobierno prepotente a destruir el patrimonio ajeno, sin importar que sea la misma población, su población. Tus escritos son tan crudos lleno de verdad y dolor.
S
Sergio S. Saldaña2 de diciembre de 2025
Vaya, qué historia más indignante. Qué impotencia siente uno al leerla, y no me imagino tú al vivirla. De verdad que siento mucho que haya ocurrido algo así. Atentar contra la vivienda, el hogar de la gente, es un crimen absoluto, un pecado. Cuántas personas desplazadas hoy también hay cada día por culpa del crimen organizado, la corrupción... es inadmisible algo así en cualquier sociedad moderna. Espero que te encuentres bien en este momento, Garrita. A veces lo más valiente que se puede hacer es denunciar a estos criminales con poder. Te deseo lo mejor 🙏
J
Javier Gustavo Bonafina2 de diciembre de 2025
Me impresionó tu texto. No sólo por la habilidad narrativa, sino por el coraje de contarlo así, sin maquillaje, poniendo en palabras algo que el poder siempre intenta borrar. Quiénes son los que oprimen y quiénes cargan con el peso de esa violencia sobre el cuerpo, la casa, los vínculos, la vida cotidiana. Mientras leía, sentía muy fuerte el contraste entre la delicadeza con la que describís la casa —el pilar, la barda, las tejas, el pasto verde, los viejitos defendiendo ese pedazo de mundo— y la brutalidad con la que el sistema entra a arrasar todo, como si nada de eso tuviera valor. Ahí aparece con mucha fuerza esa lógica de opresores y oprimidos; policías usados como peones, vecinos tratados como enemigos, la maquinaria pesada pasando por encima de años de trabajo, de esfuerzo y de sueños. Y vos, en medio de eso, dándonos esa perspectiva del que mira y puede narrar, aunque duela. Son poderosas esas secuencias: el hombre que muere de infarto, la mujer y el bebé en terapia, los niños sin escuela ni hogar, los animales desorientados, la viejita durmiendo a la intemperie. Cosas que sólo se pueden nombrar desde el dolor y la dignidad, mostrando que cada casa derrumbada era una vida, una trama de afectos, una historia. Y el cierre….poderoso; después de todo, encontrar otra escala para medir lo importante, dejar de perseguir esa “felicidad” vacía que el mismo sistema vende, y recuperar algo más indescifrable, el valor del instante, las risas fugaces, la Tierra como casa. Una forma de continuar sin negar la oscuridad, pero seguir haciendo memoria, nombrando la injusticia, cuidando lo que queda en común y rehaciendo, pedacito a pedacito, un lugar habitable. Gracias por escribir esto. Es un acto político y afectivo a la vez: denunciar lo que hacen, honrar a quienes resisten y abrir una pregunta por cómo seguir viviendo sin olvidar. Te leo y siento que tu palabra es una forma de no dejar que el poder tenga la última palabra. Y eso ya es una manera de continuar.
C
Cristian Fernández Metzler1 de diciembre de 2025
Tuve que parar un momento porque no podía creer lo que estaba leyendo. Increíble, te mando un abrazo Garra. Increíble descripción de los hechos, la sensación de despojo y rabia por la corrupción política. Me partieron los ancianos, el bebé en riesgo y bueno, al fin y al cabo, años de esfuerzo tirados a la basura. </br>Gran texto, me hizo sentir hasta furia.
T
Tinta en las rocas1 de diciembre de 2025
Ubico el caso y el modo operandis porque a mi me pasó algo similar justamente hace 10 años. Expropiaron mi negocio y sustento de vida. Desde ese momento entendí que el Estado si es un Leviatán y hay que tenerle más miedo que a nadie...
A
Alma Raquel Alonso Lucena1 de diciembre de 2025
Garra, como siempre, impactas. </br>Te entiendo perfectamente, al vivir en un país y en un mundo tan caótico y lleno de mierda como este. Y aún así, paradójicamente, podemos llegar a valorar la simpleza de la vida no? porque cuando lo perdemos todo, no queda más que, recuperar un poco de esa vida en una sonrisa de los seres queridos, en una peli que nos haga olvidarnos de todo, en esas pequeñas cosas que en realidad son enormes, y así, el valor del presente ahora cobra un sentido distinto, ya que, es cuando podemos abrazar lo que importa. Abrazote ❤️
F
Franchesca A. Herrera Piña1 de diciembre de 2025
Se me hizo un nudo en la garganta leyendo lo del pilar y la pareja de ancianos. Qué impotencia tan grande da saber que el sudor de años, los callos en las manos y la vida que construiste piedra a piedra no valen nada frente a una máquina y una orden arbitraria. Da mucha rabia leer cómo el sistema te pasa por encima sin miramientos.</br>Pero lo que más me impactó es tu cierre. Esa frase de "la felicidad ya no me importa" es devastadora y liberadora a la vez. Entiendo perfectamente a qué te refieres; cuando te rompen así, ya no buscas cuentos de hadas, solo sobrevivir y encontrar paz en lo que queda. Qué historia tan dura y qué valor para escribirla así, sin filtro. Un abrazo fuerte.

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