El parpadeo
Reseñas generales“El Parpadeo:
Mateo siempre había tenido la sensación de que el mundo no era tan sólido como parecía. No sabía cómo explicarlo: era como si la realidad tuviera fugas.
Pequeños errores.
Glitches.
Pero nadie más los veía.
Todo comenzó con los parpadeos.
Al principio eran breves, casi imperceptibles: un instante de desconexión en que el mundo parecía vaciarse y volver a llenarse. Pensó que era estrés, mala alimentación, cualquier cosa menos… aquello.
El primer evento serio ocurrió un martes. Mateo estaba en el supermercado. Una mujer a su lado elegía una bolsa de arroz. Él parpadeó.
Cuando abrió los ojos, la mujer ya no estaba ahí.
No se había ido:
había cambiado.
Ahora era un hombre, con una camisa roja, tomando un paquete de avena. El carrito era distinto. La posición de los productos en la estantería… también.
Como si el mundo hubiera cargado otra versión.
Mateo se quedó congelado.
Pero todos seguían actuando con normalidad.
Lo ignoró. O lo intentó.
El cerebro humano es experto en hacer eso: ignorar lo incomprensible.
⧫ El segundo parpadeo
Días después, iba en un bus. Miraba por la ventana. Un niño lloraba en los asientos delanteros.
Parpadeó.
Cuando abrió los ojos, el niño estaba riendo. Pero no solo eso:
El bus era otro.
Los asientos eran grises, no azules.
La ruta mostraba un destino distinto al que él conocía.
Lo peor fue mirar por la ventana:
Las calles eran… casi correctas. Como una copia mal hecha.
Las tiendas estaban ahí, pero con nombres ligeramente distintos.
Los colores de los autos parecían demasiado brillantes, como texturas sin sombreado.
Mateo tragó saliva.
¿Había soñado despierto?
¿Había perdido la memoria?
Pero sabía que no era eso.
⧫ El tercer parpadeo (el que cambió todo)
Ocurrió de noche, caminando hacia su apartamento. El cielo estaba demasiado claro para ser medianoche. Sintió un zumbido en el oído, un leve mareo.
Y entonces vino:
No fue un parpadeo, fue un apagón completo.
La realidad entera colapsó.
Primero:
silencio absoluto.
Luego:
cero luz, cero espacio.
Mateo no podía sentir su cuerpo.
No podía respirar.
No podía mover nada porque no tenía nada que mover.
Solo era un pensamiento atrapado en un vacío frío y matemático.
Intentó gritar, pero no tenía boca.
Intentó llorar, pero no tenía ojos.
Y en ese abismo imposible, escuchó pasos.
Pasos en un lugar sin suelo.
Una voz, neutra, profesional, habló junto a él:
—Quédate quieto. Estamos reiniciando la simulación.
Sí.
Lo llamó así.
Simulación.
Mateo sintió que el pensamiento que era vibraba, como un hilo suelto en una máquina gigante.
—¿Quién… quién eres? —preguntó, o pensó.
—Un operador —respondió la voz—. No deberías estar consciente aquí. Algo falló durante el parpadeo. Normalmente nadie lo nota.
Mateo intentó comprender las palabras, pero eran demasiado enormes.
—¿Qué es… esto?
La voz suspiró, molesta, como un técnico cansado de usuarios curiosos.
—Tu mundo. Tu realidad. Está siendo cargada nuevamente. Se corrompió una parte del entorno y tuvimos que restaurarlo.
Mateo sintió que algo lo rodeaba: líneas blancas que aparecían desde la nada, formando una cuadrícula interminable.
El plano del universo… sin texturas.
—¿Esto es real? —preguntó.
—Tan real como puede ser algo diseñado —respondió la voz—. Ahora guarda silencio. No quiero que el sistema te detecte fuera de contexto.
⧫ Revelaciones que no debía escuchar
Pero Mateo no se calló.
—¿Por qué existimos? ¿Por qué… yo?
La voz rió suavemente.
—La existencia es un subproducto. Un accidente que al usuario le pareció interesante. Le gusta ver cómo actúan los humanos cuando creen ser libres. Digamos que es un experimento… social.
La cuadrícula empezó a llenarse de color.
Primero el cielo.
Luego las calles.
Los edificios.
Todo volviendo a colocarse como piezas de un rompecabezas cósmico.
El técnico continuó:
—Cuando el reinicio termine, olvidarás todo esto. Es lo normal. Tu mente se resetea con el entorno. Pero intenta no hablar de lo que viste, ¿de acuerdo? Podrías desencadenar otro error.
Mateo sintió que era arrastrado hacia una luz enorme, como una pantalla cargando.
—Una última cosa —dijo la voz—. Si vuelves a notar los parpadeos… no intentes entenderlos. La simulación se protege a sí misma.
El sonido estalló.
La luz lo devoró.
⧫ De vuelta
Mateo despertó en su cama.
Despertador sonando.
Un día normal.
O eso parecía.
Se levantó con la sensación de haber soñado algo imposible.
Pero al llegar al baño, vio su reflejo…
Y en su muñeca, tenía una nueva cicatriz:
recta, perfecta, como hecha con una herramienta digital.
No recordaba haberla tenido.
El parpadeo volvió esa mañana.
Pequeño.
Un milisegundo.
Y Mateo, esta vez, tuvo miedo de abrir los ojos

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