"EFECTO ESPEJO"
Reseñas generalesEl reloj digital de la mesita de noche parpadeó: 3:03 AM. Elías se despertó con la certeza desconcertante de que algo en la habitación estaba mal. No era un ruido, ni un olor. Era una sensación de desajuste, como un piano desafinado en el fondo de su mente. Se levantó y caminó descalzo hasta el baño, encendiendo la luz. La fluorescencia parpadeó antes de estabilizarse, bañando el pequeño espacio en un blanco crudo. Se acercó al espejo y se lavó la cara con agua fría. Al levantar la vista, su aliento se detuvo. El reflejo le devolvía la imagen de su rostro empapado, pero había una sutil anomalía: su reflejo en el espejo era el de alguien que se levantaba de la cama, no el de alguien que acababa de lavarse la cara. Las arrugas en su pijama estaban invertidas. Las gotas de agua en su mejilla izquierda se reflejaban en la mejilla derecha de la imagen. Elías parpadeó. La imagen se corrigió. Ahora estaba perfectamente sincronizada con él. "Solo estoy cansado", murmuró, volviendo a la cama. A la mañana siguiente, la sensación de desajuste persistió. En el desayuno, mientras sostenía una taza de café, notó que el vapor ascendía, pero las motas de polvo que bailaban en el rayo de sol que entraba por la ventana parecían descender. Era un movimiento asimétrico, una danza incoherente. En la oficina, el pánico comenzó a escalar. Escribía un correo electrónico a su jefe sobre el informe semanal. Tecló las palabras: "Adjunto el informe final..." Pero al levantar la mirada a la pantalla, las palabras que aparecían eran: "El informe final es una ilusión..." Borró rápidamente las palabras, sintiendo un escalofrío. Escribió de nuevo la frase correcta. Esta vez apareció bien, pero el cursor se quedó parpadeando, y Elías tuvo la certeza absoluta de que no había sido él quien había borrado las palabras equivocadas. Decidió irse a casa temprano. Mientras caminaba por la acera, se detuvo ante un escaparate para atarse el cordón de un zapato. El reflejo del escaparate le mostró una calle vibrante: coches rojos y amarillos, gente hablando por teléfono, un perro jugando. Pero cuando levantó la cabeza para mirar la calle real, todo estaba en blanco y negro. No, no en blanco y negro. Estaba gris. Las personas se movían lentamente, las conversaciones eran susurros inaudibles. El perro era una figura estática. Elías se llevó las manos a la cabeza. ¿Qué era lo real? ¿La calle vibrante y colorida del reflejo? ¿O la quietud gris y silente de lo que percibían sus ojos? Con el corazón latiéndole como un tambor, dio un paso hacia el escaparate. Extendió una mano, decidido a tocar el vidrio, a verificar la frontera entre ambos mundos. Justo antes de que su dedo rozara la superficie, la figura del reflejo, la que estaba en la calle colorida, giró la cabeza y miró directamente a Elías. El reflejo sonrió. Y la sonrisa no era la de Elías. En ese instante, la realidad gris y silenciosa de Elías se desvaneció por completo. Solo quedó la luz colorida del reflejo, que ahora parecía envolverlo. Elías sintió que caía, no hacia el suelo, sino hacia el interior del cristal. Y en ese nuevo mundo, la primera cosa que hizo fue caminar hasta el siguiente escaparate. Se detuvo, miró su reflejo y esperó, con una sonrisa, a que su otro yo, el que seguía atrapado en la dimensión gris, se acercase a dudar de la realidad. La espera era la parte más divertida.




Comentarios 0
Todavía no hay comentarios.