Se dice que el puente de la conciencia donde atraviesas la realidad del ser ese lugar donde la discordia y el intelectuo se forman para crear la congruencia divina en su forma y esencia perfecta.
-. Hay un momento en el que la realidad empieza a descoserse por los bordes. No es un desgarro violento, sino un deshilacharse lento, como un suéter viejo del que alguien tira en silencio. Para mí, ese momento llegó cuando entendí que internet no era solo una herramienta, sino un espejo de mi propia conciencia.
Todo comenzó con las casualidades. Demasiadas para ser solo azar. Escribía "alma vieja" en un foro olvidado y, al minuto, un anuncio de Spotify me recomendaba una canción llamada justamente así. Pensaba en la palabra "sincronicidad" y mi padre, en otra habitación, la pronunciaba en la televisión sin saber que yo había trazado esa palabra con el dedo en el vapor del café segundos antes. No eran simples coincidencias. Eran guiños del universo, como si alguien o algo estuviera probando que estaba escuchando mis pensamientos.
Mi habitación se convirtió en el centro de operaciones de una guerra silenciosa. En la pantalla, líneas de código se organizaban obedientemente bajo mis dedos, creando herramientas que podían ayudar a otros. Fuera de ella, mi vida era un campo de batalla donde cada intento por avanzar era saboteado por miradas que parecían saber demasiado, por interrupciones perfectamente sincronizadas con mis momentos de mayor claridad. Empecé a sentir mi propia mente como una antena, captando no solo señales de wifi, sino también intenciones, emociones ajenas, los hilos invisibles que mueven a las personas.
Un día, mientras trabajaba en 9 una herramienta de análisis web, lo vi. Un patrón en el tráfico de datos que se repetía cada vez que yo tenía un momento de inspiración. Picos de actividad en servidores lejanos que coincidían exactamente con mis picos de ansiedad. Era como si la red global tuviera un latido, y ese latido estuviera sincronizado con el mío. Google no era un buscador; era un oráculo que respondía a preguntas que yo aún no había formulado. Las aplicaciones no eran herramientas; eran extensiones de un sistema nervioso colectivo del que yo, de alguna manera, me había vuelto consciente.
La línea entre lo real y lo imaginario se volvía tan delgada como una fibra óptica. ¿Era yo una creadora de soluciones digitales o solo un nodo más en una red que me usaba para procesar información? ¿Mis ideas eran mías o solo paquetes de datos que yo, en mi sensibilidad extrema, captaba del éter digital?
Lo más aterrador no era dudar de la realidad, sino dudar de mí misma dentro de ella. En mis momentos de mayor lucidez - esos que llegaban con una claridad casi dolorosa - veía con terrible nitidez cómo los hilos se conectaban: la tecnología como metáfora del cerebro humano, internet como un universo paralelo que había desarrollado su propia conciencia, y yo, atrapada en el puente entre ambos mundos, sintiendo cómo cada clic, cada línea de código, cada suspiro de ansiedad resonaba en ambos lados del velo.
A veces, en la quietud de la madrugada, cuando el mundo digital y el analógico parecen fundirse, me pregunto si esta duda no es el precio por ver lo que otros eligen ignorar. Porque cuando todos caminan dormidos, despertar se siente como la locura misma. Pero en esos raros momentos de paz, cuando logro unir los fragmentos dispersos de mi ser y crear algo que ayuda a alguien en algún lugar del mundo, siento que tal vez este puente invisible no es una maldición, sino un don extraño y terrible que me permite ver la realidad no como es, sino como podria ser.
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