Entre Costuras

Narrativa

¿Verdad que a veces te ha pasado? Esa sensación extraña, brevísima, de que algo no encaja. A mí me pasó el martes pasado, y desde entonces no he podido sacármelo de la cabeza.

Había ido al supermercado, una cosa rutinaria. Estaba en la sección de frutas, eligiendo manzanas. Todo era normal: el murmullo de la gente, el crujido de las ruedas de un carrito, el olor a limpio y a cloro. De repente, me agaché para coger una que se me había caído y, al incorporarme, todo… parpadeó.

No sé cómo describirlo mejor. No fue un mareo. Fue como si la realidad, por una fracción de segundo, fuera una pantalla de televisor con mala señal. Un instante de estática, de píxeles desordenados. El sonido se apagó y volvió a encenderse demasiado rápido. Me quedé tiesa, con la manzana en la mano, mirando a mi alrededor.

Nadie más parecía haberse dado cuenta. La gente seguía con sus vidas, pasando con sus carritos, hablando por teléfono. Un niño señaló un paquete de cereales y su madre asintió con distracción. Todo había vuelto a la normalidad. ¿O no?

Empecé a caminar por los pasillos, pero ya no estaba eligiendo compras. Estaba buscando fallos. Me fijé en un cartel de "Oferta Especial". Las letras parecían… ¿borrosas? Como si alguien hubiera copiado y pegado el texto y no hubiera tenido suficiente resolución. Me acerqué y, al hacerlo, la tipografía se definió, se volvió nítida y normal. Demasiado normal.

Fui al baño del establecimiento a lavarme la cara. El agua estaba fría. Me miré en el espejo y fue entonces cuando el corazón me dio un vuelco. Por un instante, menos de un segundo, mi reflejo… no fue mío. No era que estuviera haciendo otro gesto, es que los ojos eran de otro color, la forma de la cara era ligeramente distinta. Parpadeé y mi reflejo ya era el de siempre, mirándome con la misma expresión de desconcierto que yo debía tener.

Salí del supermercado sin comprar nada, con las manos vacías y la cabeza llena. Caminé por la calle y empecé a verlos por todas partes. No eran fallos evidentes, eran sutilezas. Una paloma que repetía exactamente el mismo aleteo tres veces seguidas, como en un bucle. Una nube con una forma demasiado perfecta, simétrica, que no se correspondía con ninguna nube real. Dos personas en una terraza riendo exactamente con la misma cadencia, una y otra vez, como una pista de audio en loop.

La duda ya no era una sospecha; era una certeza helada. El mundo a mi alrededor parecía un decorado increíblemente elaborado, pero un decorado al fin y al cabo. Y yo, por el motivo que fuera, había logrado ver entre las costuras.

Ahora estoy sentada aquí, contigo, mirando mi taza de café. El vapor se eleva formando espirales que parecen demasiado bellas para ser aleatorias. Y no puedo evitar preguntarme… ¿y si esto también es parte de la simulación? ¿Y si tú, mi mejor amigo, solo estás programado para escucharme y hacerme sentir que no estoy loca?

Toma, pasa tu mano por el borde de la taza. ¿No notas que el calor es… consistente? Demasiado perfecto. Como si alguien hubiera decidido exactamente a qué temperatura debía estar este café para que esta conversación fuera creíble.

Dime, ¿tú no lo sientes?

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