El quirófano
Reseñas generalesPodría decirles que todo empezó esa noche de hospitalización, la número 20 para ser exactos, mientras veía mi cuerpo como en las películas, pero sería mentirles.
Todo empezó años atrás, con un sueño recurrente que me situaba en un hospital en el que nunca había estado ni visto, pero que me llenaba de angustia. Siempre me perdía en él, en sus interminables escaleras; siempre despertaba muerta del miedo, pero nunca fue realmente importante hasta ese día.
Me diagnosticaron una enfermedad que necesitaba tratamiento quirúrgico, por lo cual estuve hospitalizada un poco más de un mes. Aunque era difícil por tener que parar mi vida y sufrir el dolor que caracterizaba esa enfermedad, lo estaba llevando muy bien. Tenía buen ánimo, y fecha para la cirugía. Un día, después de todos los medicamentos que recibía, caí rendida. Cuando desperté, no había nadie en la habitación, y era raro porque incluso tenía una compañera de cuarto.

Me quedé allí acostada un rato, pero la sed me hizo levantarme de la cama. Me acerqué a la mesa, bebí un poco de agua y, al regresar a la cama, quedé helada: allí estaba mi cuerpo como un reflejo. Pensé que debía ser efecto de los medicamentos o que quizás estaría soñando. Cerré los ojos y los abrí rápidamente, pero ahí seguía, acostada. Me distrajo la serenidad de mi cara, me convencí de que era un sueño y decidí salir de la habitación.
Para mi no grata sorpresa, no estaba en el hospital de mi ciudad, estaba en ese hospital de las interminables escaleras de mis sueños. Aunque asustada, terminé de convencerme de que era un sueño y empecé a caminar porque sabía cómo despertar: solo debía llegar a las escaleras y empezar a subir hasta desesperarme.

Caminé un poco; estaban todas las personas del hospital de mi ciudad, pero no era la misma estructura. Caminé en dirección a las escaleras y empecé a subir. Luego de subir dos pisos aproximadamente, vi una entrada, caminé hacia ella: área de quirófano. Era la primera vez que uno de mis sueños en ese hospital no terminaba en las escaleras, así que decidí seguir caminando. Toda el área estaba vacía. Un letrero en luces de neón llamó mi atención: estaba escrito mi nombre en las puertas de un quirófano. Sentí un poco de miedo, así que decidí volver a las escaleras y seguir subiendo.

Escalón a escalón, iba perdiendo un poco la respiración. Sentía que ya era el momento de despertar hasta que vi una entrada: era la entrada a mi habitación. La puerta estaba abierta y desde allí podía ver mi cuerpo en la cama.
Intenté acostarme encima de mi cuerpo y cerrar los ojos para por fin despertar, pero no lo conseguí. Empecé a tener un poco de miedo, a pensar que quizá había muerto o que estaba bajo los efectos de la anestesia y mi cirugía ya había empezado, pero no lograba recordar nada más que la noche anterior, cuando me había dispuesto a dormir.
La puerta de la habitación se abrió, entró un camillero alto y robusto, y cargó mi cuerpo hasta una camilla. Yo solo me quedé allí, caminé detrás de él, hasta el ascensor. Me estaban trasladando al quirófano; necesitaba despertar de ese sueño y volver a conectar con mi cuerpo, había llegado el momento de mi cirugía. El hombre me dejó en las puertas del quirófano. Muchos doctores se acercaban a mí, me estaban preparando para la cirugía, y aún no lograba conectar. Tampoco lograba respirar, mi pecho se sentía como aplastado.

Los anestesiólogos empezaron su procedimiento para dormir mi cuerpo y no entendía cómo podían hacerlo si solo estaba ahí tirado; parecía sin vida. Quería gritarles que no necesitaba esa anestesia, que no me tocaran. Intenté tirar todo de las mesas, pero mis esfuerzos eran inútiles.
Mi sangre se heló cuando entraron los cirujanos. No quería ver cómo abrían mi cabeza, pero tampoco era capaz de abandonar mi cuerpo. Tenía miedo de no poder regresar. Quería que todo parara. Empecé a gritar, a intentar volver a mí. En ese momento, ya no creía que fuera un sueño, pero tampoco sabía si era la realidad.

En mi intento desesperado por volver a mi cuerpo, solo pude quedarme sin respiración. Solo pude quedarme ahí acostada, mirando a los ojos a los doctores que estaban a punto de abrir mi cabeza. Cerraba los ojos una y otra vez, le pedía al cielo que todo se detuviera. Nada funcionaba, intentaba mover mis manos, intentaba pelear, pero era inútil.

Empezaron la cirugía y yo empecé a sentir cómo un artefacto caliente atravesaba mi piel. ¿Qué era lo que estaba sintiendo? ¿Dolor? ¡En verdad me estaba doliendo! Por favor, ¡ya paren, detengan esta tortura! ¿Acaso había muerto y era ese el infierno? Con ese pensamiento, me resigné a toda la escena que estaba viviendo: cortes, sangre, movimientos bruscos. Me entregué al sufrimiento de ese momento. Ya casi sin aire, cerré los ojos, escuché un silencio profundo y luego la voz alegre de mi mamá entrando a la habitación: "Ya todo está bien, hija". Abrí los ojos y estaba en cuidados intensivos. Tenía muchas máquinas conectadas a mí, me dolía mucho el cuerpo y la cara, tenía vendas en la cabeza. No entendía qué había pasado, pero ya había terminado.


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