Gresia

Reseñas generales

Capítulo 1

 Los días se deslizan uno tras otro, casi sin distinguirse. Me levanto con el sonido tenue del despertador, pero a veces me quedo un poco más en silencio, como si el mundo siguiera girando sin mí. La luz del amanecer atraviesa las cortinas, pero no logra traspasar esa niebla en mi mente. Me visto con ropa simple, unos jeans anchos de tiro alto, color negro y una camisa basica azul, sin muchas ganas de arreglarme o verme bien. No porque no quiera, sino porque me cuesta encontrar razones para ello.
El departamento está en orden. La limpieza me da cierta calma, aunque momentánea. Al encender la cafetera, el aroma me reconforta un instante, pero no basta para sentirme despierta del todo. Mientras tomo el café, reviso el celular; mensajes que parecen importantes, pero que respondo con desgano.
Evito las llamadas, respondo textos con monosílabos, como si mis palabras se hubieran agotado.
La mesa del comedor sigue vacía. Hace semanas que no me siento allí. Paso por ella evitando el lugar que antes era centro de risas y charlas. A veces me quedo mirando la silla vacía que mi familia deja cuando se fue. Recuerdo sus voces, sus risas, y la sensación cálida que ya no está. Todo eso quedó atrás, en otro tiempo, otro lugar. Ahora este espacio se llena de un silencio que pesa.
En la universidad, las clases se mezclan en un murmullo lejano. A veces siento que estoy ahí, escuchando, tomando apuntes, pero todo está nublado. Me esfuerzo por concentrarme, pero la mente divaga. Los proyectos, las entregas, parecen lejanas responsabilidades que no tengo fuerza para cumplir.
Mi mejor amiga Anna viene a buscarme de vez en cuando. Su energía es un contraste agudo con mi cansancio. Cuando llega, todo se ilumina un poco, pero esa luz no logra quedarse. Intento sonreír, participar, pero la sonrisa se siente ya como un acto. A veces me pregunto si ella sabe lo que realmente ocurre. No quiero preocuparla. No quiero preocupar a nadie.
Las noches son las más difíciles. El silencio se vuelve insoportable. Me acuesto y el peso en el pecho aumenta. Recuerdo momentos felices, conversaciones pasadas, planes que ya no tienen sentido. La soledad me envuelve, y sale a la superficie un vacío que se niega a ser nombrado.
Intento escribir, porque era algo que me hacía sentir mejor alguna vez. Pero las palabras no salen. El monitor en blanco me mira sin piedad, y la frustración se mezcla con la tristeza. Me siento atrapada en mi propio cuerpo, incapaz de salir de esta oscuridad que crece sin permiso.
A veces lloro en silencio, en la oscuridad de mi cuarto. Nadie lo sabe. Ni siquiera yo lo admito. Pero esas lágrimas queman, y después dejan un vacío aún mayor.
Cuando el día vuelve a comenzar, me levanto, sigo con la rutina y juego a que todo está bien. Un día más, una mentira más, un esfuerzo más por parecer normal.
Así vivo, atrapada en un ciclo donde la esperanza se disuelve lentamente, y la fuerza para seguir se vuelve un susurro casi inaudible. Pero sigo adelante, sin saber quién soy ya ni quién quiero ser, perdida en una lucha silenciosa que nadie ve, ni siquiera yo.

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