La Infancia Robada.

Reseñas generales

No todos los niños juegan.

Algunos aprenden a esconderse antes que a reír.

Aprenden que el pan no se gana, se mendiga.

Que el abrazo no se pide, se roba con la mirada.

Que el futuro no existe, porque el presente ya está hipotecado.

Los míos crecieron entre ladrillos rotos y colchones prestados.

Aprendieron a esquivar balas antes que preguntas.

Sabían distinguir el sonido de una patrulla del de un trueno.

Y cuando el cielo se abría, no pedían deseos:

pedían que no los encuentren.

La infancia es el primer botín del poder.

El sistema la roba sin balas, con televisión y hambre.

Te dicen que naciste libre, pero te enseñan a competir.

Te llenan de juguetes rotos y te vacían la imaginación.

Te dan una escuela que no educa, solo domestica.

Te enseñan a obedecer, a no llorar, a callar cuando duele.

Así empieza la fábrica de adultos sumisos:

niños que aprendieron a agachar la cabeza antes de entender por qué.

Yo lo vi.

Vi al pibe limpiando parabrisas bajo la lluvia,

con los ojos más viejos que el viento.

Vi al otro durmiendo en un vagón,

abrazado a un peluche que olía a humo y tristeza.

Vi a la nena que pedía monedas con la muñeca rota,

mientras un político sonreía en un spot de campaña prometiendo “igualdad”.

Y entendí que no se trata de pobreza,

sino de robo.

Un robo lento, planificado, disfrazado de destino.

Te roban la niñez para que no te rebele el alma.

Te la cambian por miedo, por obediencia, por culpa.

Y cuando creces, ya estás programado para aceptar la humillación como rutina.

Nadie habla del niño que vive dentro del preso, del cartonero, del adicto.

Nadie pregunta en qué momento se rompió la risa.

Solo juzgan el resultado, sin mirar el origen.

Pero yo los conozco: los vi jugar entre rejas,

inventando mundos con migas de pan y cables viejos.

Los vi dibujar soles en paredes húmedas,

como si todavía creyeran que afuera hay cielo.

Ahí, en esas miradas, vive la verdad:

la infancia nunca muere, la matan.

Y los que la matan no usan cuchillos.

Usan decretos, recortes, negligencias, indiferencias.

La burocracia es el verdugo más prolijo de la historia.

Un niño sin sueños es el triunfo del Estado.

Porque el que no sueña, no molesta.

El que no imagina, obedece.

Y el que obedece, sirve.

Así crían generaciones enteras:

sin memoria, sin pregunta, sin rebeldía.

Y después se asombran cuando esos mismos pibes crecen con bronca.

Los llaman “peligrosos”, “delincuentes”, “descartables”.

Les tiran más policía que libros,

más cárcel que futuro,

más miedo que pan.

Pero nunca se preguntan quién les robó la infancia.

Yo también fui uno de esos pibes.

No nací malo ni torcido.

Nací con hambre y con ojos grandes.

Con una madre que soñaba y un Estado que dormía.

Con una escuela que me expulsó antes de entender lo que era un recreo.

Con una calle que me adoptó sin condiciones.

Ahí aprendí la ley más vieja del mundo:

el que no roba, muere.

Y el que no pelea, desaparece.

No busques moral en mi historia.

Buscá el motivo.

El porqué un niño tuvo que convertirse en bestia para sobrevivir.

El porqué un pibe de ocho años aprendió a esconder cuchillos en vez de lápices.

El porqué los que más hablan de orden son los mismos que fabrican caos con

uniforme.

No es casualidad que el sistema no quiera niños felices.

Los niños felices hacen preguntas.

Y las preguntas son dinamita.

Por eso les llenan la cabeza de pantallas y religión.

Por eso los padres trabajan catorce horas y vuelven vacíos.

Por eso los barrios no tienen plazas, pero sobran comisarías.

Por eso la ternura se volvió un lujo, y la inocencia un peligro.

Una sociedad que teme a sus propios niños

es una sociedad que ya se rindió.

Y la Argentina hace rato que se rindió:

cuando dejó que los pibes coman basura,

cuando naturalizó que un chico duerma en la vereda,

cuando convirtió el hambre en estadística y la miseria en costumbre.

Pero hay pibes que todavía miran con furia.

Que no aceptan la herida como destino.

Que siguen dibujando soles, aunque nunca hayan visto uno sin barro.

Esos son los que me hacen creer.

Los que todavía cargan dentro el milagro de la inocencia rebelde.

Los que sueñan con algo más que sobrevivir.

Ellos son la amenaza más grande para los mercaderes de almas:

los niños que no olvidan su propio nombre.

Porque el que recuerda quién fue,

sabe quién puede volver a ser.

Y eso el sistema no lo soporta.

La infancia robada no se recupera,

pero se puede vengar.

Cada palabra escrita, cada muro pintado, cada reja desafiada

es una forma de devolverle al niño interno su voz.

Ese niño que un día creyó que el mundo era justo

y descubrió que la justicia estaba en venta.

Ese niño que se juró no agacharse más,

ni ante el hambre ni ante la culpa.

Ese niño que hoy escribe con la mano temblando,

pero con el alma firme.

Yo escribo por él,

por todos los que ya no pueden hablar,

por los que se quedaron en el umbral de su propia historia.

Por los que nunca tuvieron infancia,

pero aún así siguieron creciendo.

Por los que no tuvieron juguetes,

pero sí coraje.

No todos los niños juegan.

Algunos aprenden a luchar.

Y aunque les roben la niñez,

nadie puede robarles el instinto de libertad.

Ese instinto que crece callado,

que madura entre los escombros,

que espera el momento de romper la jaula.

 

Y cuando lo hace,

cuando el niño herido se levanta en forma de hombre,

no hay bala ni ley que pueda detenerlo.

Porque ya no pelea por él,

pelea por todos los que vienen detrás.

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