La isla ESTEIN

Reseñas generales

Todos en la costa hablaban de la Isla Estein. Quedaba a pocos kilómetros de la playa, casi siempre oculta por niebla espesa. Los pescadores más viejos aseguraban que antes tenía otro nombre, pero nadie lo recordaba. Nadie se acercaba, nadie quería hacerlo. Sin embargo, a Luca —un joven curioso de 17 años— la prohibición solo le despertaba más curiosidad.

Una noche de verano, junto a dos amigos —Mili y Rodri— decidieron remar hasta allá. Querían filmar un reto para redes, porque todo en la vida era likes y comentarios. “Nadie nunca fue, vamos a ser los primeros”, dijo Rodri.

La noche elegida, el mar estaba quieto como un espejo. La niebla comenzó a subir cuando estaban a mitad de camino. Mili quiso volver, pero Luca insistió.

—Solo un rato. Grabamos y nos vamos.

Al acercarse, la isla se veía… equivocada. Sus árboles eran torcidos, retorcidos, como si hubieran crecido evitando algo. El aire tenía olor a tierra húmeda y hierro. Al pisar la costa, el silencio fue inmediato. Ningún insecto, ningún pájaro. Ni el viento parecían permitirse entrar allí.

Grabaron chistes nerviosos mientras avanzaban hacia el centro. Entre la maleza encontraron una estructura vieja: restos de un pequeño hospital de piedra, sin puertas ni ventanas, sólo paredes agrietadas. En el frente se leía, cubierto de moho:

ESTEIN – 1932
Instituto de Aislamiento y Estudio Neurológico

—Qué nombre raro —susurró Mili—. ¿Aislamiento de qué?

Dentro estaba oscuro, pero no necesitaban luz… los pasillos brillaban ligeramente, como si la piedra transpirara luz propia. Las paredes estaban cubiertas con arañazos. No palabras, no dibujos. Marcas desesperadas. Como uñas rotas arrastradas una y otra vez.

Rodri, temblando, dijo:

—Dejemos de grabar.

Pero la cámara, por sí sola, siguió prendida, aunque él la apagaba. Y entonces escucharon pasos. Lentísimos. Arrastrados. Como si algo caminara desde el fondo del instituto hacia ellos.

Los tres corrieron hacia la salida… pero el pasillo parecía estirarse, alargarse, volverse un túnel infinito. Las paredes vibraban, susurrando palabras incomprensibles. Luca escuchó claramente su nombre.

Lu… ca…

Cuando lograron correr hasta la puerta, Mili giró para ver qué los seguía. No tenía rostro. No tenía piernas. Era una masa blanca, larga, que arrastraba restos de dedos que golpeaban el suelo como uñas contra madera. Su boca, donde debería haber ojos, se abría verticalmente.

La isla se alimentaba.

Corrieron a la barca. El mar, antes tranquilo, ahora se agitaba, como si quisiera expulsarlos o tragarlos. Subieron y remaron frenéticamente. La criatura no entró al mar… se quedó en la orilla, quieta, como flotando, observándolos sin ojos. Sólo esa boca.

Cuando llegaron a la costa, exhaustos, llorando, apenas podían hablar. Pero Rodri no resistió: se desmayó antes de hablar con la policía.

Días después, internado por ataques de pánico, comenzó a arrancarse las uñas. Decía que “la isla lo llamaba”. Que escuchaba pasos en los pasillos de su casa.

Mili desapareció dos semanas más tarde. Su habitación estaba llena de arañazos en las paredes, idénticos a los del instituto.
Las marcas terminaban en la ventana, abierta hacia el mar.

Luca intentó alejarse del pueblo. Se mudó tierra adentro. Pero cada noche, al cerrar los ojos, veía la silueta blanca esperando en la orilla. Escuchaba uñas arrastrándose por el piso de su habitación, aunque al encender la luz, nada había.

Hace tres días dejó de dormir. Escribió una nota:

La isla no nos deja ir.
No son fantasmas. Son pacientes.
Aún están aislados, pero ahora buscan salir.

La policía encontró su cama vacía. Al amanecer, pescadores juraron haber visto un bote pequeño remando hacia la niebla.

Nadie va a buscarlo.

Y si te acercás a la playa en noches sin viento, dicen que podés ver una forma blanca en la costa, quieta, esperando…
Porque la Isla Estein siempre llama a alguien nuevo.

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