Salsa destichada

Reseñas generales

Me encuentro más a gusto en las tascas humildes que en las elegantes cafeterías del centro. Los lugares perdidos en barrios periféricos te sorprenden más y están llenos de realidad aunque tengan menos opciones. Las segundas rebosan maquillaje y despilfarro (desde el lumínico hasta de productos de limpieza y ambientadores que intoxican incluso la cultura).

Como flâneur hambriento, vago por Santa Fe con el radar activado en la opción de cafés. Son las ocho y pico de la mañana de un día de finales de diciembre. Los adoquines están mojados del rocío de la noche. Tuerzo a derecha e izquierda apenas sin intención cuando, justo enfrente, un tipo sale calentándose las manos con un cafelito. Sin pensar, me cuelo en un bar de madera bien amortizada y decoración futbolera. La televisión da las noticias a las sillas vacías.

—Buenoh díah. ¿Qué va a ser? —me interpela el camarero con un inapelable acento andaluz.

—Buenos días. Un café con leche, por favor. ¿Tiene leche vegetal? ¿De soja, avena, almendras…?

—De Margarita —me contesta mirándome con fijeza.

Me quedo pensando si alguna vez había escuchado eso de «leche de margaritas». Ante mi cara de pasmado, el camarero me aclara:

—De la vaca Margarita. Disculpa, eh un chiste mumalo. No tengo leche rara. Lo siento.

—¡Ah! No lo había pillado… Bueno, está bien —respondo con resignación, ideando sin éxito devolverle el chiste con algo sobre la leche de melón—. Entonces, un café con leche normal y una tostada con aceite y tomate. Si tiene pan integral, mejor.

—No tengo pan. El chaval hoy llega tarde por algo…

—Bueno…, vale. Pues el café… —confirmo, aceptando las inclemencias de escoger tugurios por una rara mutación en mis genes.

Cuando pone mi taza en la barra, entra el técnico de la máquina tragaperras. El cantinero sale de su burladero y le explica la pila de fallos que da últimamente. Este le contesta que va a cambiar el billetero por uno a estrenar. La conversación entre ellos deriva hacia temas futbolísticos mientras intento seguir las noticias. El camarero se vuelve a su barra y sigue cascando a más volumen. Me mira como queriendo meterme en la conversación. Por cortesía, asiento y sonrío —todo con sutileza— sin tener ni idea de qué hablan. Me gusta jugar al fútbol infinitamente más que hablar de fútbol. Y no juego nunca.

Desde el púlpito de la barra, apoya las dos manos en la desgastada madera y nos explica:

—Soy der Betis hasta la muerte y hasta los güesoh. Y de verdad. No como esoh que dicen ser der Betis, pero que, cuando juega er Sevilla contra otro y gana, se alegran y tó.

Frunce el ceño y, como quien está dando una homilía, se dirige a los dos allí presentes:

—El que ehder Betis de verdá, se tié que alegrá de que er Sevilla pierda, juegue con quien juegue. Eso eh así, mi arma. Entre amboh equipoh no hay rivalidad sana. Somoh enemigoh. Sin compasión.

Con la máquina tragaperras con las tripas abiertas, el técnico le recuerda que algunos de sus amigos son del Sevilla. Y el barman aclara:

—Por supuesto. Cada cosa en su sitio. Yo a loh del Sevilla loh pongo a parir, pero luego, tan amigoh. Sabemoh hablá, sabemoj dialogá, sabemoh entendé la vía. No como loh políticoh de loh grandeh partidoh. Solo saben pelearse y mirarse zu’mbligo. Ni de coña piensan en ti o en mí. Solo barren pa zu partido; palah empresah que leh pagan bajo cuerda. Ahí lo dejo. Y quien se enfade, por algo será.

Solo pude seguir asintiendo como un perro del salpicadero. Al salir, pensé que habría que novelar aquella epopeya con su grandilocuente filípica

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