DAMN TIME - GENESIS
Reseñas generalesLa noche de un fatídico experimento científico, tres científicos de Nebraska crean accidentalmente una paradoja temporal. Quedan atrapados en un bucle de un minuto, reviviendo el momento antes de que el experimento salga catastróficamente mal. La Dra. Lena Petrova, una de las científicas, se da cuenta de que la única forma de salir del bucle es romperlo. Al tirar de la palanca de emergencia de la máquina, logra detener el bucle, pero la máquina es destruida y el laboratorio queda cubierto de un extraño polvo brillante. El experimento ha terminado, pero con un alto coste. Marcus, otro científico, sale a fumar con Lena, pero una chispa de su encendedor reacciona con el polvo, provocando una explosión que los mata a ambos y destruye el laboratorio por completo.
Años después, en enero de 2015, Antonio, un podcaster en busca de lugares espeluznantes para su programa, explora las ruinas del laboratorio. Allí, encuentra y toca un misterioso cristal oscuro que brilla con una luz violeta. De repente, el mundo parpadea y Antonio se encuentra de vuelta en el mismo lugar, como si el tiempo se hubiera reiniciado para él. Asustado, suelta el cristal, que se destruye, y el mundo vuelve a la normalidad. Él se despierta en su cama a la mañana siguiente, asumiendo que todo fue un sueño.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. Días después, se dirige a un estudio de arte abandonado para su podcast y se encuentra con un asalto en un callejón. Antonio, usando sus habilidades en artes marciales mixtas, interviene. Salva a la mujer de su atacante, pero ella, inesperadamente, lo apuñala varias veces en el estómago. Antonio muere, pero en el momento de su muerte, ve un destello de luz violeta y se despierta en su cama, una vez más, como si nada hubiera pasado.
El ciclo se repite. En un segundo intento, Antonio interviene en el mismo asalto, pero esta vez, el atacante no está inconsciente y se levanta para apuñalarlo repetidamente por la espalda. Antonio vuelve a morir, ve el destello de luz violeta, y se despierta en su cama, asumiendo que es una pesadilla. El reloj marca las 8:00 a.m.
Al darse cuenta de que no puede escapar de este bucle mortal, Antonio toma una decisión audaz: ya no intervendrá. A la noche siguiente, cuando escucha los mismos gritos de auxilio en el mismo callejón, decide dar la espalda y huir. Pero el destino se burla de él. Mientras corre, es atropellado por un auto, el impacto lo lanza directamente a su muerte en el mismo callejón. Una vez más, ve el destello violeta y se despierta en su cama, en la mañana del mismo día, con el reloj marcando las 8:00 a.m.
Pero ahora una nueva pregunta se presentaba: si ellos habían creado ese bucle, ¿qué otros bucles existían en el universo? ¿Y qué pasaría si un día, por accidente, volvieran a encontrar la forma de crear uno? La respuesta les provocaba escalofríos. Estaban al borde de un abismo de infinitas posibilidades, y un solo paso en falso podría condenar a la humanidad a revivir una y otra vez el mismo instante.
Marcus, decide salir del viejo laboratorio y va por un cigarrillo junto a la Dra. Lena, pero la chispa de su encendedor reacciono con el ozono liberado, causando una explosión tremenda, donde pierden las vidas los investigadores y su equipo el SPC quedo totalmente destruido, como consecuencia de la explosión el reloj quedo totalmente detenido a las 12:15 AM, en señal de aquella interrupción intempestiva producto de la explosión.
Nadie fue al laboratorio ni reconoció los cuerpos, ni los bomberos se aparecieron por el lugar del cual solo se consume hasta los cimientos dejando solo cenizas y algunas piezas esparcidas por todo el lugar de lo que un día fue un laboratorio de avanzada.
Capitulo II – El Conejillo de Indias
Aquella noche de enero de 2015, eran aproximadamente las 8:15pm la neblina se aferraba a los gastados adoquines de Nebraska como un sudario gris, empapando el aire con el salitre del Riachuelo y el inconfundible aroma a óxido y sueños olvidados.
Antonio, salía de casa como todas las noches a explorar sitios abandonados para su podcast, siempre buscaba alguna chatarra oxidada como recuerdo de su visita, mientras pateaba los escombros de un viejo laboratorio abandonado, esperando que la fortuna le sonriera con alguna pieza que coleccionar.
“El óxido se había comido la estructura de hierro, las ventanas rotas eran cuencas vacías que miraban al cielo plomizo”. Antonio iba narrando cada espacio del lugar, cada escena, cada rincón a fin de captar la esencia del lugar para su podcast, nunca había visitado este lugar, pero la desesperación por conseguir lugares oscuros y tenebrosos para su audiencia lo empuja a la aventura. Fue entonces cuando sus botas golpearon algo duro, algo que no sonó a metal corrompido ni a ladrillo desmoronado. Era un sonido denso, casi opaco, como el de una piedra pulida.
Se agachó, con sus manos aparto las capas de polvo y telarañas. Y ahí estaba. No era metal, no era de cobre o de hierro, ni piedra. Era un cristal oscuro, con una superficie que parecía absorber la poca luz ambiental.
Tenía una forma irregular y estaba un poco opaco por el correr del tiempo, su estructura era de un negro profundo, casi aterciopelado. No reflejaba, sino que parecía contener la oscuridad misma. No dejaba ver claramente en su centro, un diminuto punto de luz pulsaba con un tenue brillo violeta, como un corazón latente.
Antonio lo levantó. Era extrañamente ligero, casi etéreo, pero al mismo tiempo sentía una densidad gravitacional que tiraba de su palma. Una sensación de frío metálico recorrió su brazo, a pesar de que el objeto no estaba frío al tacto. La luz violeta en el centro se intensificó por un instante, y una imperceptible vibración recorrió el objeto, ascendiendo por su brazo y erizando los vellos de su nuca.
De repente, el mundo parpadeó. No fue un destello de luz, sino una discontinuidad. El olor a salitre se hizo más intenso por un instante, luego más suave. El aullido distante de un perro callejero se repitió, pero esta vez con una nota diferente, un matiz apenas perceptible que le heló la sangre. El adoquín bajo sus pies se sintió distinto, la rugosidad en el lugar incorrecto.
Antonio soltó un jadeo ahogado. Miró a su alrededor. Los edificios desvencijados, el cielo. Todo era igual, pero no exactamente. Era como si una película se hubiera saltado un fotograma, o como si hubiera despertado en una versión ligeramente distorsionada de la realidad.
La luz violeta en el objeto se atenuó, y Antonio sintió una especie de tirón, una punzada en la base de su cráneo. Su corazón latió con fuerza. Volvió a sujetar el objeto con ambas manos, concentrándose en el punto violeta. Pensó, sin saber por qué, en el momento exacto en que había encontrado el objeto, el segundo ante de levantarlo.
Y el mundo parpadeó de nuevo. Esta vez, el aullido del perro se repitió exactamente igual que la primera vez que lo escuchó. La neblina parecía haberse movido de una manera idéntica. Bajó la vista. Ahí estaba el escombro que había pateado. Ahí estaba el espacio vacío donde había estado el objeto. Y en sus manos, el objeto vibraba con una intensidad creciente, la luz violeta ahora una pequeña estrella en su mano.
Lo soltó, horrorizado, y el cristal cayó en el callejón con un sonido hueco. La luz violeta se atenuó rápidamente hasta desaparecer, y el cielo pareció estabilizarse.
El olor, los sonidos, las texturas... todo volvió a su normalidad familiar, si es que el olor a podredumbre alguna vez podía ser normal.
Pero Antonio no sabía lo que había sucedido. Había tocado algo que no debería existir o simplemente su memoria le jugaba un juego macabro, algo que quizás deshilachaba el tejido de la realidad. Miró el cristal, ahora totalmente destruido y oscuro en el suelo. Ya no era solo una vieja piedra de cristal, solo era escombros en sus pies.
Sin saber cómo, Antonio vuelve a su casa preguntándose que había pasado realmente esa noche, y no fue hasta las 8:00am que volvió en sí y se encontraba en su propia cama, desconcertado y aturdido por lo que había sucedido la noche anterior, opto por catalogarlo como un mal sueño.
Capitulo III – El Ángel de la Muerte
La noche se tragó la ciudad, dejando solo el brillo fantasmal de las farolas para guiar a Antonio. El aire tenía el olor húmedo de la promesa y el misterio, una mezcla embriagadora que siempre aceleraba su pulso. Se dirigía al antiguo estudio de una artista londinense que, según los rumores, se había ahorcado allí. Un lugar perfecto para su pódcast de lo macabro y siniestro, y, si tenía suerte, para encontrar una nueva pieza para su colección. Una pincelada de muerte, una partitura de desesperación.
Mientras caminaba, el eco de sus propios pensamientos lo acompañaba. ¿Qué encontraría? ¿Un pincel manchado de óleos? ¿Quizás un diario olvidado con los últimos suspiros de una musa atormentada? El crujido de sus botas sobre el asfalto era el único sonido, un ritmo constante que lo acercaba a la oscuridad.
Pero el silencio se rompió. No era el viento, ni el lamento de la ciudad. Era un grito, agudo y desesperado, que se desgarró en el callejón de la misma calle en la que estaba la noche anterior. Un golpe seco, otro y otro, como si alguien estuviera golpeando un tambor invisible. “¡Que alguien me ayude… auxilio!”, la voz de una mujer, rota por el terror.
Antonio se detuvo, su corazón golpeando con fuerza contra sus costillas. La curiosidad, siempre su fiel compañera, lo empujó hacia el callejón. Se asomó, su figura una silueta en la penumbra. Lo que vio le heló la sangre.
Un hombre con una riñonera negra y un cuchillo en la mano sometía a una joven. Ella luchaba, sus movimientos una danza frenética y desesperada por escapar de la muerte. Sus ojos, llenos de terror, se encontraron con los de Antonio por un segundo. Ese segundo fue suficiente.
Antonio no lo dudó. Los años de práctica en artes marciales mixtas le habían enseñado a reaccionar sin pensar. Con la fluidez de un depredador, se deslizó detrás del atacante, su mano un ancla alrededor de su cuello. La llave, precisa y letal, cortó el flujo de aire. El forcejeo del hombre se debilitó, sus músculos se aflojaron. El cuchillo cayó con un tintineo metálico en el suelo. El cuerpo se desplomó, inerte.
La chica, con el aliento cortado, tosía con violencia. Cuando se recuperó, la miró.
Sus ojos ya no tenían el mismo terror. Un leve gesto de gratitud, una inclinación de cabeza.
Antonio soltó al atacante, su cuerpo solo un bulto inerte en el suelo. Se inclinó hacia la chica, sus palabras un bálsamo en la noche: “¿Estás bien?”. Fue entonces, sin un gesto, sin un aviso, que el cuchillo que había empuñado ella apareció. Un destello plateado bajo la luz de la luna. Una puñalada en el estómago. Una. Luego otra. Y una tercera, un torrente de dolor que le dobló las rodillas.
El aliento se le escapó. Se presionó la herida con las manos, sintiendo el calor pegajoso de su propia sangre. El mundo se desvanecía en un torbellino de colores. La chica, su salvada, la que le había agradecido, lo miraba con los ojos vacíos, fríos como la muerte misma. Su gesto de gratitud ahora parecía una macabra burla. Antonio sintió que se iba, que la oscuridad que tanto había buscado, finalmente, lo encontraba a él.
Una eterna oscuridad se apodera de Antonio, mientras se encuentra en el umbral de la muerte, sus ojos se van cerrando tras las lágrimas, solo una luz violeta que parece parpadear a lo lejos es lo último que logran sus ojos ver, un leve destello, como un rayo que cruzo el firmamento, pero en cuestión de minutos o quizás segundos, Antonio recobra el aliento; se despierta en su cama, se revisa de pie a cabezas, no tiene rastros de heridas, golpes, nada. Es como si nada hubiese ocurrido, y cree que todo fue solo un mal sueño, una pesadilla muy lucida que atormento su noche, mas no recuerda como llego a su casa, el reloj marca las 8:00AM.
Capitulo IV – El Acoso de la Muerte
Empieza un nuevo día en la vida de Antonio, desayuna y va a su trabajo como de costumbre, decide revisar las grabaciones de su día anterior, pero no hay nada solo vacío, un silencio que no puede explicar, así que decide ir al sitio en donde una artista londinense perdió la vida, llega al sitio;” el polvo de la ausencia flotaba en el aire, pesado y denso, bailando en los pocos rayos de luz que se colaban por las ventanas empolvadas del estudio”. Empieza Antonio a describir el sitio, “La luz era de un gris enfermizo, como el que se posa sobre un cadáver. Aquí, en este lugar de paredes manchadas de pintura seca, el tiempo se había detenido el día en que Elara se había ido”. No había un olor a muerte, sino a algo mucho más sutil y perturbador: a sueños rotos, a lienzos inacabados, a la desesperación que había impregnado las paredes como una capa de barniz invisible.
El caballete, un esqueleto de madera, sostenía el último lienzo. Un autorretrato. Pero no uno de belleza y vanidad. En su lugar, Elara se había pintado a sí misma con ojos huecos, su piel una paleta de grises y azules, sus labios, una línea fina y torcida, como una cicatriz. La figura en el lienzo no miraba al frente, sino que se había girado, su cabeza ladeada en un ángulo imposible, la sombra de su cuello una mancha oscura y pesada. Era una representación de su final, una profecía que se había cumplido.
En el rincón, un cabestrillo de soga colgaba de un gancho del techo, como un recordatorio silencioso de la traición que había sufrido el cuerpo. Había un taburete volteado al pie del cabestrillo, como si se hubiera caído al terminar la tarea. La madera estaba marcada por el peso, un surco profundo que ahora servía como lápida de un acto final.
El aire estaba helado. No un frío físico, sino un frío que calaba los huesos, el residuo de la desesperación de un alma solitaria. El frío que solo puede existir en un lugar donde la vida se ha desvanecido. En el piso, esparcidos como confeti de un funeral, había pinceles, tubos de pintura, y algunas botellas de vino vacías. El caos era un reflejo de su mente en sus últimos momentos.
Los susurros de los visitantes, que se aventuraron en este lugar sagrado y maldito, no se perdían. En el silencio opresivo, se podía escuchar una voz femenina, aguda y melancólica, que tarareaba la misma canción una y otra vez. Era la melodía que Elara solía cantar cuando pintaba. La melodía ahora estaba entonada por el fantasma de una artista que se había quedado atrapada en su obra maestra más oscura: su propia muerte.
La oscuridad de la noche, que ahora se colaba por las ventanas, devoraba el poco color que quedaba en la habitación. Los ojos vacíos del autorretrato parecían cobrar vida, una mirada que te seguía, un juicio silencioso de quienes se atrevían a profanar el santuario de su final. El lugar no estaba embrujado, sino que era el hogar de la tristeza, la soledad y la desesperación de una artista que había encontrado la única paz que le faltaba en el lienzo final de su vida. Un lugar oscuro, hermoso y mortal, Concluyo su recorrido Antonio, había sido una hermosa experiencia y valió la pena visitar el lugar, estaba muy complacido ya que sabía que sus seguidores adorarían ese podcast. Al volver tarde en la noche a su casa, en otra fría noche de enero, Antonio camina por las calles de Nebraska, recorrió pocas cuadras, cuando escucha varios golpes secos en un callejón, lo asocio rápidamente con su sueño y piensa “ igual que en mi sueño “ se acerca sigiloso al callejón y ve como un hombre con una riñonera negra está sometiendo a una mujer joven que lucha por su vida, Antonio ve la escena y se detiene a pensar, “ y cree que se trata de una especie de “dejavu”, ya que ocurría exactamente la misma situación que en su “supuesto” sueño, pero nuevamente sin pensarlos dos veces decide involucrarse en aquella situación.
Con la fluidez de un depredador, se deslizó detrás del atacante, su mano un ancla alrededor de su cuello. La llave, precisa y letal, cortó el flujo de aire. El forcejeo del hombre se debilitó, sus músculos se aflojaron. El cuchillo cayó con un tintineo metálico en el suelo. El cuerpo del atacante se desplomó.
La chica, con el aliento cortado, tosía con violencia. Cuando se recuperó, la miró. Sus ojos ya no tenían el mismo terror. Un leve gesto de gratitud, una inclinación de cabeza, Antonio se inclinó hacia la chica, sus palabras un bálsamo en la noche: “¿Estás bien?”. Mas Antonio no llego a escuchar la respuesta de la joven, el agresor se había levantado del piso, pues no estaba inconsciente y se balancea sobre Antonio solo para apuñalarlo por la espalda no una, ni dos, ni tres, fueron múltiples puñaladas de manera consecutiva, mientras la chica grita de horror por aquella escena. Antonio cae en el suelo de aquel sucio callejón y siente que se va desvaneciendo, poco a poco va consumiendo los últimos alientos de vida, la chica llora y grita desconsolada al lado de Antonio, mientras pide ayuda, Antonio yace bajo un charco de sangre, El agresor rápidamente huye desesperado de aquel lugar, y cuando ya su rostro es recorrido por las lágrimas, y su vista se empieza a nublar conociendo que viene el final; una breve luz violeta parece parpadear a lo lejos en el firmamento es lo último que logran sus ojos ver, en cuestión de minutos o quizás segundos, Antonio recobra el aliento, es como si nada hubiese ocurrido, se despierta en su cama y nuevamente entre gritos y sobresaltos por lo sucedió, nuevamente cree que solo fue un mal sueño, aunque no recuerda como llego a casa o siquiera que ceno la noche anterior, es como si nada hubiese sucedido.
Mas se consuela escuchando su narración del podcast de la visita de la noche anterior, aunque esta vez cree que algo más pasa y que no fue una simple pesadilla lo ocurrido en aquel callejón, ya que recuerda todo muy vívidamente, con niveles de detalles nada normales para un sueño.
El Reloj marca las 8:00Am, es miércoles trece de enero, Antonio recuerda vivir y morir, en brazos de aquella chica que quiso ayudar en el callejón. Así que piensa voy a hacer todo igual, no me arrepiento de nada, pero si escucho algo cuando este de regreso a casa no intervendré solo seguiré mi camino, voy a cambiar las cosas.
Capitulo V – Rompiendo las Leyes
La rutina es un fantasma amable. Te susurra que todo está en orden, que no hay sorpresas en el camino. Antonio se aferraba a esa rutina como a un salvavidas. La ducha, el desayuno, el trayecto al trabajo, cada paso, un acto de fe en la normalidad. La tarde en el gimnasio, el sudor y el agotamiento, una forma de purgar los recuerdos, de enterrar la angustia. Al final del día, solo quería volver a casa. Pero la noche, esa noche de enero, tenía otros planes.
El aire frío le cortaba el rostro, un escalofrío que no provenía del clima. Sus pasos, pesados por el cansancio, se detuvieron abruptamente. Unos golpes secos. El eco de una pesadilla que se negaba a morir. "Igual que en mi sueño", la frase se repitió en su mente como una oración profana. La voz aguda, el grito desesperado. "¡Auxilio!". La curiosidad, siempre la curiosidad, lo atrajo hacia la boca del callejón, un abismo de sombras.
Y allí estaba. La misma escena, por tercera vez. Un hombre con una riñonera negra, el cuchillo, la mujer luchando. Un cuadro de horror pintado con los mismos colores. "Todo está pasando de vuelta", susurró, la realidad se disolvía en un bucle macabro. El miedo le heló el alma, el terror de revivir el dolor, la sangre, la traición. La memoria del metal perforando su abdomen, del calor pegajoso de su propia sangre, lo consumió. Se dio la espalda a la escena, a la súplica de auxilio, a sus propios valores y creencias. Su huida fue un acto cobarde y racional.
Corrió. La avenida era un río de luces cegadoras. Quería llegar a casa, a la seguridad de su puerta, de su rutina. Pero el destino, cruel y caprichoso, no estaba de acuerdo. Una luz en el semáforo que no era verde, un rugido de motor, una sombra que se abalanzó sobre él. El impacto lo lanzó por los aires, un muñeco de trapo en la noche. Cayó. No en la acera, sino en la boca de la bestia que había evitado. En el mismo callejón oscuro y sucio.
El cuerpo, destrozado por el impacto, encontró un lecho de inmundicia. La sangre caliente se escapaba de su abdomen, de su pecho, del rostro lacerado. Las heridas ardían, cada una un recuerdo de las puñaladas que había recibido en sus pesadillas. La misma sangre, el mismo dolor. No había nadie. El conductor, un fantasma cobarde, se dio a la fuga. La oscuridad se le echó encima, sus sentidos se apagaban uno a uno.
Con la vida escapándose de su cuerpo, con la derrota en sus venas, Antonio miró al cielo nocturno. una breve luz violeta parece parpadear a lo lejos en el firmamento. Con su último aliento, con un hilo de voz que se perdió en el aire helado, susurró una pregunta final: "Dios, ¿qué quieres que haga ante tal situación?". Sus ojos, cansados de la vida, se cerraron para siempre. Y la noche, al fin, lo reclamó. En cuestión de minutos o quizás segundos, Antonio recobra el aliento, es como si nada hubiese ocurrido, se despierta en su cama, nuevamente entre gritos y sobresaltos por lo sucedido, “Que fea pesadilla”, es como si nada hubiese sucedido, pero sigue recordando, recuerda haber vivido ese día, y que murió con esta tres veces, de diferentes formas, así que ya no sabe ni que pensar y simplemente cree que haga lo que haga, está destinado a seguir en este bucle interminable que parece repetirse una y otra vez el reloj marca las 8:00AM.
Capitulo VI – Infinito perfecto (El bucle)
El día se levantó como un fantasma familiar. El mismo sol, el mismo olor a café, el mismo crujido de las tablas del suelo. Un nuevo día en la vida de Antonio, o quizás, el eco de los tres días anteriores. La sensación no era de un déjà vu, sino de una condena. Los recuerdos de la sangre, del miedo, de la traición y del choque eran demasiado nítidos para ser un sueño. Era un bucle, una espiral perfecta de horror que lo devolvía al inicio, una y otra vez.
La rutina, esa dulce mentira que antes lo protegía, ahora era la jaula de su tormento. La misma ducha, el mismo desayuno, la misma caminata hacia un destino que ya conocía. Antonio se detuvo. La vida, como una cinta de vídeo, estaba en pausa. Decidió romper el guion. No iría a la oficina, no se sometería a la máquina de la rutina. Los teléfonos sonarían, las voces en el buzón de voz se acumularían, pero no importaba. Lo que importaba era el ahora.
En lugar de la monotonía, Antonio se permitió el lujo de la incertidumbre. El parque lo recibió con un manto de verdor, un escape de la ciudad de cemento y sus promesas rotas. El aire olía a tierra húmeda y a la libertad. El sol, que antes parecía un adorno en el cielo, ahora calentaba su rostro, una caricia de vida. Se sentó en un banco, un simple espectador de la vida que se desarrollaba a su alrededor.
Mientras su teléfono vibraba incesantemente, un eco distante de la vida que había decidido dejar atrás, Antonio tomó una decisión. No una decisión de trabajo, ni de gimnasio, sino una que venía del corazón. Llamó a su madre. Los años de silencio se desvanecieron en el sonido de su voz, un bálsamo para un alma herida. La conversación fue sencilla, un hilo que los unía de nuevo, un momento de calidez que no cabía en su bucle de pesadillas.
Por primera vez en lo que pareció una eternidad, Antonio sintió que el día era suyo. No era un día repetido, sino un día rescatado. Un día en el que el miedo se desvaneció, un día en el que la rutina se rompió, un día en el que la vida, a pesar de sus horrores, aún tenía un pulso.
Esa tarde de enero, el frío se disolvía en el aroma amargo del café. Antonio observaba la lluvia de la ventana, una melodía gris que lo mecía en la tranquilidad que tanto había buscado. Fue entonces cuando la vio. Un rostro familiar, un rostro que no debía estar allí. Un eco de su pesadilla, materializado en la cafetería de la esquina.
Era ella, la chica del callejón. La misma ropa, el mismo cabello revuelto, la misma mirada de terror que él había visto dos veces. Sus ojos, que habían sido un lienzo de desesperación, ahora brillaban con una luz propia, una chispa que lo atrajo de manera inexplicable.
Sin dudarlo, se acercó a su mesa. Era una locura, un acto impulsivo que iba en contra de toda lógica, pero ya había desafiado a la lógica al romper su rutina. Con un café en la mano, se presentó. "Hola, ¿podría invitarte a un café?". La pregunta fue sencilla, pero el peso del pasado se cernía sobre ellos.
Ella sonrió, una sonrisa luminosa que desvaneció la sombra del callejón. "Me llamo Ana", respondió, y en ese momento, la historia se reescribió. La conversación fluyó con una facilidad asombrosa, como si hubieran sido amigos de toda la vida. Entre risas y coqueteos, los minutos se convirtieron en horas. Hablaron de la vida, de sueños, de todo y de nada.
Pero Antonio no podía ignorar la verdad que lo había llevado a ella. Tomó una respiración profunda y, con el corazón latiendo a toda velocidad, le contó la historia. La del callejón, la del hombre con la riñonera, la de los golpes secos y los gritos desesperados. Le contó de su bucle, de las tres noches, de la sangre y el choque. El relato era oscuro y perturbador, una historia que no pertenecía a la luz de una cafetería.
Ana lo escuchó en silencio. Su sonrisa se desvaneció, sus ojos se abrieron en un asombro total. La sorpresa se reflejaba en su rostro, una máscara de incredulidad. "Estoy en shock", dijo, las palabras apenas un susurro. La realidad que Antonio vivía era tan ajena a la suya que parecía imposible. ¿Podría ser que el bucle solo lo vivía él? ¿O había una pieza del rompecabezas que aún faltaba? El misterio del callejón se había movido a una mesa de café, y el enigma apenas comenzaba.
Ana y Antonio, sumidos en su propia burbuja, no notaron la sombra que se cernía sobre ellos. Estaban demasiado absortos en las palabras, en el rostro del otro, en el descubrimiento de una conexión que parecía trascender el tiempo. El mundo exterior, con su caos y su violencia, era un eco lejano. Hasta que dejó de serlo.
Una voz, áspera y llena de celos, rompió la burbuja. "¡Ana!", el grito fue una puñalada en el aire tranquilo. Antonio alzó la vista. El hombre era el fantasma de sus pesadillas: la misma riñonera negra. Era un rostro desconocido, pero la rabia en sus ojos le era familiar. El hombre no esperó explicaciones. Sus celos, una criatura de la ira, tomaron el control. El clic de una pistola, el sonido de una muerte anunciada.
Antonio sintió un dolor sordo en el pecho, un calor pegajoso que se extendía. Uno, dos, tres disparos. El mundo se desintegró en un caos de gritos y mesas volcadas. La gente corría, una manada de animales asustados. Nadie se detuvo. Nadie lo miró. Antonio, herido y sangrando, era invisible.
El atacante, con una crueldad indiferente, arrastró a Ana fuera del café. Ella era un objeto, un trofeo en su mano. Y Antonio, su única ayuda, era un hombre que se desangraba en el suelo.
Antonio se arrastró, suplicando por ayuda en un lugar donde nadie lo escuchaba. A duras penas, abrió la puerta trasera del local. La luz de la tarde se desvaneció, reemplazada por la penumbra familiar del callejón. El mismo callejón sucio. El mismo lugar donde había muerto ya tres veces. El bucle, el círculo vicioso, se cerró con una ironía brutal. Antonio se desplomó en el suelo, el charco de su propia sangre una macabra alfombra.
El aliento se le escapaba, y con él, el resto de su vida. La luz violeta en el firmamento era su única compañía. Sus ojos se cerraron, una vez más, para siempre. El reloj de su mesa de noche anunciaba las 8:00 a. m. Antonio se levantó de golpe, con un grito ahogado. El corazón le golpeaba en el pecho. Las lágrimas, calientes y reales, le corrían por las mejillas. La familiaridad de su habitación, la calidez de su hogar era un bálsamo y una maldición. El bucle había regresado. La rutina, su guardiana silenciosa, lo había traído de vuelta. El juego había vuelto a empezar.
Capitulo VII – Maldito Tiempo (Damn Time)
El sol de las ocho de la mañana era un insulto. El mismo sol, la misma luz, el mismo día. Antonio se levantó de la cama, un autómata en la prisión del tiempo. La ducha fue un ritual vacío, el agua caliente una caricia inútil. El desayuno, un acto mecánico, el sabor del café una burla al paladar. Había intentado de todo: la rutina, la ruptura de la rutina, la huida, el enfrentamiento. Cada opción lo había llevado al mismo final sangriento, al mismo despertar.
Estar atrapado en un bucle temporal, reviviendo el mismo día una y otra vez, era una experiencia aterradora y desesperante. Con cada intento fallido de escapar, la cordura se desvanecería un poco más. Pero algo dentro le pedía que no se rindiera, Analizo su situación de una manera fría y calculada, busco entender y descifrar el propósito del bucle. ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué evento, persona o decisión es la clave?
Por un momento dejo de ser el protagonista de su propia historia para convertirse en un observador, Estuvo en lugares concurridos, parque o café, y nada funciono, observo a la gente. ¿Quiénes son? ¿Qué hacen? ¿Hay algún patrón en sus interacciones o movimientos que cambie cada día? Y no lo llevo a un final distinto. Luego Pensó “En cada bucle, hay algo que no pertenece a la rutina. un objeto, una persona o un evento que aparezca de manera extraña o diferente en cada repetición”. Algo que se salga de la norma. Recordo el pequeño destello Violeta que vio cada una de las veces en que su vida se desvanecia, mas no lograba entender como este fugaz e intermitente destello estaría haciendo todo este desastre del tiempo.
Todo lo intente y todo fallo, así que si no lo puedo cambiar, lo mejor será aceptar el bucle y encontrar mi propósito dentro de él. Tal vez, el bucle es una prueba, y la única forma de escapar no es huir, sino de encontrar la paz y el propósito en la vida que me ha tocado vivir una y otra vez. Pero sus opciones eran morir y sentir el mismo dolor cada noche una y otra vez.
La desesperación se había convertido en su única compañera. Ya no era un miedo visceral, sino una resignación fría y calculada. Era la hora de un nuevo intento, el más radical. El arma de su padre, guardada en una repisa para una emergencia que no sabía que llegaría. La sintió pesada en su mano, una extensión fría de su voluntad. No había lágrimas ni temblores, solo la calma de la resolución.
El cañón se sintió como el hielo en su sien, un punto de fuga en su prisión sin paredes. El mundo se detuvo, el tic-tac del reloj en su mesa de noche el único sonido. Todas las preguntas, todas las luchas, se resumieron en una sola palabra.
La pronunció, con un suspiro de derrota y de desafío.
“Damm Time.”
El disparo fue un eco en la quietud de la tarde. El día, por un momento, se hizo oscuro. Pero la luz volvió, con el mismo sol, con el mismo olor a café. Antonio, un autómata en la prisión del tiempo, volvió a despertar. Y el bucle, maldito, siguió su curso, el reloj marcaba las 8:00AM.
“la muerte no es el final del camino, aunque morimos no somos carne de un ciego destino.”

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