Real Sueño

Reseñas generales

No sé exactamente por qué decidí escribir esto hoy. Tal vez porque han pasado tres años desde aquella noche y todavía, de vez en cuando, escucho el mismo ruido cuando intento dormir. A veces pienso que lo soñé, que fue producto del cansancio o de la sugestión, pero otras noches, cuando el silencio es demasiado profundo, siento que algo me observa desde algún rincón oscuro de la casa.

Fue en la casa de mi abuela, una construcción vieja, de esas que parecen respirar por sí solas. Cada pared tenía grietas, y el techo parecía que se encogía con el paso del tiempo. Ese fin de semana fui a ayudarla con unas reparaciones. Ella ya estaba mayor, y no podía moverse con tanta facilidad. Me quedé en la habitación de la planta baja porque pensé que así sería más cómodo levantarme temprano para hacerle el desayuno y abrir las ventanas.

La primera noche fue tranquila, pero la segunda cambió todo. Me desperté alrededor de las tres y media de la madrugada. No sé si fue un sueño o un ruido lo que me sacó del sueño, pero el corazón me latía con fuerza, como si me avisara que algo estaba mal. La casa estaba completamente oscura, y solo un rayo de luz de la calle entraba por la cortina. Entonces lo escuché: un sonido áspero, como si arrastraran algo pesado por el pasillo.

Me quedé inmóvil unos segundos, tratando de convencerme de que era el viento o quizá el gato del vecino, pero el sonido se repitió, más claro, más cercano. Tomé el celular para usar la linterna y salí despacio de la cama. Cada paso que daba hacía crujir el piso de madera. Sentía el aire más denso, como si la temperatura hubiera bajado de golpe. Al llegar al pasillo, el olor cambió: era una mezcla extraña de humedad y metal, como el olor del óxido o de algo que lleva demasiado tiempo bajo tierra.

Cuando giré hacia la cocina, vi la puerta del sótano entreabierta. Estoy completamente seguro de haberla dejado cerrada ese mismo día. Me acerqué despacio, con la luz temblando en mi mano. Cada paso parecía más difícil. No quería mirar dentro, pero tampoco podía ignorarlo. Empujé la puerta lentamente.

El aire que salió de ahí era helado. Bajé dos escalones y pude ver el polvo en el suelo. Pero lo que me heló la sangre fueron las huellas. Eran pequeñas, como las de un niño descalzo, y se perdían en la oscuridad del fondo. No me moví. Sentí un zumbido en los oídos, y de pronto escuché un susurro, justo detrás de mi oído derecho. No eran palabras claras, solo un murmullo, pero sonó como si alguien intentara pronunciar mi nombre.

Me di la vuelta de golpe, pero no había nadie. La linterna del celular parpadeó un par de veces y se apagó. Corrí escaleras arriba sin mirar atrás. Cuando llegué al pasillo, todo estaba en silencio otra vez, como si la casa se hubiera tragado el ruido. Entré al cuarto de mi abuela y la encontré durmiendo profundamente, con el rostro sereno. Me acerqué y le toqué la mano: estaba fría. Por un momento creí que no respiraba, pero luego escuché su ronquido leve, igual que siempre.

Me quedé sentado en una silla frente a su cama hasta que amaneció. El café se enfrió, y yo no tuve valor de volver al sótano. Al día siguiente le conté lo que había pasado. Ella me escuchó en silencio, sin sorpresa. Cuando terminé, solo dijo: “Esa casa tiene memoria, hijo. A veces recuerda cosas que nosotros preferimos olvidar.”

Desde entonces no he vuelto a dormir allí. Pero cada tanto, cuando visito a mi abuela, evito pasar cerca de la puerta del sótano. No sé si el miedo sigue ahí… o si algo me sigue esperando adentro.

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