Eras tú
Reseñas generalesLlegué a ese lugar buscando una historia, pero encontré un principio. En la distancia, se adivinaba la civilización: un puñado de luces cálidas que parpadeaban como ojos felices. Eran hogares. Felicidad. Y justo allí, bajo un cielo vasto y negro que absorbía mi existencia, me sentí diminuto, un espectador al otro lado de un muro invisible, presenciando una fiesta ajena. Nadie de esas luces podía imaginar lo que se escondía en esa oscuridad.
La noche era un lienzo gélido, fría hasta los huesos y arriba, la luna llena compitiendo su color con las estrellas. Y a pesar del frío, el aire vibraba con una electricidad palpable.
El grupo ya estaba allí. Conversaban, reían, bebían. El ambiente era de expectación y de una alegría ruidosa, casi febril, acercándose a la hora de una visita esperada.
Entonces, el ritmo cambió. Los tambores rompieron con el murmullo, con su pulso grave, pegadizo y extrañamente discordante. No era una música para celebrar, sino para llamar.
Con cada redoble, diferentes personalidades, sombras o espíritus, se asomaron a través de la carne de quienes danzaban en el círculo.
Al principio era sutil, casi como un error que describe un paso torpe, una risa demasiado aguda. Pero pronto, sus movimientos se volvieron imposibles. Eran espasmos que desafiaban la anatomía humana, posturas que ningún cuerpo podría adoptar. Los rostros comenzaron a estirarse, a mutar en algo que no conocía la piedad, ni la alegría. Las expresiones faciales y corporales no eran de este mundo, si no de una contorsión primigenia de una posesión total.
Con cada golpe al suelo, retumbaba en mi pecho, puños desde dentro.
Una, luego otro, tras unos cuantos más cayeron al suelo, convulsionando y retorcidos de dolor, empujados hacia la oscuridad.
En el borde del círculo, entre las sombras de los que huían, solo quedaban mi temor paralizado y mi morbosa curiosidad. No podía dejar de mirar, no quería. Era la manifestación de lo que siempre se esconde.
Y en un instante, todo se detuvo. El silencio fue un golpe físico mucho más violento que los tambores.
Uno de los últimos danzantes, un hombre con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta en un grito silencioso y perpetuo, bajó lentamente la barbilla. Su mirada, un vacío oscuro y brillante, se centro en mí.
Me traspaso, me desnudo, me vio como nadie me había visto jamás.
Y entonces, desde ese cuerpo retorcido y ajeno, vino la voz aguda, seca y amplificada: “Vete a casa”.
Desperté. Desorientado. Mi cabeza era un yunque y cada músculo de mi cuerpo protestaba con el punzante recuerdo de la noche anterior. La desorientación era tan densa como una niebla, pero la rutina, ese ancla de lo cotidiano, tiraba de mí. Una tristeza profunda, tan pesada como un bloque de cemento en mis hombros, me daba la bienvenida al día, arrastrando consigo un millar de pensamientos desordenados. Era el peso de una realidad que me esperaba, una que se sentía enfermiza.
De pronto, un sonido hirió el silencio de la casa.
Mi perra, Maga, un animal que jamás ladraba sin motivo, estalló en una furia sorda. Ladraba con un tono desesperado, no de territorialidad, sino de alarma, como advirtiendo de un intruso que ya había cruzado el umbral.
Me puse en pie, el cuerpo rígido por el dolor y la memoria reciente. Me dispuse a ir a la sala, a verificar, cuando la escuché.
La voz.
Era esa misma voz: aguda, metálica, sobrenatural. Había resonado en el campo abierto y ahora vibraba en las paredes de mi propia casa, alcanzando hasta mis huesos. No pude moverme. Me pegué a la pared, respirando superficialmente, intentando fusionarme con la sombra.
Los ladridos de Maga se quebraron.
Se convirtieron en un lamento, un chillido corto y luego... el silencio. Un silencio denso y viscoso, peor que el estruendo. ¿Qué sucede? ¿Qué le ha pasado? El terror me apretó la garganta.
Entonces, el sonido que reemplazó a Maga.
Toc. Toc. Toc.
Pasos. Lentos, deliberados, acercándose.
Mi corazón se aceleró, golpeando cómo puños desde dentro, replicando el ritmo peculiar de los tambores de la noche. Cada latido era un martillazo. El eco de los pasos se hizo más fuerte, más cercano. Estaba muy cerca.
Me encontraron.
Una figura se interpuso en el marco de la puerta, proyectando una sombra alargada y distorsionada sobre mí. No era el danzante, pero llevaba la misma marca. Me miró, y no había juicio, solo una invitación fría.
Extendió la mano hacia mí.
—Ven conmigo.
Sin saber por qué, con una obediencia que venía del miedo más puro, la seguí.
Me guio a la habitación de al lado. Una habitación que no recordaba existir.
Lo que me mostró era un cuerpo, mi cuerpo. Estaba demacrado, enfermo, agonizando en la cama. Vestía con las ropas que yo había usado en el pasado. Era un reflejo patético y sufriente de mí mismo.
El ser me tomó del mentón y me obligó a mirar la forma que se consumía en la cama. Entonces, la voz aguda y penetrante susurró, no a mis oídos, sino en mi mente:
"Eras tú. Siempre fuiste tú la visita esperada."
Y en ese instante, comprendí. Yo no había regresado a casa. Había sido liberado de ella. Y el dolor y la tristeza que me pesaban al despertar no eran del día a día, sino los últimos vestigios de un cuerpo que yo había dejado atrás. El ritual no había convocado a nada externo, solo había cortado el lazo. Yo era el intruso.


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