En ese pasillo
Reseñas generales
He tenido varias experiencias aterradoras a lo largo de mi vida. La última, de hecho, fue hace nueve años, en un apartamento anexo al segundo piso de lo que fue la casa de mi abuela materna.
Pero no es allí donde surgió lo que le voy a expresar a continuación.
Ya hace unos veinte años atrás, rondaba más o menos el año 1997. Me encontraba de vacaciones en el pueblo donde vivía en ese momento mi madre, junto con mi sobrina. Tenía alrededor de veintitrés o veinticuatro años, y con un par de meses de embarazo decidí aventurarme a dormir sola en una de las antiguas habitaciones que habían pertenecido a mis hermanos.
La noche transcurría normal. Mi sobrina y mi madre yacían en el cuarto contiguo al donde estaba yo. Ya me habían sugerido en la tarde que podía dormir con ellas si quisiese, pero como siempre he tenido fama de valiente, les dije tranquilamente que no se preocuparan, que perfectamente podría dormir sola.
No sé cuánto tiempo transcurrió desde que se apagaron las luces. Un apagón general nos sumió en una oscuridad absoluta.
Sin electricidad, era evidente que no solo traería el calor, sino también a los mosquitos. Y así pasó: poco a poco se acomodó la plaga a mi alrededor, a tal punto que me despertaron. Me dio ganas de orinar, pero tenía mucha flojera de levantarme en plena oscuridad.
Por suerte, la luz volvió nuevamente, y otra vez pude divisar el reflejo que rebotaba cerca de la pared del frente, proveniente del poste más cercano. Ya decidida, y sin excusa por la falta de visibilidad, me levanté para ir al baño. Lo tenía tan cerca, que no era más que dar un paso al frente, luego unos ocho pasos hacia el norte y volverme a la derecha; allí dar dos pasos hasta la puerta, cruzar el pasillo y encontrarme frente a frente con la entrada del baño.
Mientras pensaba en ello, escuché cómo alguien se desplazaba por el pasillo. Como tengo buen oído, supe enseguida que estaba descalzo, por el sonido de las pisadas que comenzaban con los tobillos, luego el talón y finalmente la planta del pie. Me dije: este pie es del tamaño de un pie de hombre, y aquí solo habemos tres mujeres.
Tragué grueso y agudicé más el oído, tratando de percibir hasta dónde se dirigían esas pisadas. Para mi sorpresa —y terror—, los pasos iban más allá de mi habitación y luego se devolvían, recorriendo ambos extremos del pasillo.
Mi corazón comenzó a apretarse, los latidos resonaban con fuerza, el terror me invadía de pies a cabeza. Sentía que en cualquier momento podría entrar y… Y no me quiero imaginar. Cerré los ojos y oré mentalmente.
No sé cuánto tiempo pasó. Pudo haber sido solo unos minutos, pero yo lo sentí una eternidad. No veía la hora en que, fuera lo que fuera lo que andaba recorriendo el pasillo, se marchara. Sentía que no podía contener más las ganas no solo de orinar, sino de llorar… y hasta de gritar.
Una vez más, pisadas claras y firmes se acercaban a la puerta de mi habitación, seguían más allá, se devolvían y se iban luego al otro extremo. No sé si esperando a que yo saliera. Cubrí mi cabeza totalmente con la sábana.
En eso escuché que alguien salió de la habitación contigua y grité con desesperación:
—¿Mamá, eres tú?
Ella inmediatamente respondió:
—Sí… ¿Qué pasa?
Dios escuchó mis plegarias, pensé.
Y enseguida le dije, casi llorando:
—Mamá, tengo ganas de orinar.
Ella respondió:
—Pues ven, que ya salgo.
A lo que le dije:
—Pero no te vayas, espérame.
—Bueno —dijo.
Y así hicimos. Yo salí y mi mamá esperó a que hiciera pis, y se quedó en el pasillo.
Apenas salí, me preguntó:
—¿Qué te pasó?
No me contuve más y empecé a llorar:
—Mamá, es que había alguien… o algo… recorriendo el pasillo. Se paraba en la puerta, seguía, se devolvía hasta llegar al final… perdí la cuenta de cuántas veces lo hizo. Creí que en cualquier momento iba a entrar a mi habitación.
Mi mamá dijo, espantada:
—¿Qué?
Y enseguida caminó rápido hacia su cuarto. Yo la seguí, por supuesto, sollozando aún por los nervios.
Ella me dijo:
—¡Qué bolas tienes tú! ¡Me vas a decir eso después de dejarme esperándote en el pasillo!
Le respondí:
—Ay, mamá, perdón… Es que si te decía, lo más probable es que ni te hubieses aguantado y me dejaras sola en el baño.
Ella sabe, con toda certeza, que jamás fui —ni he sido— miedosa. Al contrario: siempre “jugué” con esas cosas. Ella sabe que lo que viví, lo que escuché y sentí, fue cierto. Así que se espantó igual… o hasta más que yo.


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