Turno de noche
Reseñas generalesNunca creí en los fantasmas, pero sí en los lugares que parecen absorber lo que pasa dentro de ellos. El supermercado donde trabajo de día no tiene nada de especial: pasillos rectos, música suave, olor a detergente. Pero de noche, cuando apagan las luces de mitad del local y el aire se vuelve espeso, todo cambia.
Me pidieron cubrir un turno nocturno porque Carlos, el encargado, no había vuelto desde la semana anterior. Nadie sabía si renunció o si simplemente desapareció. Katerin, la jefa, habló rápido, nerviosa. “Solo será una noche, Juan. Revisa inventario y deja todo cerrado”. Acepté sin pensar demasiado.
A las once, el silencio del lugar se sentía antinatural. Los refrigeradores zumbaban como un murmullo constante y las luces parpadeaban en la sección de productos congelados. En el suelo quedaban marcas de ruedas, como si hubieran movido un carro grande minutos antes de que yo llegara.
Empecé a revisar pasillo por pasillo. En el tercero, donde estaban los cereales, escuché pasos. No fuertes, sino arrastrados, como si alguien caminara descalzo sobre linóleo. Me asomé. Nada. El sonido se repitió, esta vez detrás de mí. Di media vuelta… solo la caja de cobros, vacía.
Seguí el protocolo: revisé cámaras. Una mostraba un destello, una figura que cruzaba entre los pasillos 5 y 6, pero la imagen se congeló por unos segundos antes de volver a la normalidad. Pensé en un fallo de conexión o interferencia; no era raro. Pero la figura… tenía la postura encorvada de Carlos.
En el depósito, el olor a humedad era más fuerte. La luz del techo titilaba, iluminando por momentos el reflejo de una superficie metálica: una puerta de cámara frigorífica abierta apenas unos centímetros. Adentro, el aire era tan frío que dolía al respirarlo. Sobre el suelo había un delantal con manchas oscuras ya secas y una etiqueta con su nombre: Carlos.
Intenté convencerme de que era coincidencia. Lo guardé, cerré la puerta y regresé al mostrador. Pero algo no cuadraba: el sensor del pasillo 3 se activaba solo, marcando movimiento donde no había nadie. Las puertas automáticas se abrían a veces unos centímetros y luego se cerraban con un chasquido brusco, como si el edificio respirara.
A las 3:17 de la madrugada —lo recuerdo exacto— escuché mi nombre. No un grito, ni un susurro: una voz baja, cansada, proveniente del intercomunicador del depósito. “Juan… no entres…”.
No debía haber nadie conectado a ese canal.
Apagué el sistema y esperé la mañana. Cada minuto fue eterno. Cuando la luz del sol entró por los ventanales, parecía que el edificio exhalaba conmigo. Katerin llegó temprano; traía el rostro pálido. Me contó que habían encontrado a Carlos esa noche, justo antes del amanecer, cerca del río. No recordaba nada. Tenía marcas en los brazos, como quemaduras leves por frío extremo.
Después de eso, no quise volver a cubrir el turno nocturno. No por miedo a fantasmas, sino porque entendí que algunos lugares se quedan con las sombras de lo que ocurre entre sus paredes. Y, de algún modo, cuando cae la noche, esas sombras se mueven solas.




Comentarios 1