El velo negro

Reseñas generales

Nunca he sido de las personas que cree en fantasmas, apariciones o cualquier tipo de cuento de viejas. Siempre he sido una mujer de ciencia, de hechos concretos y de la lógica irrefutable. O, bueno, eso creía hasta hace tres semanas. Ahora, si me preguntas, te diré que hay cosas en este mundo que desafían toda explicación y que se esconden en la oscuridad, esperando.

​Todo empezó con la herencia de mi abuela Elvira. Ella era una mujer excéntrica, por decir lo menos. Dejó la mayor parte de su fortuna a una docena de refugios de animales, y a mí, su única sobrina nieta, me legó una propiedad: una casa de piedra antigua en las afueras, cerca del viejo cementerio de la colina. Era una ruina, a decir verdad. Grande, sombría, con un jardín que parecía una jungla y con esa atmósfera densa y pesada que solo tienen los lugares donde el tiempo se ha detenido.

​Decidí ir a limpiarla y tasarla. Mi plan era venderla cuanto antes.

​El primer día, la luz se iba y venía. El aire era frío, incluso para ser octubre. Mientras barría el polvo de lo que parecía ser la biblioteca, encontré una pequeña caja de madera de ébano, oculta bajo una tabla suelta del piso. La abrí. Dentro, solo había un objeto: una medalla de plata deslustrada con un grabado borroso, que al examinarlo de cerca parecía ser la imagen de un rostro severo enmarcado por un velo.

​No le di mucha importancia. Guardé la medalla en mi bolsillo y seguí trabajando hasta el anochecer.

​Esa noche, me quedé a dormir en la casa para ahorrarme el viaje de vuelta. Preparé un catre improvisado en la sala principal. El insomnio me atrapó. Alrededor de las tres de la mañana, lo escuché por primera vez.

​Era un sonido sutil, pero inconfundible: el arrastrar de algo pesado en el piso de arriba, sobre mi cabeza. Como si alguien estuviera moviendo un mueble. Me levanté. "Solo debe ser el crujir de la madera vieja," me dije, tratando de sonar convincente. Volví a la cama.

​Entonces, el sonido cambió.

​Ya no era un arrastre. Era un paso. Lento. Metódico. Un golpe, silencio, golpe, silencio. Y, de pronto, se añadió un segundo sonido: un susurro. No pude distinguir las palabras, pero era un murmullo bajo, grave y continuo, como un lamento rezado.

​Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Tomé la linterna y subí la crujiente escalera.

​El pasillo del segundo piso era un túnel de sombras. La linterna apenas disipaba la negrura. Fui a la habitación de donde venían los ruidos, la principal. La puerta estaba entreabierta. La empujé.

​La habitación estaba vacía. No había muebles que mover, solo polvo. La ventana estaba cerrada. El sonido, sin embargo, se había intensificado. Ahora parecía provenir... del final del pasillo, de la habitación más pequeña, que mi tía abuela usaba como una especie de pequeño oratorio.

​Me acerqué a esa puerta. El susurro era ahora más claro. Eran palabras en latín, viejas y guturales. Y el aire era helado, tanto que mi aliento se condensaba.

​Llevé la mano al picaporte. Estaba congelado.

​Justo cuando iba a girarlo, el susurro se detuvo abruptamente. Hubo un silencio tan absoluto que me dolieron los oídos. Y entonces, escuché una voz.

​No era el susurro. Era una voz cristalina y antigua, que parecía venir de dentro de la habitación, pero también de mi propia cabeza.

​—Me has encontrado, pequeña ladrona—

​Me quedé paralizada. Mi corazón se desbocó contra mis costillas. Mi mente, mi lógica, se desintegraron.

​Abrí la puerta de golpe, alumbrando con la linterna.

​La habitación estaba completamente vacía. No había nada. Solo una mancha de humedad en la pared y el piso de madera.

​Pero en la pared, justo en el centro de la mancha de humedad, había un dibujo borroso, como si alguien hubiera raspado la pintura: era el perfil de una mujer con un velo, la misma imagen de la medalla que tenía en mi bolsillo.

​Salí de allí como alma que lleva el diablo. Bajé las escaleras a ciegas, tropecé con el catre y me metí en el coche. Conduje sin rumbo hasta el amanecer.

​A la mañana siguiente, busqué en internet sobre la casa. Descubrí una leyenda local que mi tía abuela nunca mencionó: hace casi cien años, la casa había sido el hogar de una joven novicia llamada Hermana Faustina, conocida por su devoción extrema y sus prácticas de ayuno casi inhumanas. La leyenda dice que fue acusada de herejía por una interpretación oscura de ciertos textos y que fue confinada en esa pequeña habitación antes de... desaparecer. Nadie supo si huyó o murió allí. Los locales le pusieron el apodo de "La Novicia del Velo Negro".

​Por supuesto, decidí no volver. Llamé a un agente inmobiliario y le dije que se encargara de todo. Me negué a pisar esa propiedad de nuevo.

​Una semana después, estaba en mi apartamento, tratando de volver a la normalidad. Estaba preparando café cuando noté que algo no estaba bien.

​La medalla de ébano que había encontrado. La había dejado en la mesa de noche.

​Ahora, estaba sobre mi encimera de la cocina, justo al lado de la cafetera.

​Pensé que la había movido yo sin darme cuenta. Intenté convencerme de eso.

​Esa noche, cerré todas las puertas con llave y me acosté temprano. Pero no pude dormir. Había una frialdad penetrante en mi habitación que no se iba con la calefacción.

​Y luego, lo escuché. El mismo sonido.

​El paso.

​Golpe. Silencio. Golpe. Silencio.

​No venía de arriba. No venía de los pasillos. Venía de dentro de mi armario.

​Me senté en la cama, sudando frío. Sabía que no estaba soñando.

​La puerta de mi armario, que había cerrado antes de acostarme, se abrió muy lentamente, con un chirrido agónico.

​La oscuridad de la habitación se hizo más densa en la abertura del armario. Y de esa negrura, vi emerger algo.

​Era una figura alta, enfundada en un hábito monacal negro, tan oscuro que parecía absorber la poca luz que entraba por la ventana. No podía distinguir el rostro, porque estaba cubierto por un velo, un velo negro tan espeso que no parecía tela, sino una sombra solidificada.

​Se quedó allí, inmóvil, por un largo y terrible momento.

​Y entonces, extendió una mano huesuda, pálida y con uñas largas y amarillentas, hacia mí. En esa mano, sostenía mi medalla de plata.

​Y la voz, esa voz helada y cristalina que había escuchado en la casa, llenó la habitación:

​—Mi propiedad es sagrada. Me perteneces ahora—

​Y ahí es donde mi mente colapsó. Grité, me lancé fuera de la cama y corrí fuera del apartamento.

​Ahora estoy en un hotel, lejos. Y no puedo librarme de la sensación. La medalla ha desaparecido, por supuesto. Pero cada noche, a las tres de la mañana, no importa dónde esté o qué tan fuerte cierren las puertas, escucho un susurro frío que parece penetrar mis huesos, justo fuera de mi habitación.

​Es el sonido de un rezo ininteligible, lento y lleno de una devoción de ultratumba.

​Y a veces, cuando parpadeo, juro que puedo ver un velo negro al borde de mi visión, justo antes de que lo sienta.

​Ella ya no está en la casa de piedra. Está aquí. Y no se va a ir hasta que recupere... ¿qué?

​No quiero saberlo. Solo sé que, ahora, sí creo. Y mi infierno tiene forma de monja.

 

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