El espejo
Reseñas generalesNo sé si fue por necesidad, por casualidad, o simplemente por destino, pero aquel día decidí mudarme solo a una casa antigua en las afueras del pueblo. Había pasado meses buscando algo tranquilo, algo mío. Lo encontré en un anuncio apenas visible, publicado en un foro viejo de internet, como si no quisiera ser encontrado.
La casa era vieja, pero estaba en pie. De dos pisos, con madera crujiente y ventanas polvorientas, parecía llevar siglos esperando que alguien la habitara de nuevo. No tenía vecinos cerca, lo que al principio me pareció ideal. Nadie molestando, nadie haciendo preguntas.
Los primeros días pasaron sin problemas. El silencio era casi terapéutico. Solo el viento entre los árboles, el crujido habitual de la madera... y mi respiración.
Pero la primera noche todo cambió.
A las 3:17 AM, me desperté sin razón aparente. No hubo ruidos fuertes. No hubo luces. Solo abrí los ojos como si alguien me hubiese llamado. Me senté en la cama, confundido, con el corazón acelerado.
Fue entonces cuando lo escuché: una voz tenue, muy cerca de mí... como un susurro.
“¿Estás despierto…?”
Me quedé congelado.
No era una voz en mi cabeza. Lo sentí cerca. Demasiado cerca. Volteé lentamente hacia el espejo del armario al lado de la cama. Todo parecía normal… excepto que yo no me estaba moviendo en el reflejo.
Mis ojos no se podían despegar del espejo.
Yo —mi reflejo— seguía sentado, inmóvil, mirándome fijamente. Pero no con mis ojos. Con unos ojos más vacíos, más fríos. Sentí cómo un escalofrío me subía por la nuca.
Parpadeé. Una vez. Dos veces. Nada. El reflejo no me imitaba.
Me levanté con cautela, sin apartar la vista del cristal. Cada paso que daba hacia el espejo se sentía como un desafío a lo que fuera que estaba del otro lado. Cuando estuve a unos centímetros, mi reflejo finalmente reaccionó. Sonrió.
Yo no.
Retrocedí. Tropecé con la cama y caí sentado. Cerré los ojos con fuerza, intentando convencerme de que estaba soñando. Que era una alucinación causada por el estrés, el cambio de casa, el cansancio.
Pero cuando los abrí, el espejo ya estaba oscuro.
No había reflejo alguno. Ni el mío... ni el otro.
Solo una negrura espesa, como si el cristal ya no reflejara, sino que mirara.
Esa noche no volví a dormir.
Al amanecer, me levanté con la mente hecha un caos. Busqué explicaciones lógicas: espejismos, parálisis del sueño, imaginación hiperactiva. Nada me convencía. Decidí revisar la casa más a fondo. Algo dentro de mí sospechaba que esa casa guardaba secretos.
En el desván, cubierto por una sábana vieja, encontré un baúl de madera. Lo abrí con esfuerzo y polvo voló en todas direcciones. Dentro, había varias cosas rotas… y un cuaderno.
Era un diario. La portada decía:
“No es tu reflejo lo que ves. Es él.”
Pasé las páginas. La letra era apurada, temblorosa, como escrita por alguien al borde del colapso.
“Desde que me miró directamente, ya no estoy solo. Él me observa cuando duermo. Él me imita durante el día… pero de noche… me sueña.”
“No mires al espejo después de las 3:00 AM.”
Cerré el diario de golpe. No quería seguir leyendo. Pero algo me decía que ya era tarde.
El resto del día fue una mezcla de negación y vigilancia.
Intenté mantenerme ocupado: limpiar, leer, incluso ver una película en mi laptop. Pero el espejo estaba siempre ahí, como un punto ciego que sentía aunque no lo mirara. En cada reflejo —la pantalla apagada, el cristal de la ventana, incluso en el agua del fregadero— creía ver algo moverse. Algo… que no era yo.
A las 2:53 AM desperté de golpe, otra vez sin saber por qué.
Esta vez no me levanté. No quería volver a mirar al espejo. Solo cerré los ojos, aferrándome a la esperanza de que, si ignoraba lo que fuera que estaba pasando, se detendría.
Pero no lo hizo.
Desde el rincón más oscuro de la habitación, escuché una respiración. Lenta. Tranquila. Como si alguien disfrutara del momento. Como si supiera que tenía el control.
Y entonces lo escuché otra vez.
Más claro. Más directo.
—No eres tú el que vive aquí.
Era mi voz. Exactamente mi voz.
Abrí los ojos de golpe y me giré hacia el espejo. No estaba en su marco. Estaba de pie, al lado de la cama. Yo. Mi cara. Mi cuerpo. Mis ojos. Pero había algo en su mirada… una calma inhumana.
—Tú viniste a mí —dijo, sonriendo—. Y ahora yo puedo vivir afuera.
Intenté gritar, pero no salió ningún sonido. Mi cuerpo no reaccionaba.
Solo podía ver cómo él… tomaba mi forma.
No sé cuánto tiempo estuve allí, inmóvil, viendo cómo él me miraba con mis propios ojos. Cada gesto, cada expresión, era perfecta… excepto por una cosa: no parpadeaba.
Cuando por fin pude moverme, ya no había nadie. El espejo estaba donde debía estar. Mi reflejo —normal— me devolvía la mirada. Pero no podía convencerme de que lo que había visto no era real. Porque había algo distinto en mí.
Algo… fuera de lugar.
Las horas siguientes fueron un torbellino. Las cosas en la casa estaban mínimamente movidas, como si alguien —que no era yo— hubiese estado usándolas.
El refrigerador tenía un plato sucio que no recordaba haber tocado.
El baño tenía el espejo empañado, con una frase escrita en él desde adentro:
“Ahora tú me ves.”
Ya no confiaba en lo que recordaba. Ni siquiera en mi propia imagen.
Esa tarde salí a caminar para despejarme. Había un pequeño mercado en el pueblo, a unos veinte minutos a pie. El aire fresco me ayudó… por un momento.
Entré en una tienda, compré un café. El encargado me saludó con una sonrisa incómoda.
—¿Volviste? —me preguntó.
—¿Cómo dice?
—Viniste esta mañana. A las 7. Dejaste esto aquí.
Me extendió un cuaderno. El diario.
Yo no había salido esa mañana. Estaba seguro.
—Dijo que se llamaba igual que tú —añadió—. Pero que ya no eras el mismo.
Caminé de vuelta a casa con las piernas temblando.
Ya no sabía si yo seguía siendo yo…
…o si algo más me estaba reemplazando lentamente.




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