Sin escapatoria

Reseñas generales

 

 

                                           

Esta es una metáfora, una recreación de la experiencia más aterradora que he vivido nunca: un fin de semana romántico con un hombre que no amo, la muerte del amor, la alienación del deseo. Aunque Ipsaque mors nihil

 

Pelo la papa con mucho cuidado, temiendo herirme y no sangrar.

Imaginar una herida abierta con la sangre fluyendo es demasiado para mí, por el momento, así que debo evitar todo tipo de accidentes. Mis movimientos son suaves, mis pasos, imperceptibles.

Las zanahorias forman perfectos cubos sobre la tabla. Solo falta abrir la lata de arvejas y mezclar.

(Recordar la mayonesa).

Por la ventana, entra un ramo de sol que se deshoja sobre la mesada.

Pero el sol no es lo que parece. Es un espía, que intenta escanear mis pensamientos y busca la razón por la cual estoy aquí parada, cocinando.

La razón, si es que hay una, es que nunca supe renunciar a las cosas, guardo todo, no tiro nada. Por ejemplo, las cosas brillantes, aunque se hayan roto, como el sol. Ese sol entrometido, desquiciante.

En el vidrio puedo ver mi reflejo. Una aureola dorada corona mis cabellos castaños rojizos.

Es un mediodía de verano que debe oler a naranjas.

Todavía recuerdo cómo huelen las cosas. Las cosas más importantes,  como el río, las naranjas, las uvas, el azúcar quemado…

La muerte final, la que habla en serio, de la cual no se vuelve, es el olvido. Ninguna otra clase de muerte puede alterar la sustancia de la que estoy hecha. No temo podrirme, volverme polvo, desaparecer… Lo único que temo es dejar de recordar cómo huele la tierra después de la lluvia, la música y el perfume del viento entre los pinos,   el mar rugiendo como un dios primitivo… Esas cosas, si pierdo el recuerdo de esas cosas… entonces, mis átomos ya no se reconocerán a sí mismos y me desmoronaré como estatua de sal.

En el patio, mi marido, -¿cómo era su nombre? Lo tengo en la punta de la lengua- canta y enciende el fuego para el asado.

Cerca del mediodía de un domingo de Enero que cualquier espejo del mundo reflejaría ideal, él canta una canción de los Beatles; yo abro una lata de arvejas, medio deslumbrada por el sol.

Ese sol que no admite mi existencia.

Mi naturaleza –si es que en mí queda algo que pueda llamarse natural- es afín a los días de lluvia,  tormentosos, a las velas titilando, al crujido de una puerta al cerrarse. O al abrirse.

Una puerta entornada es lo que soy, con un marco salido de sus goznes.

De repente, el silencio, como un golpe.

Afuera, él olvida el fuego, mira por la ventana, me busca…

Ese hombre robusto que se acerca a la mediana edad y tiene un nombre que,  como todo él, se me vuelve un poco más difuso a cada momento, me mira desde afuera con tal intensidad que me estremezco.

(Recordar tomar aire. Inhalar. Exhalar. Recordar ser).

Parada frente a la mesada, con el abrelatas en la mano, comprendo que he sido descubierta.

¿Me descubrió? ¿Cómo me descubrió? ¿Acaso es mi aroma? ¿Algo en mi piel que se ha perdido en el largo camino de regreso? O es mi palidez, el tenue rosa de mis labios, mis besos lívidos, los pies que él no logra calentar, por más que los frote con los suyos.

No. Es algo más.

Fue el sol quien se lo dijo, tal vez. El aire que ya no respiro.

No lo sé.

Da igual.

De todos modos, era cuestión de tiempo.

Lo sabía. Siempre supe que me atraparían, pero me dejé llevar. Y bueno, ya está. ¿Y ahora qué?

Él entra en la cocina con un diario abierto en la mano.

¿El diario? ¿Fue el maldito diario? No el sol, no el aire, no mi aroma ni mis pies ni mis besos. Fue un periódico de hace dos meses atrás, con mi foto en la sección necrológica.

Él está pálido como un muerto. Yo no. En el rostro que se refleja en la ventana, hay un suave rubor. Estoy bella. Sin arrugas,  sin canas, sin caries, sin rollos.

Si me lo preguntas, te diré que todo es cuestión de voluntad, de fuerza interior. Imaginación y voluntad.

Claro que no puedo sentir realmente, pero recuerdo todo con bastante fidelidad y puedo reproducir con exactitud el acto de comer y de hacer el amor, aunque no el deseo.

Si me lo preguntas, te diré que todo es cuestión de voluntad, de fuerza interior. Imaginación y voluntad.

Claro que no puedo sentir realmente, pero recuerdo todo con bastante fidelidad y puedo reproducir con exactitud el acto de comer y de hacer el amor, aunque no el deseo. Hambre sí, siempre tengo, pero de cosas que no existen y del ayer. De un ayer que se repite en su imposibilidad.

-¿Qué significa esto? –pregunta con la voz temblorosa, el rostro sudoroso, el hombre cuyo nombre ya he olvidado, como otras tantas cosas que terminan por desvanecerse ante mis ojos. Por eso le digo “querido”.

-Es evidente –trato de razonar, mientras saco la mayonesa del estante superior de la heladera- que cometí un terrible error, hice algo muy extremo. No es nada fácil. A veces, uno toma decisiones de las cuales se arrepiente. ¡No me mires así, como si no me conocieras! ¡No sabes lo que es eso! Hice una estupidez, pero me arrepentí, querido.

-¡Pero estás muerta! –me recuerda el muy cerdo, con el diario en la mano como prueba contundente.

Pienso en negarlo pero no, para qué.

En parte es un alivio que lo sepa. Que sepa la verdad, aunque no pueda verla, porque yo sigo sosteniendo la falacia de mi existencia con la sola fuerza de mi voluntad.

¿Estoy aquí parada? Sí. El vidrio de la ventana me refleja. El sol,  aunque trabaja para ellos, también me toca, corona mi cabello. Nadie podría, a simple vista, confundirme con otra cosa.

-¿Por qué no me dijiste que estabas muerta?

-¿Por qué tengo que decírtelo todo? ¡Siempre  preguntas, cuestionas hasta mis pensamientos, indagas en mis sueños! ¡Me agobias! No tienes nada que ver con esto, así que deja de mirarme como si te hubiera mentido o sido infiel. Lo que pienso, lo que sueño, y si vivo o muero, es cosa mía.

-Pero estamos casados. Eres “mi” mujer.

-No lo soy, y menos ahora. Ni siquiera ahora.

-¿Entonces de verdad  estás muerta?

-Sí.

-¿Y cómo puede ser que estés aquí parada frente a mí?  ¿Y cómo vas a amamantar a nuestros hijos?

-Mis pechos son para recreación, nomás. Además, nunca quise tener hijos. Son el único amor del que nunca podría escapar. Ahora, como comprenderás, ya no es una opción. No tengo tanto poder de concentración.

(Recordar, por las dudas,  tomar la píldora anticonceptiva)

-¡Me engañaste, maldita perra! ¡Y yo que me había ilusionado tanto! Ya me decía Madre  que eras rara. ¿Y ahora qué le digo a Madre? ¡Ay, Dios mío, pero te amo, igual te amo, cómo te amo! ¿Te das cuenta de que nadie te va a amar como yo? Por eso te mataste, mi amor, porque no me sabías hasta dónde podía llegar yo con la fuerza de mi cariño. Pero ahora, todo va a estar bien. Yo te voy a cuidar, a dar mi vida. Y vos vas a vivir a través de mí, amor mío.

En ese mismo momento supe que estaba en el infierno.

“Y la misma muerte no es nada”, comparado con esto.

Si la vida había sido pasar de un amor a otro, de una compulsión a la siguiente, una suma de elecciones equivocadas..., el maldito infierno era este fin de semana romántico en un bungalow para recién casados, con un gordo amante obsesivo que me molestaría con su pequeño pene y roncaría por toda la eternidad,  amándome como nadie.

Sin escapatoria.

 


 

 

 

Comentarios 4

U
User-148687638030 de octubre de 2025
Interesante resumen gracias
R
runrenatarun21 de octubre de 2025
La muerte del amor narrada desde la cocina, con esa calma impostada que en realidad es puro espanto. Me hizo pensar en esa sensación de seguir existiendo en una relación mucho después de haber desaparecido. De fingir vida con pura voluntad, como ella dice.
N
Nadina Caminos15 de octubre de 2025
No es una película pero podría serlo! Felicitaciines
M
María Regina Caminos15 de octubre de 2025
Guauuuu no la vi a la peli pero esto esta escrito a la perfeccion. Felicidades a la escritora

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