Encerrado

Narrativa

El tránsito en Buenos Aires avanza como una bestia enferma. Bajo un sol que enceguece, la Avenida 9 de Julio bulle de colectivos y motos. Es martes. Camino hacia la Universidad Nacional de San Martín, pero antes decido refugiarme en el Cine Lorca. Compro una entrada para Cielo rojo (2023), de Christian Petzold.

El bellísimo Cine Lorca.

A esa hora, a las dos de la tarde, el lugar está casi vacío: solo unas jubiladas murmuran sobre turnos médicos. Para ellas, esto es un paréntesis; para mí, una forma de matar el tiempo antes de encontrarme con mis amigas para rodar un cortometraje estudiantil.

Después de la película aún me quedan horas libres. Me dejo llevar hacia el Ateneo Grand Splendid, ese templo de libros que resiste como puede en una ciudad cada vez más gentrificada. Estoy por irme cuando escucho un alboroto: dos jóvenes ladrones son detenidos por seguridad. La escena pasa rápido, como tantas otras. Pero entonces una mujer me detiene en seco.

—¿De dónde sacaste ese libro? —pregunta.

Es la oficial Micaela Fernández: pelo negro tirante, ojos marrones y firmes. Le explico que lo compré, que es mío, pero su mirada se endurece.

—¿Y por qué estás nervioso? Ves que sos un chorro —insiste.

—No estoy nervioso —respondo, pero ya es tarde.

No importan mis palabras. Ella ha decidido algo. Me esposan, me suben a un patrullero. Los policías que me custodian son más amables:

—Qué cagada. Si no hiciste nada, en dos horas salís —dicen.

Mentira. La máquina burocrática.

En la Comisaría Comunal 1 de Retiro todo es cemento y metal. Firmo papeles sin leerlos. Me toman fotos como si fuera un criminal. Nadie explica nada. «Es solo papeleo», repiten. Pero las horas se convierten en días.

Me trasladan a la Comisaría Vecinal 2-B, en plena Recoleta. Paso tres días allí. La primera noche duermo en una celda de detención común. A la mañana siguiente me anuncian que me llevarán a las celdas permanentes, junto a los presos. No conozco nada del mundo carcelario. Como tantos otros de clase media, llego con prejuicios formados por películas, noticieros y conversaciones ajenas. Pero pronto, frente a esos cuerpos y esas voces, esas ideas se derrumban. En ese encierro empiezo a entender que la cárcel no es un lugar: es una forma de estar en el tiempo, una respiración distinta del mundo.

Allí descubro otro orden: el pasillo funciona como un pequeño ecosistema que se rige por códigos invisibles. Un grupo lava ropa en un balde improvisado, mientras otros se turnan para cepillarse los dientes en un lavabo común. Uno canta en voz baja, su eco se mezcla con el sonido del agua corriendo. Los tatuajes son omnipresentes: algunos muestran al Gauchito Gil o a San La Muerte; otros, iniciales, fechas o frases que el tiempo borró. Yo estaba asustado.

Para un muchacho de clase media común en mi país. Lo más cercano que estuve de ver el ambiente carcelario fue la serie El Marginal, de Sebastián Ortega

Rodrigo Morán, un preso de la villa 21-24, me mira y sabe al instante que no pertenezco a ese lugar. Tiene cuarenta y un años y una hija de once, que —dice— es lo único bueno que le queda. Está separado. Lleva cinco meses esperando una resolución judicial que no llega. Vive, como todos allí, en el limbo.

—Acá te acostumbrás —dice, como quien habla de un trabajo o una mala relación desgastada.

En el pasillo hace calor, el aire es espeso y él se seca el sudor del cuello con una remera vieja, roja, agujereada. La bermuda que usa le cuelga del cuerpo flaco y tatuado.

—Estos cobanis siempre hacen lo mismo —dice, escupiendo la palabra.

Me protege.

En el centro del pasillo, un grupo de presos se turna para usar una cortadora de pelo. Uno de ellos, de torso desnudo y tatuajes que suben como raíces desde el pecho hasta el cuello, mueve la máquina con precisión mientras otro espera sentado en un taburete improvisado, con una toalla vieja sobre los hombros. Los cortes son rápidos, prácticos, sin pretensión. Cuando terminan, limpian la máquina con una servilleta de cocina y la devuelven a un guardia, que la recibe sin decir una palabra.

Los policías deciden que pasaré la noche en la celda número dos, pero Rodrigo se interpone:
«A él no lo vas a llevar ahí. Es un pibe sano. No es como nosotros. Él va a ir a una celda individual».
El policía, con una mueca desagradable, acepta la orden del preso.

La celda es individual, pero se comparte entre dos.

Me lleva con Catán, un hombre de baja estatura, de 54 años. Se presenta con voz pausada, ronca, casi paternal. Dice que ha escuchado mi historia y no se sorprende de ningún detalle. Luego, en un gesto que desarma la aspereza del lugar, se asegura de que esté cómodo: toma uno de sus colchones, lo acomoda sobre el piso de cemento y me lo entrega junto con su almohada. Él se acuesta sobre frazadas rasgadas y, con una campera polar roja, improvisa un respaldo para la cabeza. Las paredes están tatuadas con versículos bíblicos: «El Señor es mi pastor, nada me faltará». Catán reza cada noche. Me ofrece su colchón, me habla de sus errores.

—La droga es una cosa tremenda, pichón —susurra—. Yo lo hice de estúpido, y acá estoy.

El periodista Martín Angulo, en un informe publicado el 18 de marzo de 2023 por Infobae, retrata las condiciones de detención en las comisarías porteñas, donde el hacinamiento y la falta de infraestructura transforman las celdas en espacios inhabitables.
Celdas para una persona donde duermen cuatro. Sin ventilación ni luz natural. Un solo colchón que se turnan para usar. Sin inodoro. Con botellas que hacen de baño. Sin matafuegos, sin aire, sin tiempo.

El tiempo detenido. En la celda no hay relojes. El día se mide por rutinas: el reparto de comida, las duchas improvisadas, el murmullo de los presos. Por las noches, un celular clandestino circula de mano en mano. Algunos flirtean con mujeres en Bumble; otros solo buscan una voz que no sea la de sus compañeros.

Rodrigo me alcanza un papel arrugado con un número escrito a lápiz.

—Llamá acá.

Es la Defensoría del Pueblo. Al otro lado, una mujer llamada Natalia escucha mi historia.

—Mañana salís —promete la mujer que sería mi abogada por dos años.

Y así es. A las cinco de la tarde del día siguiente, firmo mi libertad. No hubo disculpas ni explicaciones. Solo el silencio cómplice de un sistema que funciona así: despacio, torpemente, arrastrando vidas arbitrariamente en el camino.

Por supuesto, use mis redes sociales justo después de sufrir la detención.

Esto no es una denuncia política a alguien en específico. Es apenas el relato de tres días en un laberinto que continúa allí, funcionando.

Cuando me despido de Rodrigo Morán le digo que me voy. Le digo gracias. Él sonríe y me pasa otro papel escrito a lápiz: el número de su madre. Me pide que le diga que está bien. Prometo hacerlo.

Al día siguiente, ya en casa, le escribo por WhatsApp a la madre de Morán. Se llama Elizabeth. Le explico la situación: que su hijo está bien, que me ayudó, que quiere que lo sepa. Su respuesta llega rápido: «Este es mi alias», seguido de su nombre de Mercado Pago. Nada más.

Pienso en lo que revela ese último mensaje: un cansancio antiguo, una costumbre de desconfiar, o quizás la certeza de que nadie da nada gratis. No sé si fue culpa de ella o de él, pero en ese mensaje había algo definitivo, como una puerta que ya se cerró y no va a volver a abrirse. Después pienso que ya está, para qué preocuparme. Y nunca más los volví a ver.

Hace unos días, el actor argentino Osky Guzmán denunció que la policía lo había agredido. Cuando lo vi, se me heló la sangre. Imposible no reconocer el temblor de lo ya vivido: el verdadero terror no tiene máscaras ni colmillos. No habita en los payasos asesinos ni en los demonios del cine. El horror verdadero es ese que se despliega a plena luz, en la rutina, en la vida de todos los días, y que, paradójicamente, nadie parece ver.

Comentarios 11

R
runrenatarun27 de octubre de 2025
Lo que más me resonó fue esa contradicción brutal de sentirte más protegido por los presos como Rodrigo y Catán que por el propio sistema que se supone que debe garantizar tu seguridad. Es desgarrador cómo en medio de ese infierno burocrático, encontraste una humanidad que te tendió la mano donde menos lo esperabas.
J
JesusMad9027 de octubre de 2025
Es lamentable que hayas tenido que pasar por algo tan horrible y desagradable, Cristian, no puedo imaginar qué debe haber cruzado por tu mente en todas esas horas siendo convicto. Uno puede ver dramas carcelarios como Sueños de Libertad, La Milla Verde o Escape de Alcatraz, pero aunque todas sean joyas del género, lo que debe sentir una persona en esa situación debe ser infinitamente más potente que lo que pueda generar una cinta.</br></br>Y lo que más genera indignación es que era un caso de un malentendido porque una policía te quiso enviar a la cárcel porque si.
M
Matias Cabrera Cucu23 de octubre de 2025
Doy fé de que sucedió en serio todo esto jajaja terrible
G
Gerard 3522 de octubre de 2025
¡Qué buen relato maestro! Este relato logra una potencia emocional y narrativa excepcional: transforma una experiencia traumática en una crónica íntima, lúcida y profundamente humana, donde el horror cotidiano se revela sin estridencias, con una escritura sobria, sensible y cargada de resonancia social. Felicitaciones!
C
cinejuanita21 de octubre de 2025
Me indigna la forma en que la maquinaria policial y judicial puede convertir a cualquier persona en un número. ¡Espero que estés bien!
P
Pablino Takamae19 de octubre de 2025
Que fuerte...
J
Jeroo Casco17 de octubre de 2025
Fuaaaa, Cris, realmente no puedo imaginarme estar ante una situación así, y AÚN ASÍ, leyéndote, pienso que no estoy exento de vivir algo de esta magnitud. Por otro lado, que memoria que tenes che!! O lo escribiste en algún lado los detalles? Te felicito por haber salido adelante de tremendo momento de m***da
E
Eva Brumatti17 de octubre de 2025
Terrible Cris! Parece ficción. Que detestable este sistema. Funciona tan rápido para hacer las cosas mal y tan lento para hacer las cosas bien. Que impotencia... por otro lado, excelente como lo contaste. Me encantó
R
Ramona Vizcaya17 de octubre de 2025
Nada más aterrador que un policía. Me alegra que estés bien.
F
Franchesca A. Herrera Piña15 de octubre de 2025
¡Uff, Cristian! Qué relato tan potente y necesario. Me dejaste 🥶🥶. Esto no es una historia de terror, es la autopsia de un sistema que da más miedo que cualquier película de zombies. Empieza como una película de cine arte de Petzold y termina como un episodio de El Marginal sin filtros. El verdadero terror no es el monstruo que se esconde en la oscuridad, es la arbitrariedad con la que la "justicia" te puede arrancar de tu vida a plena luz del día. El verdadero jumpscare es una oficial de policía que ya ha decidido tu culpabilidad antes de que abras la boca. Pero lo más brutal de tu relato es cómo humanizas a los que el sistema deshumaniza. Rodrigo Morán, con su gesto de protección, y Catán, con su colchón y su fe, son los verdaderos héroes en este infierno burocrático. Y el final... el final es devastador. El mensaje de la madre de Rodrigo, frío y transaccional, es el golpe de realidad más duro. Es la prueba de que el sistema no solo encierra cuerpos, también rompe los lazos del alma. Tu historia demuestra que el cine nos prepara para monstruos ficticios, pero el verdadero horror está en los trámites, en los prejuicios y en la indiferencia de cada día. Un texto valiente y demoledor. Un abrazo.
L
La garra14 de octubre de 2025
Totalmente Cristian. Ese es el horror humano: la normalidad del crimen y lo corrupto, la indiferencia que nos habita ante todo eso, es mucho más terrible que cualquier película de miedo.</br>Lo de Morán y su alias, duele pero no desconcierta, será esta época de cinismo la que nos prepara para esas decepciones, supongo.</br>Por otra parte, tu descripción me hizo imaginarte como si ya tuvieses una cámara en vez de cabeza, me gustó mucho ese ángulo.</br>Saludos y suerte!

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