Las cosas extrañas existen

Reseñas generales

Tenía 9 años de edad, era pequeño, delgado y blanco, bronceado por el sol; era un diablillo, insoportable. Mi mamá me llevaba al colegio, pero yo no quería ir; era eso todos los días y ya me tenía harto. 

 

Me jalaba hasta dentro del salón y no se iba, se quedaba parada en la puerta del salón con los brazos cruzados y con cara de brava; me veía hasta verme sentado en mi pupitre. 

 

Yo sí notaba que se iba agotada; ya yo venía haciendo berrinches desde las cuadras atrás, mientras que mis otros hermanos venían todos decentes, callados, cargando sus bultos, y yo, el de la bulla, el del show.

 

Cuando mi mamá venía y nos buscaba, yo miraba hacia atrás a esa escuela que odiaba, no porque me hayan hecho nada, ni bullying ni nada, sino que la odiaba, era aburrida, sentía que perdía el tiempo ahí y quería que le pasara lo mismo que a King Kong, que vinieran los militares y la volvieran leñita. Había visto una versión de King Kong, y esos eran mis deseos que nunca se cumplieron..

Me acuerdo de que siempre tenía pesadillas; la terapia de El exorcista me estaba haciendo efecto, pero siempre era la misma pesadilla, no tenía cambio, y la última vez pegué gritos porque en el piso vi manos que salían del suelo y se movían de manera errática.

 

Mi mamá vino corriendo y me acompañó, se acostó y me dijo que dormiría conmigo, pero no fue así; cuando me dormí, se fue. Mi mamá terminó por rendirse; esos gritos nocturnos no la dejaban dormir y dejó de ponerme El exorcista. 

 

Yo tampoco podía dormir por esas manos que salían del piso. El último grito fue cuando se fue la luz; salté de la cama, choqué con la puerta, después con la pared, y volví a chocar con la otra puerta que era del cuarto de mi mamá y ella se levantó y oí su voz. 

 

Corrí hacia ella chocando con su barriga y mi mamá se quejó del golpe. Me acosté con ella; estaba asustado, temblaba, pero se me fue pasando y me dormí.

 

Al día siguiente mi mamá hacía el desayuno; teníamos que ir a la escuela mis hermanos los invisibles y yo. Esta vez no me puse como un berraco a gritar para no ir al colegio; entré calladito y me senté en mi pupitre, el del fondo, lejos de la puerta; ese fue el que me asignó la maestra.

 

Las horas pasaron; mi mamá nos buscó y me encontró diferente, extraño; no era yo. La maestra no reclamó nada ese día. Todas las noches era lo mismo, las mismas pesadillas, no tenían cambio, eran las mismas imágenes. 

 

Mi mamá definitivamente no volvió a poner El exorcista y a mí se me fueron pasando las pesadillas y los gritos nocturnos, pero sí le tenía miedo a la oscuridad. Crecí; ahora mis pesadillas son normales, son diversas, tienen mejor drama y ambientación; parece que cambiaron de director. Me despierto asustado como cualquiera, pero vuelvo a agarrar el sueño al segundo. Las manos que salían del piso ya no las he vuelto a ver.

 

Yo siempre pienso en el asunto de las manos que salían del piso, pero no llego a una respuesta; puede ser la alteración por lo de El exorcista o en realidad lo vi, pero era tan claro y me acuerdo que las veces que lo vi estaba bien despierto. 

 

Las manos tenían colores normales, colores de humanos. Se veían muy reales. Una vez me puse insoportable quería salir a jugar a la calle, mi mamá me tenía castigado me puse a llorar e hice una pataleta de padre y madre que mi mamá se arto y me dijo que cuando nací la enfermera me había cambiado en el hospital y su hijo decente, educado, estaba con otra mamá y una enfermera borracha vino a meterle este berraco por hijo. 

 

Eso me dolió, mi mamá nunca me había dicho eso, resultaba que yo no era su hijo, eso me petrifico y me dejo callado, se hizo de noche; de tanto pensar y pensar lo diferente que eramos mis hermanos y yo, llegue a la conclusión de que era cierto, pensaba que mi verdadera mamá no llevaba a la escuela a ese otro niño y sí, lo dejaba jugar todo lo quisiera en la calle, ese usurpador estaba viviendo la vida que debía vivir yo.

 

A mi mamá le dolió lo que se le salió de la rabia y abrió la puerta de mi cuarto y me vio sentado en una silla viendo por la ventana y pensativo. Me agarró, me abrazó y me dijo que todo eso era mentira, que yo sí era su hijo, pero que no sabía cómo controlarme y decía disparates. Mis lágrimas cayeron desde mi alma, mi corazón se desbordó en llanto; mi mamá también se puso a llorar. 

 

Esos días pasaron y jugaba solo en la calle; los amiguitos estaban en sus casas, no salían, porque no era hora o tenían que hacer la tarea de la escuela. Estaba concentrado con mi pelota, intentando hacerla rebotar en mi pie como lo había visto a los más grandes, pero se me caía y lo volvía a intentar hasta que escuché una voz que me llamaba por detrás de mi espalda y volteo y no había nadie; esa calle estaba sola, era la 1 p. m. de la tarde, la mayoría almuerzan, otros duermen y yo soy un vago. 

 

Vuelve la voz y me llama Carlos... Carlos..., corrí hacia mi casa y cerré la puerta de un solo golpe y me fui a contárselo a mi mamá. Ella abrió la cortina y se asomó por la ventana; no vio a nadie, solo la pelota en medio de la calle; la dejé ahí por la carrera que pegué. Esa calle estaba sola, no había ni un alma y mi mamá me dijo que eran espíritus burlones. Mi mamá salió a buscar la pelota, entró y encerró la puerta.

 

Ya no salía a esa hora a jugar, esperaba con ansias que algún amiguito saliera de su casa a jugar, para yo salir a jugar con él, pero esa voz de hombre y desconocida me asustó. Eso fue de día, era la hora del reposo y yo afuera, pero esa mañita de estar en la calle y no obedecer lentamente se me fue quitando.

Comentarios 1

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R.D.M.30 de octubre de 2025
Excelente articulo.

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