🩸 El Último Lobo.
Reseñas generalesParte II: Sangre de Hermanos, Sombras de Ancestros.

🌒 Capítulo II: El Lobo y el Vampiro
Pasaron los años. El bosque los moldeó como el hielo moldea la roca. Eirik, el mayor, se volvió fuerte, ágil, con sentidos agudos como los de un lobo. Su cuerpo era una extensión de la tierra, su aliento una mezcla de savia y furia. Kael, en cambio, se volvió silencioso, pálido, con ojos que brillaban en la oscuridad. Su piel no sentía el frío, y su hambre no se saciaba con carne.
Ambos hombres, ya adultos, abandonaron el bosque y se instalaron en una aldea que había resistido los asedios vikingos. Allí, intentaron vivir como humanos. Eirik se casó, tuvo hijos, cazaba para alimentar a los suyos. Kael bebía en las tabernas, contaba historias, y por las noches se perdía entre los árboles.
Pero algo cambió.
Una noche, Kael fue atacado por tres hombres ebrios. Lo golpearon, lo escupieron, lo llamaron “demonio”. Él, borracho, se defendió. Uno de ellos cayó, partido en dos por una fuerza que no debía existir en un cuerpo humano. La sangre salpicó su rostro, y sin pensarlo, la lamió.
Algo despertó.
Desde entonces, cada semana, alguien desaparecía. Primero animales. Luego niños. Luego adultos. La aldea comenzó a murmurar sobre el bebedor de sangre, el hijo del bosque, el primer vampiro. Kael, cada vez más consumido por su sed, ya no distinguía entre el hambre y el odio.
Eirik, por su parte, vivía atormentado. Su hija menor, Freya, salió una noche por leña y nunca volvió. La rabia lo transformó. Sus uñas se volvieron garras. Su espalda se arqueó. Su aullido rompió el silencio de la madrugada.
Juró cazar al monstruo que se llevó a su hija.
Y así, los hermanos se enfrentaron.
🐺 Capítulo III: El Encuentro Bajo la Luna Roja
La noche del enfrentamiento, la luna estaba roja como carne fresca. Eirik siguió las huellas hasta una cueva oculta entre los riscos. Allí, Kael lo esperaba, rodeado de huesos y sombras.
—¿Viniste a matarme, hermano? —dijo Kael, con voz hueca.
—Viniste tú primero —respondió Eirik, mostrando sus colmillos—. Mi hija… ¿Dónde está?
Kael bajó la mirada. Su rostro no mostraba culpa, sino confusión.
—No fui yo. Lo juro por la tumba de nuestra abuela.
Eirik dudó. El olor de su hermano no era el de Freya. No era el de la sangre reciente.
—Entonces, ¿quién?
Una carcajada resonó en la cueva. No era humana. No era animal. Era algo más antiguo.
De las sombras emergieron figuras encapuchadas, con máscaras de hueso y ojos como carbones apagados. Eran cinco. Sus túnicas estaban hechas de piel humana y plumas negras.
—Los Ocurtos —susurró Kael—. Los guardianes del bosque. Los que cazan a los que heredan el poder de las bestias malditas.
Uno de ellos habló, con voz como ramas quebrándose:
—Ustedes son errores. El lobo y el vampiro. Si sus poderes crecen, el equilibrio se rompe. Las criaturas que protegemos serán cazadas. El bosque será purgado. Y nosotros… no lo permitiremos.
Eirik rugió. Kael se lanzó con velocidad inhumana. Pero los Ocurtos no eran simples brujos. Eran antiguos. Eran parte del bosque. Uno de ellos tocó a Kael, y su piel comenzó a quemarse. Otro lanzó una daga de obsidiana que rozó el cuello de Eirik, haciéndolo sangrar.
Pero justo cuando todo parecía perdido, una voz resonó en la cueva.
—¡Basta!
Era Freya.
Viva.
Convertida.
Sus ojos eran negros. Su piel, pálida. Su voz, doble.
—Yo fui tomada por uno de los convertidos de Kael. Pero no por él. Y ahora… soy algo más.
Los Ocurtos retrocedieron. Freya levantó la mano, y las sombras se agitaron. El bosque tembló.
—Ustedes crearon el mito. Ustedes alimentaron el odio. Pero nosotros… somos el futuro.
🕷️ Capítulo IV: El Pacto de Sangre y Garra
La batalla fue brutal. Kael y Eirik, juntos, enfrentaron a los Ocurtos. Sangre negra corrió por la nieve. Garras contra hechizos. Colmillos contra dagas malditas.
Al final, solo tres Ocurtos escaparon, jurando regresar.
Freya, ahora híbrida entre vampiro y bruja, propuso un pacto:
—No somos humanos. No somos monstruos. Somos herederos. Y este bosque… será nuestro santuario.
Kael aceptó. Eirik dudó, pero al ver a su hija, supo que el mundo había cambiado.
Desde entonces, los tres se convirtieron en leyenda. Algunos los llamaban los protectores. Otros, los condenados. Pero en las noches de luna roja, si escuchas con atención, puedes oír un aullido… seguido de un suspiro.
El lobo y el vampiro aún caminan entre nosotros.
Por Aneudy Valdez R.




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