Mi experiencia
Reseñas generalesEl terror que ya vivía en mí
Tenía 26 años cuando vi “El Cuarto Caso”. Es una película del año 2009, dirigida por Olatunde Osunsanmi y protagonizada por Milla Jovovich, Charlotte Milchard, Elias Koteas, Will Patton, y Mia McKenna Bruce. Ambientada en Nome, Alaska, donde cuenta la historia de una psiquiatra, la doctora Abigail Tayler, quien tras haber sufrido la muerte de su esposo de una manera muy inexplicable, investiga extraños comportamientos en sus pacientes mediante hipnosis. Lo que descubre es aterrador: todos parecen haber tenido encuentros cercanos con seres extraterrestres a los que describen como «lechuzas». Estos hablarían en el antiguo idioma sumerio que, por otro lado, se relaciona con estatuas o esfinges de cohetes y cascos espaciales de hace miles de años. Asimismo, la película muestra cómo el Gobierno hace caso omiso a las denuncias de desapariciones, todas de carácter similar.. Aunque se promociona como basada en hechos reales, que por esa mezcla de ficción con muestras de evidencia real hace que lo sea, lo que realmente me impactó fue cómo logró sembrar una duda que ya vivía en mí desde chico. Porque cuando era niño mi papá me lllevaba a una escuela espiritista, donde a las personas que asistian se les “curaba” desde problemas de salud hasta problemas emocionales y espirituales.
Por eso desde muy pequeño, siempre sentí una mezcla de fascinación y miedo por lo paranormal y espiritual. Las historias de presencias, abducciones y fenómenos inexplicables me atraían, pero también me dejaban con una inquietud difícil de sacudir: que pasaría si eso me sucediera a mí?? Y si realmente existen??. El Cuarto Caso no solo activó ese miedo: lo amplificó. Esa noche, después de verla, viví la peor noche de mi vida. No pude dormir. Me sentia aterrado, sentía que había presencias a mi alrededor, que me hablaban, que me querían hacer daño. No sombras, no ruidos solo una certeza irracional de que no estaba solo.
Yo se que el cine de terror tiene esa capacidad única: puede activar respuestas emocionales intensas, como si lo que vemos fuera real. Según estudios psicológicos, nuestro cerebro interpreta ciertas imágenes como amenazas reales, liberando hormonas como el cortisol y la adrenalina. En mi caso, el terror no fue un monstruo ni un asesino. Fue una idea. Una posibilidad. Una experiencia. Y eso fue suficiente para paralizarme. Para aterrarme.
Hoy entiendo que el verdadero terror no vive en la pantalla. Vive en nosotros. En nuestras memorias, en nuestras creencias, en esos rincones de la mente donde lo inexplicable se vuelve posible. El Cuarto Caso no me mostró algo nuevo: me recordó algo que ya estaba ahí, algo que fue sembrado en mi infancia, y que a lo largo de mi vida me acompañó, porque si bien mi papá dejó de llevarme a esos lugares y dejó esas practicas, eso me quedó muy marcado y esa duda si lo que veía era real o no siempre estuvo en mí. Y eso, para mí, es el poder más profundo del cine de terror.

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