Terror Institucional | Miedo y Locura, dos filmes para recordar

Reseñas generales

 

 

"Yo no creo en la locura, hijos míos.

No creo en ella como en un estado anormal de las gentes:

más bien como en algo que habita con ellas, en su casa,

que llena la mitad de su cuerpo, es energía.

Sólo es enfermedad cuando no tiene objeto.

Tu padre ha tenido siempre un objeto en su vida"

 

Amelia en Otra primavera (1938) - R. Usigli

 

Las películas de miedo toman distintos rumbos según el objeto causante de pánico. Muchas veces lo desconocido roba el foco; sucesos inexplicables, paranormales o de naturaleza demoniaca. Sin embargo, existe un miedo preciso que radica en emociones y pensamientos internos complejos: el miedo a la demencia (ajena o propia).

 

Aunque la locura no siempre se hace acompañar del pánico sino del cinismo -como en la Política-, existe entre ambos una relación de poder. Lo interesante, si se me permite el adjetivo, en cada caso es ver quién gana la batalla, quien domina la escena.

Esto es relevante en cada trama porque llega a determinar la cordura entre los personajes: la potencia, incertidumbre y simbolismo de sus acciones… uuuhhhh.

 

Entonces, el terror y la locura han estado presentes en el cine de forma explícita e implícita, tal como la amistad entre 2 personas que se buscan para conversar… o pelear. Sólo que a veces esa relación de diálogo es nada más con uno mismo.

Aquí exploraremos ese vínculo desempolvando dos películas que no han perdido su encanto, que tienen detalles que estremecen todavía. Filmes que viven en los rincones de mi memoria y regresan de la oscuridad con el viento frío de este mes .

 

Dos producciones: El niño y la niebla (1953) de la época de oro del cine mexicano con una espléndida Dolores del Río y Asylum (1972) una obra británica de terror que juega a la locura con maestría envuelta en magnífica música.

 

Vamos pues.

 

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El Niño y la Niebla (1953)

 

Este filme es una adaptación de la obra teatral de Rodolfo Usigli. Fue puesta en escena en 1951 y dos años más tarde vio la luz en la gran pantalla. El dato se hace relevante porque tanto Usigli como Roberto Gavaldón, el director de la película, se interesaron en mostrar en sus respectivos trabajos padecimientos psicológicos desarrollados en el drama de una sociedad mexicana posrevolucionaria que cambió el enfoque de la enfermedad mental: de concentrarse en la población de escasos recursos a una clase media y media alta.

La adaptación al cine es menos sórdida que la obra original, pero la puesta en pantalla permitió el uso de recursos más vistosos como potentes símbolos. Las torres petroleras de PEMEX incendiándose por la noche permitieron mostrar cómo el elemento del fuego anidó como obsesión en la mente de Marta (Dolores del Río), la madre protagonista, que había visto a su madre enloquecida quemar su propia casa años atrás.

 

Además, la presencia de este elemento ayudó a crear inquietantes sombras proyectadas en el techo del dormitorio de Daniel (Alejandro Ciangherotti), hijo de Marta y Guillermo (Pedro López Lagar), quien le teme incontrolablemente a la oscuridad.

El miedo a la locura encarna en Marta que toda su vida le ha angustiado, en primera instancia, enloquecer igual que su madre y hermano porque implicaría condenarse a una vida como paciente de un Hospital Psiquiátrico: el factor institucional. En segundo lugar, el trauma de la obsesión materna por el fuego y que constantemente lo observa a lo lejos en las torres petroleras. Y, finalmente, que su hijo haya podido heredar tales padecimientos mentales.

 

Dolores del Río, como Marta, nos regala una espléndida actuación con un rostro trastornado por su historia familiar, con “miradas paranoides” apuntaría la Psiquiatría, con “ojos de loca” diría mi abuela. Su cara con plena atención a algún detalle; cualquier síntoma que le pueda revelar el principio de locura en su hijo; con pupilas casi dilatadas mirando algo que no se ve: sus propios pensamientos, sus obsesiones, delatan su inquietud. Lo que transmite esa sensación de acoso y angustia imparable que le habitan y que llama tanto la atención al espectador “normal”.

Su hijo padece sonambulismo y ella ve en eso una fatal señal del horroroso destino pero también una oportunidad para inducirlo a matar a su esposo y poder fugarse con su amante. Perversa.

Sin embargo ese día Daniel, con arma en mano, se despierta antes de cometer el crimen debido al reflejo de la luz de la lámpara de su padre y se dispara a él mismo.

 

La madre no puede ante tal dolor y simplemente, enloquece.

Gira la cabeza sólo para encontrar el fuego a través de la ventana, lo que le aviva el trauma familiar, todos los años de angustia y paranoia que ha guardado, quemándole por dentro. Luego ve en el espejo de la sala el reflejo de la máscara de la locura que tanto le llamó la atención en el baile de máscaras donde Guillermo se le declaró. Se pregunta en voz alta si por fin ocurrió, si está loca, lo que la hace lucir totalmente trastornada.

Viene el brote, el quiebre mental.

Y, después, la negación. Continúa tejiendo el suéter para Daniel, asegura que de un momento a otro llegará del colegio.

 

Como explica el psiquiatra a Guillermo, su esposo:

 

Usted no sabe lo que es el miedo de esos enfermos. Es algo espantoso, una sensación atroz como una descomposición del alma, un horrendo vacío del pensamiento y el corazón. Seguramente toda su vida actuó bajo la presión de ese miedo y lo que ustedes llaman locura es casi siempre un alivio para ellos. Como en el caso de su esposa y el suicidio de su hijo cuando decidió entrar inconscientemente a esa niebla del alma que le hace olvidar todo y que le da paz cercana a la felicidad. Así es que en el caso de ella, la ciencia es poco lo que puede hacer.

 

El vínculo entre el miedo y la locura de ser tenso se transformó en amistad, en el refugio al cual acudir para calmar el dolor.

 

 

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Asylum (1972)

 

Esta película está basada en cuatro cuentos de Robert Bloch, el autor de la novela “Psicosis” en la que se basó la famosísima película que Alfred Hitchcock dirigió en 1960, lo que ya auguraba un argumento atractivo y cierto éxito.

Al igual que en el Niño y la Niebla, el autor de los relatos originales tiene un interés por lo psicológico que se refleja a lo largo de toda su obra y motivo por el que colaboró asiduamente con Amicus Productions -casa productora británica especializada en el relato de terror-.

 

En el filme destaca la acertada selección musical de Douglas Gamley, inolvidable.

 

Se escucha “La Noche del Monte Pelado” de Modest Mussorgsky, entramos en ambiente, un auto setentero se dirige al Psiquiátrico en un día nublado.

El Dr. Martin (Robert Powell) llega para ocupar un cargo. Pero en lugar de entrevistarse con el director del lugar, lo recibe el nuevo titular el Dr. Rutherford (Patrick Magee) quien le informa que deberá pasar una prueba para quedarse con el puesto: descubrir quién es el antiguo director, el Dr. Star, quien sufrió un brote psicótico y se encuentra con una serie de pacientes fuertemente custodiados en el piso superior.

El Dr Martin seguro de sí mismo, creyendo conocer todo acerca de la enfermedad mental como psiquiatra estudiado y experimentado, acepta el reto.

 

Mientras sube, en la pared, observa litografías de la locura, rostros imprudentes, actos fuera de lugar, ojos desorbitados, encierro, cadenas. Las imágenes forman la antesala de lo que nos espera como observadores. 

 

Lo recibe el Dr. Reynolds, encargado de vigilar la estricta entrada y salida a ese pabellón.

 

Los cuatro pacientes entrevistados representan los cuatro relatos:

Miedo Congelado, El sastre raro, Lucy viene para quedarse y Maniquíes del Horror

Todos son ejemplo de casos psiquiátricos típicos, según el propio Dr. Martin: psicosis paranoide, desdoblamiento de la personalidad, trastorno delirante.

En tres de los casos, los pacientes se vieron envueltos en asesinatos donde se concluyó que eran los culpables aunque ellos argumentaban cuestiones paranormales o místicas.

 

La relación entre miedo y locura se extiende al espectador, se nos muestra la enfermedad mental donde ninguno de los pacientes alcanza a dar cuenta de sus acciones, de su gravedad, ya sea por inconciencia, falta de brújula moral o la nulificación de una experiencia sobrenatural. De cualquier forma, aquí denominada “trastorno mental”.

 

Pero, para hacer un poco de ruido en la condena del diagnóstico psiquiátrico, respecto a los elementos de tipo místico que acompañan todos los relatos con excepción del tercero, se menciona lo que la psiquiatría opina actualmente.

De acuerdo al Psiquiatra mexicano Rafael López y lo que declaró en una entrevista en 2023, existen estudios médicos que analizan a personas que dicen ver el aura, que dicen que hablan con los muertos o que dicen que te pueden guiar a tus vidas pasadas. Lo que la Psiquiatría concluye es que “yo no sé si ve o no el aura, si ve o no vidas pasadas. Lo que sí se es que no está enfermo”… La Psiquiatría no nulifica la expresión artística, religiosa o mística. Todo ello es válido siempre y cuando la persona sea funcional dentro de su contexto social.

 

A los personajes de Asylum nunca se les ofreció probar “su verdad”, claro que estaban envueltos en situaciones más complejas y violentas que implicaron la muerte de otro. Pero de antemano, se insinúa que los doctores que los analizaron nunca contemplaron sus argumentos como “ciertos” sino fuera de la normalidad y, por lo tanto, falsos. Amén de que era otra la visión de la enfermedad mental, la de hace 53 años.

 

Al desarrollarse toda la trama en el espacio, por excelencia, de la enfermedad mental; el Hospital Psiquiátrico, torna el ambiente en una especulación continua de la verdad, en la duda.

La locura aparece como espanto para el espectador, provoca la huida ante la presencia de “un loco”. El miedo no se queda en la trama, salta a la butaca para estrangular.

 

 

 

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Conclusión

 

La importancia de hablar sobre la locura en el cine radica en el impacto que genera en la audiencia la percepción sobre el tema. Haciendo que se le tema, rechace, o, en algunos casos, comprenda.

Aquí se expuso a propósito del horror que causa y la temporada donde el espanto lo domina todo.

 

La unión entre el miedo y la locura ocurre a partir del reflejo, de ver en el padecimiento mental a un amigo, un vecino o uno mismo.

 

En El Niño y la Niebla, el terror y el delirio terminan en una relación cordial, de aparente diálogo. La nebulosa mente de Marta se disipa entre engaños, culpas y traumas haciendo que la repulsión a la locura se haga humo, apenas cenizas consumidas por el dolor de la pérdida. La pregunta es si ese miedo regresará una vez que dé cuenta de sus acciones.

En Asylum, el exponer la locura asociada a la violencia y el crimen, hace imaginar los padecimientos mentales como brutales e impredecibles, lo que genera un sentimiento de temor y rechazo en el espectador. Aquí el vínculo entre el terror y la locura sobrepasa la pantalla, mira de frente al público con rostro demencial: ojos exorbitados, sonrisa exagerada, arrugas deformadas y con una invitación a pasar a ese Refugio Macabro con los brazos extendidos… ¿acaso no hay miedo en uno ahí?

 

Las dos tramas comparten el lugar de la Institución Mental como sitio de enfermedad, no de salud, lo que facilita que el miedo anide, crezca y se deforme hasta emerger en el rostro.

Se retrata una transformación entre la locura y el miedo, una expansión de una u otra en los adentros de los protagonistas y de uno mismo y, al final, parecen lo mismo… 

 


 

 

 

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Comentarios 3

N
NaeLisa9711 de octubre de 2025
Que buenas recomendaciones !!
J
Javier Gustavo Bonafina7 de octubre de 2025
Querida amiga, hubo un tiempo en que pensaba que la locura era asunto de otros, una renuncia ajena a los mandatos y las representaciones que nos caen encima. Después —dolores mediante— entendí lo frágil que es ese borde. Leer Historia de la locura me corrió el eje. La depresión, los desvíos respecto de “lo normal”, no son afuera sino un continuo que nos roza. Hoy me parece que convivimos con dos modos de locura: una aceptada porque engrasa la acumulación —quema cuerpos y deseos para que el sistema siga— y otra que se niega a volverse mercancía, que se rebela. Tu ensayo me intercepta ahí. Me obsesioné con El niño y la niebla, ese fuego que coloniza la mente de Marta es trauma, símbolo y condena; la “niebla del alma” como alivio cruel. Me estremeció tu lectura del suéter, del espejo, de la máscara: la institución como horizonte de miedo antes que de cuidado. La “prueba” del Dr. Martin condensa cierta arrogancia clínica: nadie concede siquiera la posibilidad de la verdad de los pacientes. Como si el diagnóstico sellara la única narración posible. Usigli, en la voz de Amelia: “no creo en la locura… es energía; sólo es enfermedad cuando no tiene objeto”. Quizás lo enfermo no sea sólo perder el objeto, sino cuando nos lo expropian, cuando el dolor no encuentra trama, cuando el deseo se administra desde afuera. Miedo y locura se espejan. Gracias por devolverle espesor humano a ese vínculo entre pánico y delirio, por escribir sin morbo ni condescendencia. A mí, que alguna vez sentí el tironeo de extraviarme del mundo, tus palabras me devuelven una brújula: nombrar, pensar, tender la mano. Que la locura —esa energía— encuentre objeto en la conversación. Te abrazo.
T
Tinta en las rocas6 de octubre de 2025
Tu artículo me deja resonando dos frases muy coloquiales: "La realidad siempre supera a la ficción" y "Todos estamos a un mal día de caer en la locura". Y yo las creo porque lo he visto. Saludos.

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