No estaba solo (versión extendida)
Reseñas generalesNo sé exactamente cuándo empezó, pero sé que no ha terminado.
Y lo peor es que ya no estoy seguro de si alguna vez estuvo fuera de mí… o siempre estuvo dentro.
Todo comenzó cuando me mudé al apartamento de la calle Duarte Vieja, en 2019.
Era barato, demasiado barato. El dueño me explicó que la mayoría de los inquilinos no duraban mucho, que el lugar “tenía historia”. No quise preguntar. Me reí y le dije que no me asustaban las historias.
Debería haberlo hecho.
Era un edificio viejo, con paredes de yeso agrietado y un pasillo largo, sin ventanas. Cuando uno entraba, podía oler la humedad, pero también algo más… como metal oxidado, o sangre vieja.
El departamento tenía dos habitaciones, una sala pequeña y una cocina con un fregadero antiguo. Me gustaba la sensación de aislamiento.
Por fin estaba solo.
O eso creía.
La primera semana fue normal. Ordené mis cosas, limpié, cociné algo sencillo. Pero cada noche, cuando el silencio se hacía absoluto, escuchaba un sonido leve, rítmico, que provenía del pasillo.
Pasos.
Lentos, arrastrados.
Pensé que sería el vecino del piso superior, hasta que descubrí que el edificio estaba casi vacío. Solo vivía una señora en el primer piso, y no podía subir las escaleras.
A partir de la tercera noche, los pasos se detuvieron justo frente a mi puerta.
Una pausa larga.
Y luego… nada.
Como si algo esperara allí, al otro lado, escuchando mi respiración.
Una madrugada me desperté con la sensación de que alguien había entrado. El aire estaba diferente, más denso, más frío.
Tomé el celular y encendí la linterna. La puerta del baño estaba entreabierta.
No recordaba haberla dejado así.
Me levanté despacio, tratando de no hacer ruido. El suelo crujía bajo mis pies.
Empujé la puerta con la punta del dedo.
El espejo estaba empañado. No sé por qué; el baño no tenía ducha ni agua caliente.
Y en el vaho del espejo había una frase escrita con un dedo:
“NO ESTÁS SOLO.”
Me quedé helado.
Revisé cada rincón del apartamento, abrí los armarios, miré debajo de la cama. Nada. Pero cuando regresé al baño, la frase había cambiado.
Ahora decía:
“YA TE VI.”
A partir de esa noche, comenzaron los ruidos: pasos, golpes leves en las paredes, el sonido de un grifo abriéndose solo, un susurro que se confundía con el viento.
Intenté grabarlo, pero cada vez que lo hacía, el audio se corrompía.
Y lo peor: al reproducir los videos, escuchaba mi nombre entre los ruidos.
No una vez.
Varias veces.
Susurrado, ronco, arrastrado… como si alguien lo dijera con placer.
Una mañana, encontré algo en el suelo junto a mi cama: una fotografía vieja, impresa, con los bordes quemados.
En la imagen se veía un pasillo oscuro… el mío.
Y al fondo, una figura borrosa, casi humana, de pie frente a mi habitación.
Detrás de la foto, escrita a mano:
“3:17 A.M.”
Esa noche, a esa misma hora, los pasos regresaron.
Pero esta vez no se detuvieron en la puerta.
Entraron.
Escuché la madera crujiendo, el aire vibrando. No me atreví a moverme.
Entonces, la cama se hundió a mi lado.
No vi nada, pero sentí el peso.
El olor era insoportable: moho, tierra y carne húmeda.
Y luego, algo me susurró al oído:
“Despierta.”
Salté, encendí la luz… y no había nadie.
Pero la huella de una mano sucia estaba marcada en la sábana, justo al lado de mi cabeza.
A la mañana siguiente, fui a ver al dueño. Me dijo que antes allí vivía un hombre llamado Luis Robledo, fotógrafo. Desapareció en 2008. Lo último que se supo es que sufría de insomnio y decía que “el reflejo de los espejos lo vigilaba mientras dormía”.
La policía no encontró su cuerpo. Solo su cámara, encendida, enfocando su cama.
Volví al departamento decidido a irme. Empaqué mis cosas rápido, pero al cerrar la maleta vi algo que no había antes sobre la mesa:
una cámara vieja, con cinta dentro.
El botón parpadeaba.
No recordaba haberla traído.
La encendí, temblando.
En la pantalla, solo aparecía mi habitación. Vacía.
El tiempo marcaba las 3:17 a.m.
La imagen se mantuvo unos segundos. Luego, la puerta se abrió sola.
Una figura entró.
Alta. Sin rostro.
Caminó hasta la cama y se inclinó hacia el lente.
Y en ese momento, yo entré en cuadro… durmiendo.
Era mi habitación. Era mi cuerpo. Era esa noche.
Solté la cámara y corrí. No regresé nunca más.
Han pasado tres años. Vivo en otro lugar, otro país, otro todo. Pero cada madrugada, exactamente a las 3:17, el teléfono vibra.
Cuando lo tomo, hay una notificación:
“Archivo recibido: IMG_317.mp4”
Y cuando abro el video… soy yo.
Durmiendo.
Pero esta vez, la figura no está detrás.
Está en la cámara.
Mirando directamente al lente.
Sonriendo.



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