PÓQUER
Reseñas generalesMi tio Ruperto, con el cabello despeinado y la barba crecida, atravesó el largo pasadizo de la casa, con el antebrazo se limpió el sudor, el sol estaba en todo su esplendor.
- ¡Muchacho, sírveme algo de comer! - exclamó al ingresar al comedor dirigiéndose a mí, un inesperado visitante de turno.
Bordeaba los once años, cada vez que mí madre viajaba a la capital a visitar a mis hermanos mayores, quedaba bajo la custodia de mi tío materno. En la realidad, era a la inversa. La casa era inmensa, de adobe y enseres escasos, cubierta de telarañas y ausente de toques femeninos. El tío Ruperto, presentaba algunos signos de decrepitud, sus setenta y tantos años, habían hecho mella en su espalda curvada. Nunca se casó o tuvo descendencia, su único familiar que le quedaba era Gloria, mi madre.
- ¿Me sirves otro poco?, el estofado de pollo está en su punto.
Me volví, era enclenque aún y callado. Cada vez, que mi madre se ausentaba, libraba una batalla, con llanto incluido, para no acercarme a aquella casa. Al ser huérfano de padre, la única alternativa siempre era quedarme en casa del tío Ruperto.
- Tío, lo siento, no hay más presas. En tu plato te puse dos - dije sin mirarlo.
Lavé la vieja vajilla y me retiré hacia el patio. Había un enorme árbol de caucho, una de sus ramas chocaba con una calamina del techo de la casa vecina, me trepé, caminé por los alrededores, husmeando sin saber que buscaba, deslizándomé hasta descubrir un tragaluz donde hacía falta un vidrio. Al asomar la cabeza por el agujero, una señora obesa estaba descansando en su cama, al percatarse de mi presencia, gritó con una risa burlona incluida: “Te gustaría ver mi bizcocho". Salí corriendo y regresé en el acto a la casa. “Porqué me suceden esas cosas “, pensé, mientras bajaba por las ramas del árbol, con cuidado.
Lo que más me aterrorizaba era la llegada de la noche, con ella la casa era invadida por insectos, roedores y murciélagos, habituales y ocasionales visitantes. La cama, un oxidado catre de fierro con colchón de paja, se convertía en hamaca al sentir mi frágil cuerpo. En una amplia habitación que hacía las veces de dormitorio, las dos camas estaban contiguas. El tío se acostaba temprano y me arrastraba a hacerlo también, apagaba el mechero y todo quedaba envuelto en la oscuridad.
Lo primero que hacía era rezar, luego, me cubría con la frazada desde la cabeza a los pies, la visibilidad era nula, los ruidos que llegaban a mis oídos, hacían que el miedo se multiplique, Al costado, mi tío no paraba de darse vueltas, mientras pronunciaba frases ininteligibles.
- ¡Deja de joder !, ¡Quiero dormir, carajo! – vociferaba
- Tío, ¿Qué pasa?, ¿A quién le hablas? - pregunté dominado por un temor constante.
- Nada, hijo duérmete, nomás. El maldito diablo está jalándome las patas, quiere que me levante para jugar a las cartas- respondió sin titubear.
Después de recibir semejante respuesta, todo mi cuerpo no paraba de temblar, como si estuviera recibiendo una descarga eléctrica, un frío helado cubrió mi cuerpo.
Al costado suyo, tenía al mismo satanás, fastidiando a mi tío, y si después decidía molestarme a mí, pensé. Quería gritar, salir corriendo, pero no sabía a donde ir. Agarré con fuerza de la frazada, mi corazón latía a mil.
- Pancho, no te preocupes, ya se fue. Siempre le gano al póquer, me aburre jugar con él -dijo el tio en tono burlón.
Luego, murmuró algo, a los pocos minutos, la habitación fue sacudida por una sinfonía de ronquidos insoportables. Conciliar el sueño era imposible. Cada ruido extraño lo percibí, analicé y asimilé. Poco a poco, los primeros rayos del amanecer entraron por la ventana del salón. Recién logré conciliar el sueño. Había logrado superar la primera noche, aún restaban tres semanas, hasta el retorno de mi madre, debía lograrlo, tenía que hacerlo, no tenía otra elección.


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