La última llamada
Reseñas generalesEran las 2:47 de la madrugada cuando el teléfono de Lucía sonó por primera vez.
El sonido la despertó sobresaltada. Había estado soñando que caminaba por un pasillo interminable, siguiendo un eco que repetía su nombre.
Todavía con el corazón acelerado, contestó.
—¿Hola?
Nadie respondió. Solo una respiración lenta, profunda, casi animal.
—¿Quién es? —insistió, con la voz quebrada.
Silencio.
Luego, un susurro apenas audible:
—Mira por la ventana.
Lucía se sentó en la cama. La habitación estaba a oscuras, iluminada apenas por el resplandor anaranjado del poste de la calle.
Dudó unos segundos y se acercó a la ventana. Corrió la cortina con cuidado.
La calle estaba vacía. Ni un coche, ni un ruido, ni un alma.
El reflejo en el vidrio le devolvió su propio rostro pálido, tembloroso.
—Debe ser una broma —murmuró, intentando convencerse.
Dejó el teléfono en la mesa de luz y se acostó otra vez. Pero apenas cerró los ojos, el aparato volvió a sonar.
Esta vez el timbre fue más fuerte, más agudo, casi desesperado.
—¡Basta! ¿Quién habla?
La respuesta llegó como un murmullo húmedo, reptante:
—Estoy más cerca.
Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Corrió hacia la puerta y la cerró con llave. Luego miró el teléfono: sin señal.
La pantalla parpadeó una vez, y apareció algo imposible:
📱 Llamada entrante: “Tú misma”
El aparato cayó de sus manos. En la pantalla negra alcanzó a ver su reflejo distorsionado, como si sonriera aunque no lo hiciera.
Entonces, un sonido en el pasillo.
Pasos.
Lentos, pesados, arrastrando algo sobre el suelo.
Lucía apagó la luz y se escondió detrás del sillón.
El teléfono volvió a encenderse solo, vibrando con un mensaje nuevo:
Te dije que miraras por la ventana.
El aire se volvió helado. El silencio era tan espeso que podía oír los latidos de su corazón.
La puerta del dormitorio empezó a temblar, como si alguien apoyara la frente contra la madera.
Luego, la manija giró. Despacio.
Click.
Lucía contuvo la respiración.
La puerta se abrió apenas una rendija. Una sombra se deslizó dentro.
El reflejo del espejo del armario le devolvió una imagen borrosa:
una figura idéntica a ella.
Su copia sonreía, pero los ojos eran completamente negros.
La figura levantó un teléfono idéntico al suyo, lo llevó al oído y susurró:
—Te dije que no cerraras la puerta.
El celular de Lucía vibró en el suelo. La llamada entró nuevamente.
Ella, paralizada, vio cómo su doble se acercaba, sonriendo más y más.
La luz parpadeó una última vez.
Silencio.
A la mañana siguiente, la policía encontró el departamento vacío.
El teléfono seguía sobre la cama, marcando una última llamada a las 3:33 AM.
Duró exactamente 66 segundos.
Y desde entonces, cada tanto, ese número vuelve a llamar…
siempre a las 3:33.
Y siempre dice lo mismo:
—Mira por la ventana.
La llamada no se cortó.
Lucía, paralizada, oía su propia voz saliendo del auricular:
—No corras. Ya estoy adentro.
La figura avanzó hasta quedar frente a ella. Era idéntica, pero su piel parecía ceniza, sus ojos eran pozos vacíos.
Lucía retrocedió hasta chocar con la pared.
—¿Qué querés de mí? —gimió.
—Terminar lo que empezaste.
La copia extendió la mano, fría como el hielo, y la apoyó sobre su pecho.
Lucía sintió que algo se despegaba dentro de ella, como si su respiración se rompiera en mil pedazos.
El aire se volvió denso, imposible de tragar. La luz parpadeó una última vez, y su cuerpo cayó al suelo sin un solo ruido.
La otra Lucía, la del reflejo, respiró profundamente.
Sus ojos recuperaron el color.
Su piel volvió a la normalidad.
Caminó hacia el espejo, se observó y sonrió.
Ahora era ella quien vivía.
Lucía, la verdadera, estaba atrapada dentro del vidrio. Golpeó desesperada, pero del otro lado nadie la oía.
Solo veía a su doble moverse libremente por la habitación, responder llamadas, reír con su voz.
Intentó gritar, pero su reflejo solo mostraba una boca abierta en silencio.
La oscuridad fue cubriéndola poco a poco.
Y justo antes de desaparecer del todo, vio cómo su doble tomaba el teléfono y marcaba un número.
En la pantalla se leía:
📱 Llamando a “Mamá”
A la mañana siguiente, la madre de Lucía recibió una llamada a las 3:33 AM.
—¿Lucía? ¿Hija?
Del otro lado, una voz idéntica a la suya respondió:
—Mamá… mira por la ventana.
La mujer se levantó medio dormida, corrió la cortina y se quedó inmóvil.
Afuera, bajo la lluvia, su hija la observaba desde la calle, empapada, con los ojos vacíos y una sonrisa imposible.
Desde entonces, nadie sabe quién de las dos sigue viva.
Solo que, cada noche, alguien nuevo recibe una llamada a las 3:33,
y una voz familiar repite las mismas tres palabras:
—Mira por la ventana.

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