CLOVERFIELD: la evolución de lo monstruoso
Reseñas generalesSiempre iniciaba igual: corría por la playa de guijarros; a lo lejos se veía un horizonte de islas arboladas y aguas azules. La superficie irregular que pisaba me dificultaba la huida. La criatura estaba ahí —lo sabía—: colosal, imponente; pero mi último deseo era voltear y verla. Yo era puro instinto trágico, en pleno escape en busca de guarida. A medida que me alejaba, la amenaza se disolvía de mi percepción, pero lejos estaba de desaparecer de mi mente. Cuando te acecha algo tan grande como el Nahuelito, toda distancia resulta escasa. La sabía ahí presente —aunque no lo viera—, invadiendo la orilla del Lago Nahuel Huapi, con hambre destructiva por la ciudad de Bariloche. Mi insignificancia no podía enfrentar semejante rival. Era como cruzar uno de los primigenios de la literatura de Lovecraft: un enemigo fuera de escala, para el que somos insectos. Por eso el terror me devoraba, y la adrenalina de la pesadilla siempre me hacía levantar transpirado de la cama.
A mi primo Nacho le encantaba llenarnos de historias de los alrededores de nuestra casa barilochense. Su abundante imaginación inventaba batallas de perros que nos merodeaban, de fantasmas posibles atrapados en dimensiones próximas y, sobre todo, historias del mito del Nahuel Huapi en sus tres variantes: el cuero negro, la manta raya gigante y el Nahuelito. La misma leyenda transformada en el transcurso del tiempo. En el momento de mi infancia, la reinante era la criatura prehistórica tipo monstruo del lago Ness, que circulaba por las profundidades del Nahuel desde tiempos inmemoriales: un sobreviviente de la era mesozoica que, por vergüenza de la hora moderna, prefería ocultarse en la profundidad de las oscuras aguas, para sorprender a desprevenidos en canoas o lanchas, o habitantes incrédulos, y hacerlos sus víctimas.

Todavía tengo, de vez en cuando, sueños en que la inmensidad cretácica se decidía a atacar desembozadamente a los Barilochenses. Y yo, uno más de ellos, perdido a la deriva, huyendo de esa monstruosidad que amenaza con ser mi fin en un instante. Mejor ni mirarla, mejor huir; no importa dónde, lejos, muy lejos. Ninguna película lograba transmitir la sensación que me ahogaba en pesadillas, ninguna por mucho tiempo… hasta que una finalmente lo logró. Pero vamos a ordenarnos un poco, desde el origen.
El cine de monstruos o kaijus (significa "bestia extraña" o "bestia gigante" en japonés) tiene sus orígenes en la película Die Nibelungen: Siegfried (1924), del innovador Fritz Lang, en la que un dragón de proporciones compartía un manantial con el héroe de la historia. Aunque solo tuvo una escena pequeña, fue suficiente para asombrar al público. Sin embargo, no fue hasta El mundo Perdido (1925) que las criaturas descomunales —prehistóricas o fantasiosas— fueron protagonistas de la gran pantalla. Esos dinosaurios que cobraban vida por slow motion fueron la sensación. No cuesta imaginar a esos niños del pasado maravillarse por las innovaciones en la técnica y el diseño de los films.
Después vinieron los dos colosos, hitos del cine de criaturas monstruosas: King Kong (1933) y Godzilla (1954). Ambos se volverían recurrentes en numerosas adaptaciones a la gran pantalla, y sobreviven hasta nuestro días —y seguramente en el futuro también— dentro del monsterverse.
Estas criaturas monumentales, fruto de la creatividad humana —ya sea para recrear una especie de la Bella y la Bestia (King Kong) o para metaforizar la tragedia de la bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki (Godzilla)—, reinando en parajes selváticos perdidos o en el interior del océano, terminaban siempre por invadir las ciudades del siglo XX para convertir en ruinas la civilización con tanto esfuerzo construida. Estas hecatombes, que reducían a trizas el vidrio de las ventanas, el cemento, el hormigón y el esqueleto de hierro de nuestras construcciones, y en la que los humanos apenas éramos hormigas frágiles, siempre me causaron fascinación como espectador.

Desde mi butaca en el cine, toda esa devastación furibunda, vista por una cámara que narraba a distancia, no me causaba pavor. Más bien casi que terminaba entusiasmado con el monstruo, y deseando ver maquetas urbanas volverse añicos. Sumar escenas de estragos, multiplicar las ruinas, vislumbrar el derrumbe, como arena, de todo el artificio urbano que nos rodea. El miedo es casi la última de las emociones que estás películas desatan. Suelen entrar en la categoría de cintas de aventuras.
No sentimos la amenaza, aunque veamos la urbe pulverizada, muertos (que rara vez se muestran) y los refugios improvisados para las víctimas. El gran plano nos vuelve lejanos a las preocupaciones de los protagonistas; la cámara es un dios invisible que nos muestra la tragedia, pero sin lograr hacernos parte. Por eso me encantó Cloverfield (2008), de Matt Reeves: porque con la técnica de metraje montado, la invasión de la monstruosidad alienígena se parecía mucho a mis pesadillas del Nahuelito. Ahora sí el director nos metía dentro del film; ahora sí corría desesperado con los protagonistas; ahora sí era parte, fugitivo aterrorizado, sin rumbo.
Voy a quedarme con dos escenas de esta película para ejemplificar. La primera transcurre en una charla en la terraza de un edificio, se trata de la charla del protagonista y un amigo, donde aquel le revela una valiosa enseñanza para intentar solucionar el conflicto con su interés romántico. Esto, que podría ser el punto de quiebre de cualquier otro film, termina por ser un hecho anecdótico frente a la aparición del verdadero protagonista de la película: el monstruo.
La conversación se ve interrumpida de repente por un sacudón de cámara, un movimiento del encuadre, una pérdida de foco; un terremoto visual que nos genera, como espectadores, un subidón incómodo en las tripas. De repente, naufragamos con el plano, y también queremos saber qué es lo que ocurre. La técnica es simple: pérdida del foco, voces en off, un ruido de explosión, nada que permita focalizar. Disonancia total: nos mareamos, estamos ahí perdidos también. Pocos recursos, pero potentes. La cámara después busca a la ciudad que sufre un apagón, y quedamos atrapados en la incertidumbre. Es momento de correr.
En la segunda escena que me interesa, los protagonistas humanos caminan por las desoladas calles de Manhattan en busca de explicaciones frente a sucesos imposibles de dimensionar. Anhelan alguna certeza de paz, un refugio para el trauma, pero no hay tiempo para eso. La cámara enfoca a una bocacalle, donde se ve la pata del monstruo avanzar entre una tormenta de polvo. Solo con esa porción de cuerpo, sin encuadre general que nos ayude a ver la totalidad del peligro, el terror nos inunda: la perspectiva resulta clave para liberar la emoción de horror. No necesitamos más, pero hay más: un cohete, explosiones, uniformados avanzando con metralletas que estallan. Ahora los protagonistas quedan en medio de una guerra, pero no hay una toma perfecta: el plano traza diagonales, no da la tranquilidad de lo horizontal o lo vertical. Caídos en el suelo, no sabemos bien qué pasa, sólo la sensación de pánico creciente, de indefensión.

Esto es precisamente lo que pasaba en mis pesadillas con el Nahuelito: en la fuga nunca tenía real dimensión de que tan a salvo estaba; solo tenía una determinación, huir. Pero esto nunca era suficiente: jamás se terminaba de estar a resguardo.
Con un recurso sencillo fui transportado a mis pesadillas: al fin alguien lograba transmitir cómo se sentían. No como un espectador seguro, contemplando la catástrofe en su totalidad —como navegar el cosmos sin la adrenalina del viaje, a distancia, fascinado—, sino como una víctima en escena que no quiere contemplar lo fascinante, cuyo único deseo es escapar. Confuso, sin saber dónde está el monstruo, porque ya no interesa eso: importa estar a salvo. Observar nos puede petrificar.
Se escuchan gritos de terror, el aullido gutural de la bestia, invade el humo y todo es ruinas. El orden desaparece, y es probable que para largo o, tal vez, para siempre. La sensación de fragilidad se agiganta al tamaño de la bestia. En mis sueños era la hora de despertar, pero Matt Reeves nos llevará hasta al final. No innovara en tramas, solo utilizara un recurso cinematográfico, pero con esta sencilla decisión lo cambia todo. Sigue siendo cine: no se asusten y disfruten de está gran película hasta su conclusión. ¡Suerte!






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