Las lloronas
Reseñas generalesAmigos, lo que les voy a contar hoy es la historia más oscura que he traído para contar. De verdad, no tiene comparación. Nunca me habían dado tanto detalle de una situación, y creo que aquí, por fin, desentrañamos el misterio de "las lloronas". Sí, digo "las lloronas" y el misterio de "las lloronas" por una razón que van a entender muy pronto.
Ustedes saben que aquí en el canal, a raíz de todas las historias que me mandan, hemos llegado a algunas conclusiones bastante peculiares:
Primero, que el tema de la llorona, desde hace un buen tiempo, lo hemos empezado a mencionar en plural: "las lloronas".
Segundo, no nos da la impresión de que sea la misma entidad siempre.
Y tercero, nos parece que es un tipo de entidad, pero nunca supimos por qué surgen, quiénes son, o qué son realmente.
Obviamente, muchos dirán: "Bueno, debe ser un demonio, algún espíritu del bajo astral", o pónganle el nombre que quieran. Pero siempre lo imaginamos como algo oscuro que toma la forma de ese cuerpo blanco, esa ropa también blanca, el cabello negro y que empieza a soltar ese murmullo, ese alarido… y hay ciertas cositas en ese grito, ¿verdad? Se dice que si lo escuchas muy cerquita, es porque está lejos, pero si lo escuchas lejos, ¡cuidado!, tal vez está muy, muy cerca.
Bueno, esta historia que les traigo es sobre cómo se originó una de esas lloronas. Les voy a pedir que tomen esto con un granito de sal y, por favor, por criterio propio, no dejen que ningún menor la escuche. Lo que estoy a punto de compartir es algo muy fuerte y no necesariamente fácil de digerir.
Todo comenzó en un pueblito que existió hace más de 100 años. La gente ahí vivía de la labor, del campo, de los animales. Estaban tan acostumbrados a sus animalitos que cada casa tenía su cerco y dentro de él veías marranitos, algún que otro chivito, una cabra. Los que tenían más suerte, hasta un buen grupo de vacas o borregos. Usaban a los animales para consumo personal, no era un negocio de ventas a la ciudad, sino un estilo de vida.
Las casas eran todas muy parecidas, de barro rojo. La gente las construía poco a poco, en lo que parecía ser una zona ejidataria. Todos eran dueños de todo, pero una vez que se levantaba una casita, se delimitaba con una cerquita, y todos respetaban: "Esta es la casa de Doña Tenche y Don Luis". Así se hacían de sus espacios.
Este era un pueblito con una mezcla de razas. Personas de piel más o menos morena y personas de piel oscura. Cualquier forastero las distinguía de inmediato. Eran dos grupos, con rasgos faciales tan marcados que parecían venir de dos familias únicas que se habían multiplicado ahí por generaciones.
Les cuento esto porque en lugares así, a veces lo diferente llama la atención. No es que sea mejor, es que simplemente se sale de la normalidad, de lo que uno está acostumbrado, y eso puede volverse muy atractivo.
Cuando enviaron al primer maestro rural, era un tipo chonchito, medio calvo, pero con unos rizos rubios que le caían por los lados y unos ojos verdes, ¡verdes, verdes, verdes! ¡Cállate, que era la sensación de todos! Hombres y mujeres le decían "el güero", "el blanquito", "el gringo". Este hombre era 100% mexicano, solo que con esos rasgos.
Y era un mujeriego. Siempre lo veían enamorado de una chica y luego de otra. Era el maestro del pueblo, pero eran otros tiempos. La gente no se fijaba tanto en eso. Siempre les decían a sus muchachas que no se metieran con el maestro, que no fueran "coscolinas". Culpaban a las chicas, no al maestro. Él era el adulto, ellas unas niñas. Pero bueno, así eran las cosas antes, y estaban acostumbrados.
Les doy este contexto para que entiendan la perspectiva de la gente de ese tiempo, porque si no, nada de lo que viene después tendrá sentido. Entonces, en este lugar:
Había un solo maestro en la escuela.
¿Primaria, secundaria, preparatoria? ¡Qué es eso! Ahí se iba a estudiar y aprender lo que el maestro trajera.
¿Un plan de estudios? No, tenías que ser inteligente.
Eran los inicios de estas cosas, sin un modelo bien establecido. Este maestro andaba por ahí, enamorado de una y otra. Y de repente, al cabo de un año, empieza a notarse algo con una chica del pueblo: la viuda. Todos la conocían, tendría unos 24 o 25 años. Era de las personas de piel muy oscura, pero la suya era especialmente oscura, lo que la hacía distinta incluso del resto. Muy atractiva, con unos ojos penetrantes. Era una persona muy segura de sí misma, que había sacado todo adelante desde que su viejo no estaba. Pocas palabras, muchas acciones. Andaba por aquí y por allá, sin trabajos claros, pero de repente tenía buen dinero. Nadie entendía sus negocios, pero nadie se metía en lo que no le incumbía. Tenía un par de niñas, a las que les pagaba la escuelita y hasta había conseguido que maestros de fuera les dieran clases. La señora no tenía casi relación con nadie del pueblo. Callada, iba a lo suyo: si iba por las tortillas o el nixtamal, compraba y se iba. A veces mandaba a las niñas. Sus asuntos eran suyos y de nadie más.
Pero la gente notó que, después de la llegada del maestro, y casi al año, esta mujer empezó a vestirse con ropas muy de la localidad, algo que ya no acostumbraba. Unas ropas blancas que parecían de manta, y se ponía unos listones en la panza. Eso le quitaba mucho la forma. Ella era esbelta, con una figura muy delicada, pero ahora la ropa era muy grande. A veces parecía gordita, a veces no. Después de un par de meses, ¡estaba flaca, flaca, flaca! Y pasaba medio año, o más, y otra vez la gente empezaba a murmurar: "¿Será que está embarazada? La he visto gorda". Pero casi nadie la veía. Mandaba a las niñas, y luego pasaban temporadas en las que nadie la veía. Nadie sabía qué le había pasado. Y de repente, la volvían a ver. Flaca, flaca, flaca otra vez, con su ropa normal. Esto ocurrió varias veces.
Hasta que llegó el momento en que un grupo de campesinos, que querían montar un tipo de ganado para vender en la ciudad (intentando adelantarse al resto del pueblo), comenzaron a llevar a las vacas a pastar de madrugada. Y cuando las llevaban, se acercaban mucho al río. Uno de estos hombres logró ver, del otro lado, a una mujer sin ropa. Estaba muy gordita y se metió al agua. Una vez en el agua, empezó a moverse mucho, a gritar, a morderse la mano, a agitarse sin parar. Se acercó a la orilla, sacó un cuchillo y lo metió debajo del agua. Él no vio que el agua cambiara de color, pero estaba seguro de que algo ahí seguía moviéndose. Luego, el hombre vio que ella salió con una manta en las manos. La mujer caminó hacia donde tenía ropa tendida en la orilla, y allí, con las manos, empezó a hacer un pozo. La orilla cerca de esos lagos era como de una arena rojiza, de la que usaban para las casas, así que podía hacer un pozo rápido. Ella hizo un pozo profundo, metió la manta, la tapó, y se volvió a meter al río para bañarse. Ahí empezó otra vez a morderse la mano y a soltar unos alaridos. Salió, se vistió, se estiró y empezó a caminar normalmente, y se fue.
Este hombre estaba perplejo. "¿Qué acabo de ver? No entiendo. No sé quién es ella, pero sí se me hace conocida... la ropa blanca, la forma... en algún lado lo he visto". Todo eso lo vio con luz de luna. Así que esperó a la mañana siguiente. Fue a la zona donde vio el pozo, lo abrió, y encontró un bebé. El bebé estaba enterrado. Más que obvio, ya no estaba vivo. Él se quedó impactado y se dijo: "¿Quién pudo haber sido? ¿Quién pudo haber sido?". ¡La viuda!
Fue y la buscó. Ahora la viuda usaba ropa más ajustada y no estaba flaca, flaca, flaca, pero ya no usaba la ropa de manta. Él llegó con otros dos y le dijo: "¡Enséñanos tu ropa de manta!". Y cuando fueron a verla, estaba toda ensangrentada en la zona de las piernas. De inmediato empezaron: "¿Le hiciste algo a tu bebé? ¿Estabas embarazada y lo echaste? ¡Ya lo tenemos! Vamos a dar parte a las autoridades".
Nunca nadie en el pueblo había hecho algo así, o al menos no se habían enterado. Todos estaban asustados. Empezaron a buscar a alguien que hiciera de alguacil, de policía. Pero no había, no tenían a un funcionario de la ley en ese lugar.
Así que el pueblo se puso de acuerdo. Hicieron su propio tipo de juzgado y la sentenciaron culpable. La mujer les reveló directamente que ya lo había hecho cuatro veces. Y que en este caso solo tuvo un bebé, pero que en los otros tres casos habían sido mellizos o gemelos, algo así. Y cuando empezaron a pedirle detalles, esta mujer, con toda la frialdad del mundo, empezó a revelar que simplemente quería deshacerse de ellos. Que no quería ese estorbo, que no los necesitaba porque la iban a juzgar.
Aquí había una situación importante: no necesitaban preguntar de quién eran los niños. El bebé que encontraron enterrado tenía la piel blanca, blanca, blanca y unos rizos rubios. Cuando descubrieron ese bebé, cuando empezaron a hacer el juzgado y cuando la mujer reveló la verdad, el maestro ya no estaba en el pueblo. Desde el momento en que vio que la encarcelaban, él se fue. Y la gente no sabía qué hacer.
Construyeron una cárcel pequeñita y dijeron que esta mujer cumpliría allí su sentencia, muchos años. Decían que "muchos años" eran diez. Luego dijeron: "Bueno, ¿y tus hijas, quién las va a cuidar?". Le dieron permiso para contactar a un familiar. Un familiar vino desde Estados Unidos, se las llevó para allá, y esta mujer empezó a cumplir su sentencia en esa cárcel que las mismas personas de la localidad inventaron.
La gente del pueblo le pedía a un padre que fuera cada cierto tiempo a rezar por ella, porque lo que había hecho "no tenía perdón de Dios". Y aquí es donde viene algo muy rudo. Si se dan cuenta, hasta ahora la historia no tiene nada de paranormal. Es una situación atroz. Pero lo que sucede a partir de aquí es donde pierde todo el sentido.
Al cabo de un año, la mujer perdió la razón. Estaba loca, se autolesionaba, hablaba de demonios que se le acercaban por la noche, de seres que se metían debajo de su cama y luego se subían para "quemarla con las llamas del infierno". Hablaba tal cual: "Me están quemando los demonios del infierno por lo que hice. ¡Libérenme, ayúdenme, ayúdenme!".
La gente, cuando empezó a rezar, al principio lo hacía en voz alta, y esta mujer se ponía muy mal. Lo extraño es que ahora se unían grupos de oración afuera de la cárcel, rezando en voz baja o sin voz, solo pensando las oraciones, y la mujer empezaba a gritar como si alguien la estuviera lastimando en ese preciso momento.
Las personas que rezaban buscaron ayuda. Estaba el sacerdote, y él tenía un grupo de gente metida en una sierra, personas dedicadas a la vida de oración. Les repito, esto pasó hace casi 100 años. El sacerdote habló con esa gente de la sierra, un grupo de oración que él decía que era "muy fuerte".
Este sacerdote no era exorcista. El tema del exorcismo, recuerden, siempre ha sido un poco difícil, y hasta el día de hoy es cuando se han establecido protocolos. En ese tiempo, el sacerdote quería ayudar de alguna manera. Así que fue para allá, queriendo ayudar a esta mujer. Puso a este grupo de "liberación" a rezar afuera, en voz baja o sin voz.
Cuando el sacerdote entró, se quedó helado. Cerró la puerta de la cárcel. El rostro de la mujer se había dañado tanto, estaba lleno de tantas cicatrices, que ya no quedaba rastro de la viuda que era antes. Todo su rostro había cambiado, y era difícil de ver porque muchas heridas eran recientes.
El padre le vendó las manos, la hizo sentarse, intentó hablar con ella, pero la mujer estaba totalmente desquiciada. Y cuando comenzaron las oraciones, el padre entendió en ese momento que lo que estaba pasando ahí tenía que ver con demonios, no con la locura de esta mujer. Encima del techo empezó a escuchar cómo un animal caminaba de lado a lado. El techo era de lámina delgada. Cualquier animal, excepto uno muy pequeño, habría hecho que se cayera. Esa cosa que caminaba arriba era enorme, los pasos eran tremendamente pesados.
Después de eso, la temperatura del lugar donde hacían las oraciones empezó a cambiar. La mujer comenzó a hablar con diferentes voces. El padre sintió un aroma quemado, pero tremendo, que le llegaba a la nariz. Y empezó a escuchar risas que venían de debajo de la cama. El padre se empezó a sentir sofocado, con miedo. Salió del lugar y le dijo a la gente del grupo de oración que lo que estaban viviendo ahí era algo muy fuerte, que sí era el demonio, y que había que buscar que la mujer se liberara de él.
Dejaron a la mujer fuera de la cárcel. El pueblo entero se encargó de ella durante diez años. Y a los diez años, falleció. Falleció en circunstancias horribles. La mujer nunca dejó de hacerse daño a sí misma. Las oraciones nunca pudieron ayudarla. Nunca pudieron liberarla. Entonces, el pueblo entró en una tranquilidad. Nadie quería volver a recordar lo que pasó con esa persona. Nadie quería volver a recordar lo que ella les hizo a sus niños. Nadie quería volver a saber lo que les pasó a las niñas que se fueron a Estados Unidos. "Ya están allá, tienen una mejor vida. Si están aquí, van a estar cerca de todo esto. Ya se acabó la pesadilla".
Y es entonces cuando empiezan a ocurrir, unos tres años después, cosas raras. La gente regresó a una normalidad. Todavía hablaban de la "bruja", de la mujer que "entregaba a los niños al demonio". La historia ya se había deformado mucho. Era una historia con otra historia, donde decían que hacía hechizos. Pero no era cierto, la mujer no sabía nada de eso. Lo único que tenía eran amoríos. No sabía de hechicería, no era lo suyo.
Pero de repente, tres años después de su deceso, las personas de pueblos aledaños que tenían sus amoríos, los que iban de aquí para allá o de allá para acá, empezaron a hablar de cosas muy extrañas. De repente, en el camino, la "mujer de negro" desaparecía, y comenzaban a escucharse unos alaridos de una mujer sufriendo que se oían de lejos. Y entonces sentías cómo algo te pasaba por la cabeza, y cuando volteabas, lo único que veías era un montón de cabello que cubría el rostro de alguien. Te estaba mirando fijamente, y si te le quedabas viendo, perdías por completo la conciencia. Te desconectabas. Y de repente, cuando volvías en sí, había pasado mediodía, un día o dos, y estabas todo arañado. No tenías ningún golpe contundente en ninguna parte. Solo arañazos.
Hablaban de una bruja de negro que se te aparecía en el camino, que empezaba a gritarte, que empezaba a sentirse un calor o un frío horrible, y que siempre te perseguía. Decían que cuando la escucharas cerca, no tuvieras miedo: no estaba cerca. El problema era si la escuchabas lejos. Si la escuchabas lejos, era que te estaba persiguiendo.
La gente de ese pueblo y los pueblos aledaños empezaron a hablar de que ahora caminaba por las calles. Que si de repente había luna llena. Que si de repente había una noche de luna nueva. Ahí era cuando ella se aparecía. Y todos se tomaron esto tan en serio que empezaron a tomar precauciones.
Nadie sale después de las 10 de la noche.
Nadie va a fiestas tan pesadas, porque normalmente cuando alguien estaba borracho, se la topaba en el camino.
Nadie busca ir de pueblo en pueblo por la noche.
Hay lugares donde puedes quedarte a dormir si te reciben.
Pero no andes en las carreteras por la noche, porque se te puede aparecer "la de negro".
Esto fue hace más de 100 años. Y todavía el pueblo, al día de hoy, sigue hablando de la mujer de negro que te puede empezar a gritar, a perseguir. Y que si te la topas de frente, vas a perder por completo tu memoria. Y para mí, esta historia que les acabo de contar... parece ser el origen de una de las primeras lloronas.
Espero que te sirva para el desafío. ¡Qué escalofriante historia!




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