Los rostros del horror
Aspectos socioculturalesPorque el color de la sangre,
jamás se olvida…
¿Qué es el horror? ¿qué nos causa miedo de verdad? aún con luz solar ¿qué hace que corras despavorido hasta algún lugar donde sólo tú tengas acceso?
En la búsqueda de respuestas, recordé viejas cartas y diálogos con 3 mujeres que fueron parte de mi vida y que hoy están ocultas en algún lugar del mundo, huyendo del horror.
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Martha, la noche violenta
Abril, 1995
Teníamos 15 años, estábamos por terminar la secundaria. La había ido a visitar a casa de una de sus tías después de la tragedia en su hogar.
Uno no olvida conversaciones así.
- Era muy tarde ya, de madrugada. Mi padrino abrió la puerta y entró Antonio con otros dos hombres que no habíamos visto antes. Le preguntaron por un dinero y como no les dio nada lo aventaron al cuartito que está al lado de la entrada y lo acuchillaron.
Luego subieron por mi mamá y mi madrina. Estaban gritando y me asomé, me agarraron y me llevaban para el coche. Sólo alcancé a gritarle a mi mamá que la quería mucho…
- Ay Martha, ¿y tu madrina?
- La tiraron, creo que pensaron que la habían matado porque también la acuchillaron. Ya no ví lo que le hicieron a mi mamá…sólo supe después que.. pues la mataron también.
En el coche sólo estaban discutiendo qué harían conmigo
- … Martha… ¿te …
- No, no, no. No me violaron, ni nada, de verdad…
Bajó la mirada.
Su negación parecía ser más una mentira que la llenaba de vergüenza y no quería repetirla en su cabeza, ni a nadie más. Y qué podía hacer yo, si ella no quería decirlo ni siquiera a una amiga.
- Sólo me amarraron el cuello con una agujeta y lo apretaron con todas sus fuerzas.
Se quitó el collarín color crema y me mostró su cuello rosado, pelado por las marcas del cordón.
Me hice la muerta y me aventaron con el coche en marcha.
Me levanté como pude, y le pedí ayuda a una señora que pasaba…
Lo increíble de mi amiga Martha es que no lloraba, conservaba la misma sonrisa, como cuando aún no conocía en carne propia el horror de la brutalidad y la codicia.
Ella decía que a lo único que sí le tenía miedo, era a la oscuridad. La que llega de noche y espanta con los recuerdos cualquier sueño de algo mejor.
Un mes después se fue a vivir a otro Estado, con la familia de su mamá. Huyendo de la ciudad y su violencia nocturna. No quiso saber nada más de la capital, ni de su gente y sus horrores.
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Mariana. Cartas desde el delirio.
Mariana yo nos conocimos en la Facultad de Psicología, era brillante, muy sensible… tal vez demasiado. Empecé a recibir sus cartas luego de meses de no saber nada de ella y haberle dejado notas en su casa.
10 de septiembre, 2002
Amiga,
Tu sabes que no estoy loca.
¿Por qué dejé Psicología a media carrera? Están enfermos, lastimados y ciegos. Creen saber lo que tiene toda persona bajo el filtro del DSM-4, son robots clasificadores sin alma ni criterio propio, están aún más dañados que yo o que cualquiera que los consulte.
¿Recuerdas cuando íbamos al Psiquiátrico a las afueras de la ciudad? Eso sí era una locura; hombres desnudos caminando por los pasillos, mujeres que escuchaban a Dios en el escape del auto, aquel señor que se había arrancado todos los dientes después de matar a su hija y no lo recordaba. Todos aislados, sin poder ver en qué mundo habitaban. ¿Te acuerdas cuando un sábado de práctica llegamos y el jardín estaba lleno de cuerpos tirados en el pasto? como muertos en un campo de guerra.
¿Supiste lo del chavo que se trepó al techo de los laboratorios de la Facultad y gritó que era “el enviado de Dios”? Guillermo, el mismo ñoño que estudiaba obsesivamente y siempre traía libros bajo el brazo. Debiste verlo entonces, ojeras gigantes y oscuras, igual que un mapache. Y lo más raro en él, su sonrisa, no deja de sonreír, es obvio que está medicado. Su sonrisa da miedo, es de maniático. No parece humana.
Y así me preguntas por qué deserté. Yo ya no veía la frontera entre el Psiquiátrico y la Facultad.
Me daba miedo ser un miembro más de esa comunidad y no darme cuenta, como ellos.
Diciembre, 2002
Te juro que no sé qué pasó, yo estaba bailando con los japoneses, ¿te acuerdas de ellos?
Eran tranquilos, como yo, no?
Era de noche y, de repente, ya había amanecido. Yo sentía que la música estaba viva, que no había distinción entre el sonido y el cuerpo, que había un diálogo entre la armonía sonora y cada una de mis extremidades.
El dedo índice apuntando al sol, el dedo medio en un ángulo de 30 grados hacia abajo, el anular a poco menos de 20° y el meñique a unos 10°. ¿Eso es obsesivo? está mal ser tan preciso? Abanico que se abría con el amanecer apareciendo entre los árboles. No más preguntas, estoy resuelta.
Los brazos bajan como alas de cisne, giran en torno a un espiral que crean las puntas de los dedos. La espalda arquea con los pies en puntillas hasta lograr un equilibrio imposible y delicioso, se incorpora el cuerpo delicado en una onda de sonido.
El hombro derecho gime, coquetea junto a la cadera y una media sonrisa. Los ojos acompañan con un par de guiños mientras se escuchan los bajos. Me enamoro del viento que envuelve mi cintura.
El sol asciende, deja al descubierto los colores de la Tierra.
Una poeta bailando, jugando a soñar.
Los ojos cerrados miran el cielo, sienten el azul. El azul y las nubes.
Pax e lux.
Pero de pronto, un duende de orejas puntiagudas y nariz aguileña se acercó a mi oído: “Te pareces a Guillermo… tienes la misma cara”
Ese maldito con sus comentarios llenos de cizaña y envidia.
El espanto hizo huir la música, el amanecer, la armonía.
El cielo se tornó rojo, la montaña se abrió en dos, los árboles se partieron en negros palos como carbón, el mundo se estaba acabando. Los monstruos alrededor acechaban como gente. Los ojos apuñalaban.
Todo terminó. No sé qué pasaba, sólo sabía que el mundo se estaba destruyendo con locos alrededor.
Y de repente, sólo pensé y ¿quién soy yo ahí?
El miedo más inquietante y desesperante que he sentido, verme como uno más de ellos. Todo en imágenes: camisa de fuerza con mis brazos inmovilizados; desesperada, angustiada. Gritando que me dejaran.
Dos segundos, una eternidad en ese lugar, ¿todavía estoy ahí? o peor ¿aquí? ¿es esta mi realidad?
No lo soporto, sáquenme de esta pesadilla.
Enero, 2003
No puedo pensar en un miedo más angustiante que el de creer que has enloquecido y no te diste cuenta, que lo que ahora ves es tu nueva realidad: tú gritando, llevada a la fuerza. Ese trauma instantáneo donde tu mundo se quiebra desde el estómago hasta la última neurona.
Recién me doy cuenta, yo pensé que alucinaba.
Todavía tengo miedo ¿eso es bueno, no? Aún no creo estar en donde no estoy… tengo miedo.
Quisiera irme donde no me acosaran estos pensamientos… muy lejos.
…
Una noche cualquiera de fiesta…
Las consecuencias del LSD y el MDMA de esa madrugada fueron irreversibles, atacaron atrozmente el miedo más profundo de Mariana y ella quedó flotando en esa frontera entre la conciencia y la locura, tratando de escapar de los espejos que le recuerdan su condición: el pánico al delirio.
La última carta que escribió, lo hizo desde el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino. Su familia no ha querido que tenga contacto con nadie de la Facultad y lo respetamos.
Lo último que supe es que está en otra clínica, aún huyendo de sus miedos.
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María. El espanto del dolor
María me duele hasta los huesos. Estaba con ella cuando recibió aquella horrorosa llamada.
2025
- ¿Qué pasó? Sólo fue a la escuela, sólo tenía 16 años ¿a quién le hacía daño?...
¿cómo que lo mataron? no entiendo ¿qué me estás diciendo? Le di un beso por la mañana antes de que se fuera a la escuela.
¿Cómo que lo atacaron en la escuela? ¿por qué? ¿quién fue?
¿mi hijo? ¿estás segura? No me digas eso por favor que me estalla el alma.
No puedo creerlo, estás mintiendo…
Continuar con esa llamada es morir otra vez. Hasta ahí puedo llegar, me estremece asomarme en ese infierno más que cualquier película de terror.
María no está más en la ciudad, está resguardada con sus padres y el ataúd de su hijo asesinado.
No sabemos si regresará.
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Del horror en carne viva
Martha, Mariana, María o ¿yo misma? -ya no lo recuerdo, no quiero hacerlo- todas rostros del horror; de la violencia, de la locura, de la perversión de nuestros tiempos, de la enfermedad que crece con los años y acaba con eso que nos convierte en humanos.
Todas ellas me habitan como las amigas que fueron, como los espejos rotos del dolor y del miedo constante a vivir. Como el vómito de las entrañas al enfrentarte al horror puro.
No encuentro peor espanto que el que como sociedad vemos en las calles, en los periódicos, en el televisor. En la indiferencia total ante la deformación de nuestra humanidad, en que ya no importe qué esté pasando en el mundo mientras no falle el WIFI.
¿A quién le importa un muerto más?
No veo horror más inhumano que la apatía entre nuestra gente; muriendo desangrada, de cólera, de ignorancia, de hambre, de pobreza, de desolación y abandono en sus tragedias.
Hoy no puedo ver la esperanza, sólo me envuelve el terror de un mundo muriendo sin disfraces, sin metáforas, ni máscaras. Crudo y desnudo. Golpeado y retorcido.
Hoy me duele el miedo como nunca antes en todo el cuerpo. El pecho ya no basta, el estómago no aguanta más, la cabeza está agotada y la lengua no alcanza toda la herida.
Hoy grito de horror, de tristeza, de coraje, muerta de miedo de ser otro rostro más que huye hasta desaparecer.





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