Historia moderna

Narrativa

Nací hace mucho, mucho tiempo, en una época en la que el mundo no tenía prisa. El sol salía y se ponía, las estaciones cambiaban y la vida se movía al ritmo de los ríos y los vientos. Era un maestro de la espada, mis manos forjadas para la batalla, mis ojos para leer el alma de un enemigo. Mi nombre resonaba en los salones de los reyes, un eco de honor y sangre.

Luego vino el gran sueño. O eso es lo que me dijeron que era. Desperté en este mundo de cristal y metal, donde las carretas se movían sin caballos y la luz del día se podía encender con solo tocar un botón. Al principio, fue una pesadilla. El ruido, las luces parpadeantes, la gente que corría con la mirada pegada a pequeñas tablas luminosas. ¿Cómo podía la gente vivir así? Sin tocar la tierra, sin sentir el sol en la piel.

Mi primer instinto fue buscar mi espada, mi compañera de batallas, pero en este mundo no había lugar para ella. Los conflictos no se resolvían con acero, sino con palabras, o lo que es peor, con pequeños mensajes que se enviaban a través del aire. Tuve que aprender a sobrevivir, a adaptarme. Me convertí en un fantasma, un eco de un tiempo perdido.

Ahora, trabajo en una biblioteca, rodeado de libros, los verdaderos tesoros de este mundo. Me gusta el silencio de las estanterías y el olor a papel viejo. Todavía practico mis movimientos con la espada en la soledad de mi apartamento, mis músculos aún recuerdan la danza de la guerra. Pero ya no es lo mismo. Mi corazón anhela el sonido de los cuernos de batalla, el calor de la hoguera y la camaradería de mis hermanos de armas.

A veces, veo a la gente. A los jóvenes que se ríen y a los viejos que suspiran, y me doy cuenta de que, a pesar de la distancia del tiempo, el corazón humano no ha cambiado. El amor, el dolor, el anhelo... todas esas cosas siguen siendo las mismas. Sigo siendo un guerrero, pero en lugar de luchar con una espada, peleo contra la soledad. Y en lugar de buscar la victoria, solo busco un poco de paz en este mundo tan extrañamente ruidoso.

Aquella mañana en la cafetería fue solo el comienzo de mi adaptación. Años han pasado desde que desperté en este tiempo, y cada día es una lección. Aprendí que la gente aquí no lucha por reinos, sino por empleos; no se enfrentan a dragones, sino a jefes. Sus armas no son espadas, sino palabras, y sus escudos, pantallas de cristal.

Mi vida, la que conocí, era de honor y muerte. Mis manos estaban acostumbradas a la empuñadura de una espada, mis pies a la tierra de un campo de batalla. Aquí, mis manos aprendieron a teclear en un teclado, y mis pies a caminar sobre el asfalto. La guerra ahora es silenciosa y constante, una batalla por la supervivencia en una sociedad que no duerme.

A menudo me preguntan de dónde vengo, por qué hablo como si el pasado fuera un lugar que conocí. Simplemente digo que soy un historiador, que mis ropas son parte de una representación teatral. Es la única forma de que no me tomen por loco. Pero en mi mente, soy el último de mi clase, el eco de una era olvidada, un guardián de historias que solo yo recuerdo.

He encontrado cierta paz en esta vida. La biblioteca se ha convertido en mi castillo, y los libros, mis compañeros de armas. Aunque la soledad a veces es un peso insoportable, sé que no estoy solo. Veo a otros como yo, personas que se sienten fuera de lugar en este mundo moderno. Somos fantasmas, sí, pero fantasmas que han encontrado un nuevo propósito. Aún no sé cuál es el mío, pero cada día es una nueva aventura, un nuevo capítulo en esta historia extraña y maravillosa que es mi vida.

 

 

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